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¿Por qué no soy capaz de perdonar?

FORGIVENESS

Shutterstock/Surasak Ch

Carlos Padilla Esteban - publicado el 13/09/21

No hay nada que sea suficiente para que suceda el perdón. Ni el arrepentimiento del culpable. Ni su castigo o condena. Nada es suficiente

Tengo claro que el perdón es algo muy difícil. En nombre de Jesucristo perdono tantas veces. Es Él el que lo hace, no soy yo. Yo sólo pongo voz a sus palabras y alzo en mi mano su gesto.

Y doy un perdón que no es mío, yo soy demasiado pequeño y el perdón supera mis fuerzas. Perdono faltas y pecados, con una facilidad única. Es Dios quien perdona y yo solo obedezco.

Pero luego, cuando alguien me hiere y hace daño, cuando el rencor se asienta en mi alma, la impotencia se apodera de mí. No puedo hacerlo, no soy capaz de absolver a nadie en mi propio nombre. No logro perdonar olvidando el rencor que me hace tanto daño.

Alguien me hizo daño, a mí o a otros a los que aprecio y admiro. Y me hierve la sangre por dentro. Y no surge el deseo del perdón, es más bien el deseo de venganza.

¿Cómo puedo llegar a perdonar de corazón a quien me ha hecho daño? La herida está abierta. El odio que brotó un día no lo mitiga el tiempo. Me dicen que si perdono me libero y si no perdono sigo encadenado a quien me hizo daño.

Es verdad, no lo niego. Pero la cadena del rencor es demasiado gruesa. Y lo que queda grabado en el corazón no es fácil de borrar. No hay quien lo olvide, no puedo.

Leía el otro día: «Perdónale lo que te hizo tanto daño como para que reaccionaras de esa forma y haz lo que sabes que debes hacer para que te perdone. No dejes que nada te lo impida. Solo estas cosas merecen la pena, lo demás no vale nada».

Perdonar y ser perdonado. Parece tan sencillo pero todo esto es la clave sobre la que se asienta la vida del hombre. Una orilla, la del rencor y el recuerdo lleno de dolor. La otra orilla, la de la paz que da perdonar y ser perdonado.

Entre las dos orillas me muevo en mi barca inquieto. De una a otra, casi sin darme cuenta, las aguas y el viento me llevan. Es tan difícil perdonar. Es tan milagroso que puedan perdonarme.

Cuando la herida ya no tiene remedio. Y cuando no puedo desandar el camino andado, retener las palabras vertidas, romper los silencios hirientes, contener los gestos violentos que rompen por dentro.

Cuando no hay vuelta atrás es como si el perdón pretendiera disculpar el daño causado. Y eso no es posible. Hay siempre un culpable y una víctima.

¿Qué he de hacer para merecer el perdón? ¿Qué gesto reparador es necesario para que se justifique mi olvido o la paz después de haber perdonado?

No hay nada que sea suficiente para que suceda el perdón. Ni el arrepentimiento del culpable. Ni su castigo o condena. Nada es suficiente. Porque la dimensión del daño sufrido supera cualquier gesto reparador. Es más hondo, más terrible.

Por eso me queda claro que el perdón nunca está justificado. No perdono porque la deuda esté pagada. Es impagable. No me basta la enmienda, ni el castigo. El perdón sólo puede ser gratuito.

Perdono porque Jesús logra que brote el perdón en mi corazón. Sólo Jesús puede hacerlo. Y si lo hace no es para que libere de su culpa al culpable. Él tendrá que hacer su propio camino de redención.

Si perdono es porque es a mí a quien me hace falta pasar página, dejar atrás el rencor, sanar la herida y ser libre.

Mientras siga adentrándome en mi propio resentimiento no avanzaré nunca, no creceré, no seré libre. Seguiré cargando el peso terrible de mi dolor. Sólo por gracia de Dios podré abismarme en ese mundo profundo de la misericordia.

Sólo Dios puede hacerlo, no soy yo. Yo me siento impotente y seguiré eternamente condenando al culpable, porque se merece todo mi odio y mi desprecio. El odio del mundo entero.

Pero no soy yo su juez, ni el que ha de hacer cumplir su condena. Eso no me toca a mí. A mí sólo me queda alejarme de él con paso firme. Dejar de invocarlo como culpable de mis males presentes.

El daño causado lo guardo como parte de mi historia, no lo olvidaré nunca. Pero el perdón me permite emprender un camino nuevo de libertad, sin barreras ni ataduras.

Le pido al Señor que me dé la gracia del perdón. Perdonar para salvar mi vida, para iniciar un camino nuevo, una vida nueva. El perdón que toco en la reconciliación con Dios me salva y enseña el camino de mi salvación.

Comenta el Papa Francisco: «Es importante encontrarnos con la Misericordia de Dios, especialmente en el sacramento de la Reconciliación, teniendo una experiencia de verdad y ternura».

Tocar el perdón de Dios, viendo que es inmerecido, me enseña el camino del perdón en mi propia vida. No perdono porque alguien lo merezca. No perdono porque se arrepienta y me pida perdón.

Perdono con una misericordia llena de ternura que viene de Dios. Si no es así resulta imposible. El perdón de Dios en mi vida me enseña a perdonar. 

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espiritualidadperdon
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