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Descubre tus intenciones secretas y exprésaselas a Dios

alphaspirit.it| Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/10/21

Un exigente ejercicio espiritual que no todos se atreven a hacer

Con Dios quiero ser directo y sincero. Decirle las cosas tal como las siento.

Cuando esté enfadado gritárselo a la cara. Cuando tenga miedo decirle que sin Él nada puedo y que me hace falta para poder caminar.

Cuando me duela la ausencia de los que amo, decirle que es injusto, que los necesito, que no me los quite, que me los devuelva.

Cuando me hiera la soledad abrazarme a su rostro suplicándole su compañía, su amor, su mirada.

Así quiero ser con Él y no guardarme nada. Y es que yo prefiero a las personas directas que me dicen a la cara lo que sienten, lo que les falta, lo que necesitan.

Mejor ser transparente

Me gustan los que no se andan con rodeos para decirlo todo de forma clara y llaman a las cosas por su nombre.

Me gustan aquellos que no ocultan nada detrás de su sonrisa complaciente. Amo sus gritos cuando son veraces. Me gustan sus sonrisas cuando son ciertas.

Sé que no guardan un as debajo de la manga y no ocultan lo que de verdad piensan, son transparentes.

Me gusta la asertividad de aquellos a los que amo. Si no quieren ir, que no vayan. Si quieren quedarse se pueden quedar.

Si no están dispuestos a hacer algo, que no lo hagan, que no se engañen, ni me engañen. Y si dicen que van, pues que vengan.

Eso me gusta, más que las apariencias bajo las que disimulan algunos.

¿Qué es lo que deseo en el fondo?

Quiero ser así, transparente, a la hora de mostrarle mi corazón a Dios y también cuando quiera pedirle lo que más deseo dentro del alma.

El corazón desea y busca los mejores lugares y los puestos más cerca de Jesús. Los primeros puestos en la vida dan prestigio, es como si al ser reconocido por el mundo aumentara mi valor.

¿Valgo más cuando me alaban? ¿Tengo menos valor cuando me critican? Todo es vanidad.

Algunos seguidores de Jesús querían ser los elegidos por encima de otros. Querían los sitios de honor a la derecha e izquierda de Jesús. Soñaban con lugares especiales.

Tienen ese deseo en el corazón y lo expresan abiertamente, sin tapujos, sin pudor.

¿Me busco a mí mismo en lo que hago?

Es verdad que es sano ser asertivo y sincero como lo son ellos. Pero sus deseos son demasiado del mundo. Son los mismos deseos que yo albergo.

¿Por qué estoy haciendo las cosas que hago? Veo que guardo intenciones secretas, inconfesables.

Pretendo algo que no soy capaz de decirle claramente a Dios, ni a nadie. Me busco a mí mismo, quiero la alegría de ser reconocido.

Es sano aprender a decir lo que pienso, lo que quiero, eso es bueno. Esa forma de comportarme exige ser honesto conmigo mismo y desnudarme ante mis propios ojos.

Dejar de engañarme

Yo también me engaño muchas veces cuando pretendo aspirar a una santidad pura y sin mancha.

Digo que hago las cosas por amor a Dios y a los hombres. Que lo hago de forma desinteresada, pero no es cierto, me busco a mí mismo. Guardo algún interés oculto en mi interior.

Quiero los mejores puestos en el cielo como premio, como pago por mis méritos. Busco la fama y la gloria a los mismos ojos de Dios.

Deseo que Jesús se conmueva ante mi belleza y ante mi bondad. Sueño con que su amor me eleve por encima del resto de los hombres. Quiero ser el más amado de todos.

Una profunda herida de amor

Todo lo que siento responde más bien a una herida de amor con la que he nacido, he sido herido desde la cuna.

Y quiero con el reconocimiento que se compense esa falta de amor que he sufrido.

Que ahora Dios se abaje y me levante, que me encumbre por encima de todos. Quiero me coloque en un trono erigido sobre todo lo que veo.

Deseo ser alguien especial y muy amado, alguien capaz de marcar la historia y dejar huella entre los hombres.

Siempre de nuevo los primeros puestos. Una y otra vez mi deseo de valer. Es tan humillante reconocerme en los discípulos hoy…

Veo mi afán por ser aceptado y amado en mi verdad. Tanta pobreza en mi mirada. Tanta mezquindad.

Digo lo que pienso hoy y miro con honestidad mi corazón. ¿Qué siento en lo más profundo?

¿También yo deseo que Jesús me mire y me diga que sí, que estaré junto a Él para siempre, en el mejor puesto que pueda haber soñado?

Lo miro conmovido en mi pecado. El pecado del orgullo y la vanidad, el pecado de la soberbia, cuando no quiero quedar por debajo de nadie. Yo mando, yo valgo, yo venzo. Lo miro humillado. Le digo lo que siento.

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