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Cómo renunciar a mis deseos me hace más libre

KieferPix | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 17/09/21

En la vida espiritual, mejor sacrificar que saciar: es el camino de la cruz a la plenitud que Jesús mostró

Un día Jesús explicó el sentido de la vida: 

«Después llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: – El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará». 

Yo quiero caminar con Él y seguir sus pasos. Pero está claro el camino, tengo que negarme a mí mismo para poder ser libre. ¿Cómo se hace?

No puedo negarme a mis deseos, a mis sueños cuando están entretejidos en lo más profundo de mi alma.

No sé renunciar a lo que me atrae y me enamora. Lo que me sale de mi interior es el deseo de salvar mi vida. Por eso le grito a Dios: 

«Señor, salva mi vida». 

Dios lo hace posible

Porque no quiero perder lo que tengo asegurado. No quiero que la vida me arrase con su fuerza. Quiero salvarme, que Él me salve: 

«El Señor guarda a los sencillos: estando yo sin fuerzas, me salvó. Arrancó mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, mis pies de la caída». 

Esa es la esperanza que me mantiene en pie cada mañana. Dios salva mis pies de la caída y de la muerte.

Esa forma de ver las cosas me alegra en lo más profundo. Es el Dios en el que creo. Cuando menos lo espero sale a mi encuentro.

La grandeza de no alejar la cruz

Entonces ¿qué sentido tiene la renuncia? Quiero seguir a Jesús pero sin renunciar a mis planes y deseos. Sin querer tomar la cruz en mis manos.

Prefiero dejarla a un lado para que sean otros los que la carguen. Yo no quiero esa carga pesada que agota mis fuerzas.

No quiero dejarme llevar por la corriente que puede con mi fragilidad. La renuncia tiene que ver con la capacidad que no tengo de dejar a un lado mis deseos y ponerme en manos de Dios.

Es un ejercicio nuevo que rompe todas mis pretensiones. Entre un mal y un bien elijo siempre lo que me conviene. ¿Ganar o perder? Ganar siempre.

Entre llegar a la meta o quedarme lejos, elijo ser el primero. La palabra renuncia no entra entre mis palabras preferidas.

Opto por lo bueno alejando lo que me hace daño. ¿No es eso acaso lo normal en el ser humano? ¿No estoy llamado a la vida y al amor, a la paz y a la felicidad?

Vivir con humildad

El corazón desea un amor eterno que lo sostenga siempre. El corazón limitado y pobre sueña con cruzar los mares y llegar al cielo.

Es así de sencillo, no estoy hecho para la muerte. Por eso las palabras de Jesús me desconciertan.

Quiere que abrace la cruz y renuncie a mis deseos, a mí mismo. Quiere que me niegue en mi orgullo y vanidad viviendo la vida en segundo plano, con humildad.

Yo quiero salvar mi vida, mi fama, mi físico, mi orgullo. No quiero perder nada. Y Él me dice que el requisito es renunciar a mi ego.

Una petición de amor

¡Qué lejos estoy del cielo! ¡Qué lejos de tantos sueños que no logro ver!

Quisiera tenerlo todo bajo mi poder. Tocar la gloria y sentir que he vivido una vida lograda. Vencer siempre, no caer nunca derrotado.

No entra el fracaso en mis planes. ¿Cómo voy a elegir la cruz pudiendo negarme a ella?

Y Jesús me pide que lo entregue todo, que renuncie a todo por amor a Él. El que quiera seguirlo tendrá que vivir de otra manera.

Y yo recorro mis pasos buscando la fama y la gloria, el éxito en todo lo que hago, sin renunciar a nada, teniéndolo todo en mi poder, sin besar la cruz de la realidad que se impone.

Jesús me pide todo lo contrario a lo que deseo. Me ofrece la vida a cambio de la muerte de mi propio yo.

El camino a la salvación

No sé hacerlo porque quiero salvar mi vida para que no se pierda en medio de un mar de confusiones. Hoy sé que para vivir como rezo en el salmo tengo que cambiar la mirada: 

«Caminaré en presencia del Señor en el país de la vida». 

Acepto las palabras de Jesús como un camino de salvación. Negarme a mis caprichos y deseos. Renunciar a las expectativas que se han hecho fuertes en mi alma.

Dejar a un lado mis pretensiones y orgullos. Tomar la cruz con paso firme y alegre sabiendo que la cruz bendice al mundo.

Elegir la verdadera vida

Y elegir la vida, aunque implique muerte. Elegir perder la vida y no salvarme, al hacerlo me estaré salvando.

Sin querer salvar lo que me da la vida estoy eligiendo seguir sus pasos. Decía el padre José Kentenich:

«Aprendamos a renunciar no solo a lo que debemos renunciar obligatoriamente sino también a las cosas que nos podemos permitir». 

Si aprendo a renunciar seré más libre. Más desapegado de ataduras innecesarias. Para emprender el vuelo y llegar al cielo. Así es como quiero aprender a vivir. 

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