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La leyenda del Santo Bebedor

ROTH

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Manuel Ballester - publicado el 30/10/21

En cierto sentido, la vida y la obra de Josep Roth (1894-1939) están marcadas por el dolor y el desarraigo. Vio cómo su tierra natal (el imperio austrohúngaro) desaparecía de Europa

Judío converso al cristianismo sufrió las consecuencias del ascenso del nacional socialismo. Su mujer sufría una enfermedad mental y fue asesinada en aplicación de las leyes eugenésicas impulsadas por esa ideología.

Por otra parte, tuvo que trasladarse de una ciudad a otra (Berlín, Viena, Ámsterdam, Ostende) hasta París. Tuvo también que contemplar la quema pública de las obras que le habían consagrado como uno de los mayores escritores centroeuropeos del siglo.

Incluso en el auge de su éxito profesional y literario, quizá el desarraigo, la posibilidad del derrumbe haya sido acompañante habitual de Roth. Y quizá por eso su narrativa exhibe de un modo tan ligero como certero el ambiente que respira Europa en esa época. Y, quizá, también hoy.

ROTH

Andreas es un hombre de honor

Su última obra es La leyenda del santo bebedor (Die Legende vom heiligen Trinker, 1939), publicada a título póstumo. Se trata de una novela ágil construida a base de capítulos breves (algunos apenas una página) que se centra en Andreas, un vagabundo alcohólico que sobrevive bajo los puentes del Sena.

Andreas es, no obstante, un «hombre de honor». Por eso, cuando recibe la visita de un benefactor no acepta el dinero que le ofrece ya que no tiene posibilidad de devolverlo, como correspondería a un «caballero».

Andreas es un clochard, no tiene casa ni hogar, ha perdido toda capacidad de dirigir su vida, su horizonte es la botella. No obstante, es un «hombre de honor». Es un príncipe destronado: ha perdido su trabajo, ha estado en la cárcel pero ha sido por culpa de las circunstancias adversas.

Un príncipe injustamente destronado, en suma, como nos ocurre tantas veces a nosotros; como ocurre con la Europa que conoce Roth; como ocurre, quizá, con el Occidente que vivimos peligrosamente. Por eso esta novela que se lee con agilidad quizá pueda dar qué pensar.

El milagro de la conversión

El generoso donante de Andreas había recibido, a su vez, un espléndido don: «le había tocado en suerte, efectivamente, el milagro de la conversión». Devoto de Teresa de Lisieux decide ayudar a un prójimo: Andreas. Le hace el don de una cantidad de dinero que le permitiría rehacer su vida.

El pordiosero, «hombre de honor», asume el don, el milagro, con responsabilidad. Acudirá a una capilla en la que se venera a la santa y devolverá el dinero.

La petite Thérese está presente en toda la obra en cuanto que Andreas siempre recuerda su compromiso, siempre intenta reunir el dinero suficiente para saldar la deuda. Y una y otra vez pierde y recupera el dinero.

Como la primera vez, serenamente, como ocurren los milagros. De hecho, sea lector o protagonista, «no hay nada a lo que más fácilmente se acostumbre una persona que a los milagros».

En una Europa en crisis, el escritor y el clochard (si es que, al final, no son el mismo) exhiben su alma rota. Una y otra vez las trampas del azar, del destino, y la colaboración de la dejadez o la adicción provocan la pérdida del don inicial.

Y para seguir avanzando, para proseguir la marcha, se necesita que el milagro se repita. Se requiere que el don sea reiterado o, por decirlo en latín, se requiere el per-dón. Nada choca en este relato, puede ocurrir cualquier cosa porque «dentro del milagro no hay nada extraño».

Donde crece el peligro, allí crece también la salvación

Vemos al autor, al personaje y al lector (si es que, al final, no son lo mismo) avanzando a tientas por el camino de la vida sin referentes firmes, sin raíces, desarraigados (que diría Simone Weil) pero había dicho Hölderlin que «donde crece el peligro, allí crece también la salvación».

Algo así dice también Teresa de Lisieux cuando recorre su «caminito», su vía de serena calma articulada precisamente sobre el abandono, la conciencia de la pequeñez, la aceptación del don.

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Quizá sea bueno para Andreas, para Roth y para el lector; y para Europa y Occidente (si es que, finalmente, no son lo mismo) tomar conciencia del exilio y de la crisis, tomar conciencia de la necesidad de andar por la vida de la mano del acogimiento y la gratitud.

Ese camino permitirá que Occidente, el desarraigado Roth, el vagabundo Andreas y el lector (si es que, finalmente no son lo mismo) sea un ser herido y deficitario (que esa parece ser la condición humana), un bebedor, en suma pero también santo.

Un santo bebedor sería consciente de su limitación, pero no lograría llegar solo hasta la capilla donde se venera a santa Teresita. Necesitaría ayuda, necesitaría dejarse ayudar. El lector podrá comprobar si es así como ocurren las cosas en la leyenda. Y puede ser importante ya que en algo de eso parece consistir la felicidad de los niños.

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