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3 cosas que poner en el centro de tu vida para ser feliz

DavidWebb | Shutterstock

Luisa Restrepo - publicado el 10/08/21

Sí, somos egoístas, pero poco a poco podemos ir liberándonos de nuestro ego y centrándonos en algo mucho más fascinante

Para hablar sobre la felicidad tenemos que partir del hecho de que el hombre es egoísta.

Nacemos egoístas, incluso amamos lo que hacemos, por razones, en algún punto, egoístas. Nos cuesta pensar en el dolor ajeno y nos preocupamos más por el dolor en nuestro dedo gordo del pie.

Pero este deseo de felicidad, de querer cosas que nos llenen por completo, no puede ser solo un deseo autosuficiente y ególatra.

¿Dios se equivocó al poner ese anhelo autorreferencial en nuestro corazón? No. No se equivocó.

Nos dio otros modos, otros ángulos para superar nuestro egoísmo y permitirnos salir del centro de nuestro yo. Gracias a Él tenemos mil posibilidades de encontrar una alegría duradera.

«Lo mismo que todos los radios de una circunferencia convergen en su centro, así el hombre hace dirigirse hacia sí mismo todo cuanto le rodea. Y esto por instinto, por su propia naturaleza terrestre. Pues bien: la tarea por ascender hacia lo mejor de nosotros mismos no es otra que «la destrucción progresiva de nuestro egoísmo»; es decir, «nuestra excentración» hasta conseguir «perder pie en nosotros mismos». De ahí que un hombre completo (un santo, desde el punto de vista religioso) no es aquel que más se sube encima de sí mismo, sino aquel que más se «abre», el que consigue sacar el centro, poco a poco, hasta fuera de su propia circunferencia. Lo normal es que el hombre se muera sin lograrlo, abriéndose a fragmentos, a trozos, y que tenga que ser la muerte «el agente de la transformación definitiva», quien nos dará «la abertura requerida» para recibir la plenitud del amor».

Martín Descalzo

La fascinante aventura de salir de uno mismo

El hombre nace como una circunferencia con el eje en el centro de sí misma. Toda gira hacia ese centro, todo debería subordinarse a él.

Pero el alma, lentamente, comienza a descubrir que hay algo por encima y fuera de esa circunferencia, algo que le afecta también a ella, algo que lo trasciende y lo impulsa a salir de sí mismo.

Esto es lo lindo y lo difícil: poner la mirada en ese nuevo centro y cambiar.

Por eso, no se trata de enojarse con el egoísmo propio (este hace parte de nuestra naturaleza limitada).

Se trata de lograr que ese centro de gravedad pese menos, que se expanda cada día, que salga de sí. 

Para ello es muy importante no olvidarnos que ese centro siempre pesará y que toda la vida tendremos que luchar un poco con él.

Se me ocurre que esa lucha será más fácil si en ese esfuerzo por salir de nosotros mismos no terminamos poniendo el centro en otras cosas, que, aunque no seamos nosotros, terminan siendo distracciones, máscaras de libertad y autenticidad (con las que luego tendremos que luchar) sino que buscamos poner ese centro en algo duradero y estable.

Acá tres cosas, que considero podemos poner en nuestro centro:

1Reconocer, agradecer y disfrutar lo que tenemos

Como dice Martín Descalzo: «no tener que esperar a encontrarnos con un ciego para enterarnos de lo hermosos e importantes que son nuestros ojos. No necesitar conocer a un sordo para descubrir la maravilla de oír».

2Tener algo hacia lo que dirigir nuestras energías

A veces nos hace falta algo que centre nuestra existencia, y si no lo tenemos, considerar como importantecaminar hacia eso incesantemente, aunque sea con algunos retrocesos. Aprender a aceptar la lenta maduración de las cosas, comenzando por nuestra propia alma. Aspirar siempre a más, pero no a demasiado más. Dar cada día un paso.

3No olvidarnos de las pequeñas felicidades del camino

La tercera, y creo la más importante: detenernos a mirar, encontrar la alegría en lo cotidiano, luchar por las felicidades que se construyen y que no llegan por arte de magia:

«Me parece que la primera cosa que tendríamos que enseñar a toda persona que llega a la adolescencia es que los humanos no nacemos felices ni infelices, sino que aprendemos a ser una cosa u otra y que, en una gran parte, depende de nuestra elección el que nos llegue la felicidad o la desgracia. Que no es cierto, como muchos piensan, que la dicha pueda encontrarse como se encuentra por la calle una moneda o que pueda tocar como una lotería, sino que es algo que se construye, ladrillo a ladrillo, como una casa.

Habría también que enseñarles que la felicidad nunca es completa en este mundo, pero que, aun así, hay raciones más que suficientes de alegría para llenar una vida de entusiasmo y que una de las claves está precisamente en no renunciar o ignorar los trozos de felicidad que poseemos por pasarse la vida soñando o esperando la felicidad entera.

Sería también necesario decirles que no hay «recetas» para la felicidad, porque, en primer lugar, no hay una sola, sino muchas felicidades y que cada hombre debe construir la suya, que puede ser muy diferente a la de la de sus vecinos. Y porque, en segundo lugar, una de las claves para ser felices está en descubrir «qué» clase de felicidad es la mía propia».

Martín Descalzo
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