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El secreto para sonreír también en los fracasos

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PorporLing | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 03/11/21

No quiero quitarle a la vida ni el sufrimiento que conlleva ni las alegrías que trae consigo

Hay personas que tienen luz y sonríen siempre. Son como una brisa refrescante en medio del calor del día.

Son una esperanza en medio del desánimo, como un lugar de descanso en la carrera.

Las miro y me sonríen. Las dejo ir y vuelven. La libertad es sagrada y el amor también lo es.

Hay almas puras que no se desaniman aun cuando no logran llegar donde pensaban. Me dicen que se levantan por la mañana soñando con hacer realidad muchos planes.

Creen que serán capaces de ordenar su mundo, y lograr encajar todas sus prioridades dentro de su alma inquieta.

Cada mañana sonríen y vuelven a creer, vuelven a nacer.

No fue posible pero…

Y al final del día tocan con dolor el fracaso de sus planes. No han podido llegar hasta donde pensaban, no han logrado lo que habían planeado.

Y entonces, aun turbadas por su incapacidad, estas personas se dicen en su interior, con una fe poderosa: «No pasa nada. Tampoco es tan grave no haberlo conseguido».

Y de nuevo sonríen. Todo parece más fácil con una sonrisa y con esa actitud. Un fracaso es sólo una derrota, una batalla perdida. Por delante quedan muchas posibles victorias.

No lograr lo que pretendía no puede hundirme. No puede quitarme la alegría ni la esperanza.

¡Sigue habiendo vida!

Siempre puedo volver a comenzar. Cada. vez de nuevo la vida se viste de fiesta. Siempre puede haber alguien a mi lado recordándome que sí puedo correr y llegar más lejos.

No quiero apagar mi impulso más hondo, mi pasión más auténtica. Vuelvo a comenzar aunque haya fallado.

Y después de haber caído no me desanimo. Sonrío y me digo: no importa tanto, sigue habiendo vida.

Me alegran aquellos que luchan cada mañana por llegar al final. Por levantarse sin miedo y sabiendo que todo tiene un final. Lo bueno y lo malo. Lo triste y lo alegre.

Acoger lo bueno y lo malo de la vida

Toda tormenta acaba con un claro. Todo infierno es el preludio de un cielo más azul. Los días llegan al final y sólo la eternidad no tiene principio ni fin.

Los gritos se apagan después de hacer estragos en el alma que los recibe. Y las traiciones dejan surcos en forma de herida que el tiempo no borra, sólo amortigua el dolor.

Saber que nada es perfecto y todo susceptible de mejorar es lo que hace que la vida sea diferente. Como decía el padre José Kentenich sobre sí mismo:

«El deseo de perfección ha aumentado mucho. Tanto más tomo conciencia de mi miseria y debilidad».

Apuntes del diario de J. Kentenich, enero de 1909. En: Dorothea M. Schlickmann, Los años ocultos

Sin miedo al rechazo

La perfección no es posible, no me salva. No hay un camino perfecto, una persona perfecta, una decisión ideal.

No hay una familia perfecta, ni un amor sin defecto. Veo caras, no corazones.

Hay pecados ocultos, decisiones erradas, fracasos evitables. Todo se diluye con el paso del tiempo y me asusto al pensar en lo que podría haber sido.

Las horas pasadas nunca vuelven. Y entonces no quiero que el temor a perder me aparte de la línea de salida.

No deseo que el temor a ser rechazado me impida decirte lo que siento, lo que pienso, lo que amo.

El deseo más poderoso

Siento dentro de mí una nostalgia infinita de pasados llenos de luz que fueron un día como esas flores de corta duración.

Hay un deseo muy hondo en mi interior que no logro descifrar. Sé que es el deseo de amar y ser amado, siempre el mismo deseo que me despierta al amanecer con la ilusión de lograrlo con el nuevo día.

Puedo volver a intentarlo. Los desamores y sinsabores de la vidano me desaniman, sigo dando la vida.

Siento dentro de mí la fuerza de un nuevo comienzo cada vez que retomo el ritmo del reloj que no deja de avanzar ante mis ojos.

Al atardecer sonrío, al amanecer estoy lleno de ganas de comerme el mundo.

No estoy solo en medio de la vida, veo una red de vínculos que está tejida a mi alma y eso me da esperanza.

El camino tal y como es

He recorrido caminos difíciles y extraños bien porque los elegí yo o los acepté habiéndolos elegido otros para mí.

He tomado atajos a veces pensando que llegaría antes que otros, sólo era un juego, y un gran error.

Los atajos no me salvan, más bien me condenan a seguir luchando. No quiero quitarle a la vida ni el sufrimiento que conlleva ni las alegrías que trae consigo.

No les tengo miedo a los sueños que no se cumplen. Más bien hay en mi alma una luz que amanece con el sol sin que me dé cuenta.

El secreto de la esperanza

Me gustan las personas que siempre sonríen, incluso sin motivo alguno. Sonríen porque aman, porque se saben amadas. Porque han perdido la vida y la han recuperado intacta.

Sonríen porque saben que la noche es el preludio del día y las estrellas esconden en su luz toda su entrega.

Esas almas risueñas me dan alegría, espantan los fantasmas del miedo y permiten que en su voz brote un canto alegre que no conozco.

Una melodía nueva que inunda el día de esperanza. Una pasión que alimenta el fuego que quema en mi alma las impurezas.

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