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«La idea de límite es muy educativa: no podemos autodeterminarnos en todo»

JORGE BUSTOS

jorgebustos.es

Vidal Arranz - publicado el 26/07/21

Entrevista a Jorge Bustos, jefe de opinión del diario El Mundo (España) y escritor, autor de 'La granja humana' y 'El hígado de Prometeo'

Jorge Bustos es jefe de opinión del diario El Mundo y uno de los columnistas de referencia de la prensa española, amén de uno de los más claramente letraheridos.

Depositario y gestor de innumerables lecturas, y poseedor de una mirada poética que a menudo se ve forzado a sacrificar, o supeditar, a la crónica política, este año se dio el gusto de dar rienda suelta a su vocación más puramente literaria con ‘Asombro y desencanto’, un singularísimo libro de viajes por el París ilustrado y La Mancha de El Quijote.

Con anterioridad escribió ‘La granja humana’, ‘El hígado de Prometeo’, ‘Crónicas biliares’ y ‘Vidas cipotudas’, siempre en los márgenes del ensayo y lo literario. Bustos no oculta que fue educado en una familia conservadora católica y esa herencia, nunca negada, aflora por aquí y por allá en sus columnas y sus textos como instrumento de interpretación del mundo.

En esta entrevista habla con claridad de ese legado y de otros asuntos que conciernen al futuro del hombre en nuestro tiempo. Y en casi cualquier otro tiempo.

– Escribió ‘Asombro y desencanto’ para huir de la política, que monopoliza su actividad profesional. Pero más allá de sus circunstancias particulares, es verdad que la política cada vez lo invade todo más. Hay una creciente sensación de asfixia.

Pero no sé si no es culpa nuestra también. No es que unos malvados políticos nos estén obligando a dejar cada vez más espacio a su voracidad intervencionista. Es que somos los ciudadanos los que estúpidamente cada vez más pedimos a la política más. El vacío moral, existencial, llámese decadencia, lo que provoca es que la gente tiene hambre de soluciones y se las pide a la política.

“Cuanto más pedimos a la política más demagoga se hace prometiendo cosas que no puede conceder”

– ¿Y la política tiene capacidad para darlas?

Le estamos pidiendo lo que no puede dar. Estamos en un momento de transición que tiene a la gente muy desorientada. La gente busca referentes en el identitarismo y en el colectivo, y se busca enemigos legendarios históricos contra los que justificar la propia personalidad. 

Es lógico que en la medida en la que la gente pide más a la política ésta se haga más y más demagoga y prometa cosas que sabe que no puede conceder.  Supongo que no es nuevo y que algo parecido ha pasado muchas veces antes.

– Pero no siempre ha sido así.

Antes de esta ola de politización que estamos viviendo, y que a lo mejor arranca con el estallido de la burbuja inmobiliaria en 2008, pedíamos a la política que no diera problemas, que nos dejara hacer a cada uno nuestra vida. Había un consenso liberal amplio, a izquierda y derecha.

Había una especie de tranquilidad y cada uno se hacía su vida y las cosas, más o menos, funcionaban. Pero cuando todo eso estalla se destruyen viejos modelos y empiezan a surgir otros nuevos. Y eso genera incertidumbre y desorientación. 

– ¿Necesitamos resguardar ciertos espacios de la vida social y personal, liberarlos del debate público?

“La posibilidad de apagar el móvil está al alcance de cualquier. Basta con buscar tu propio silencio y recogimiento”

No hay ninguna duda. Lo que yo discuto es que eso sea un programa revolucionario. Creo que basta con la voluntad de cada uno. Es verdad que necesitas tener una vida, y unos ingresos, que te lo permitan.

Pero si eres austero y puedes vivir con poco, y si tienes resuelto lo básico, la posibilidad de apagar el móvil y superar las adicciones digitales está al alcance de cualquiera. Basta con querer y buscar tu propio silencio y recogimiento en el día a día.

Para escribir este libro reservé mis vacaciones de Navidad y verano a la escritura. Me alojé en una casa rural en Gredos, al pie del pico Almanzor, rodeado de cabras y de buitres, y apagué el móvil durante unas semanas y me puse a escribir.

– Pero a veces la intrusión viene de fuera, de manos del poder.

Si hablamos de la batalla contra las intromisiones del Estado y contra la moralización progresista de la vida de cada uno, esa es otra batalla que se libra desde los medios de comunicación, desde la participación política y desde la defensa de unos valores en los que uno cree contra otros que tratan de imponerte una visión opuesta a la tuya. 

– Silencio y recogimiento. Dos grandes temas que emergen en estos tiempos de exceso de ruido. ¿Es un reto de nuestro tiempo recuperar esa capacidad para mirarnos hacia adentro?

De este tiempo y de cualquiera. También a un renacentista que viviera en las ciudades del siglo XV le parecería que el mundo iba demasiado rápido. El sentido de la agitación, o la angustia existencial, que se han producido miles de veces a lo largo de la historia, no es nada novedoso. Jorge Freire ha escrito justamente un libro sobre esto ‘Agitación’. 

– Los renacentistas no tenían Smart phones…

Es verdad. Esa es una ventaja para ellos. Nosotros estamos permanentemente reclamados por un aparato maravilloso y diabólico a un tiempo, que nos convierte en adictos y nos impide desarrollar una personalidad o formación propias. 

Pero, al final, el que quiere encontrar sentido, pese a la confusión reinante, tiene fórmulas tradicionales y antiguas a las que volver. Pero, para eso, no hacen falta grandes revoluciones. Las revoluciones verdaderamente importantes empiezan por uno mismo. 

“La piedad bien entendida no se ejercita con los de tu cuerda, sino con el adversario”

– Una de esas armas es la literatura, un oasis en el que es posible acceder a una dimensión distinta de la realidad, más verdadera. 

La literatura no es una forma de ocio, ni un juego más. Cuando tú lees, especialmente si lees a los grandes maestros, desarrollas empatía, eso de lo que, con tanta ligereza, se habla desde la política. La empatía requiere, como estadio previo, imaginación, que es un músculo que está en desuso en la actualidad, a causa de la atrofia que produce el ecosistema de pantallas en el que vivimos. 

Cuando uno va al gimnasio fortalece el cuerpo, cuando lee, fortalece los músculos de la inteligencia y la imaginación. Y con ese cuerpo bien esculpido en tu cerebro, que es la cultura, uno desarrolla la capacidad para ponerse en el lugar del otro y evitar el dogmatismo.

Así como la sabiduría para destruir prejuicios que creías verdades y resulta que eran trolas que te habían vendido.  Por eso la literatura no es un hobby más, es una medicina del espíritu. Puedes elegir morirte sin leer, pero habrás elegido vivir una vida más parecida a la de los animales que a la de los seres humanos.

– En otras ocasiones ha vinculado la capacidad de los escritores más geniales con la mirada compasiva. Sorprende la necesidad de volver a hablar de piedad en un mundo tan, aparentemente, sensible y pendiente de evitarle sufrimientos, reales o imaginarios, a todo el mundo. Parece paradójico.

“Ya Platón advirtió de que las palabras tenían que estar cosidas a la verdad, porque si no es así se corrompe la escena pública”

Es que la piedad bien entendida no se ejercita con los de tu cuerda, se ejercita con el adversario. Y se ejercita porque hay algo que está por encima de la ideología que es la humanidad básica que compartimos. Ya sea como hijos de Dios, que dirían los católicos, o como hijos de la fraternidad universal, que dirían los ilustrados; lo mismo me da. Al fin y al cabo, son valores que vienen de la misma matriz occidental. 

Lo que estamos viendo son guerras de tribus y exhibicionismo moral, que no tienen nada que ver con la piedad. La verdadera moral se ejercita en la vida cotidiana, en privado, y no propagando a los cuatro vientos virtudes de las que luego careces en tu día a día. Entiendo que la limosna se da sin que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha. 

Si vas proclamando a los cuatro vientos lo buena persona que eres apoyando las causas facilonas, no estás siendo empático con nadie porque son actos gratuitos que no te cuestan nada. Hay que reconquistar las virtudes realmente valiosas.

– También vemos en ocasiones que las virtudes se manipulan y se ponen al servicio de otros intereses.

Se ve en la apelación a la concordia del presidente Pedro Sánchez con respecto a los indultados. No hay nada de eso. Están malversando el concepto de concordia, de piedad y de magnanimidad. Es puro cálculo cínico de mantenimiento en el poder. Insisto: la verdadera empatía se ejercita con el adversario.

– El politólogo Víctor Lapuente defiende que el verdadero reto moral es pelearse con uno mismo, no el exhibicionismo moral.

Lo que vemos en la escena pública son personas convencidas de su superioridad moral combatiendo como venados en celo con sus cornamentas. Eso no es un compromiso moral. 

Lo primero que tienes que hacer es mirarte al espejo y decidir qué partes debes mejorar para intentar ser una persona más honesta, que no viva en la farsa, ni en la hipocresía perpetua a la que nos conducen los perfiles digitales. Alberto Olmos afirma que la única revolución pendiente es la de la honestidad y se refiere a esto. Y para lograrlo hay que ser menos hipócritas.

– Añadamos que vivimos en un mundo en el que las palabras han dejado de ser territorio común de entendimiento para convertirse en territorio de combate y de confrontación.

Pero esto tampoco es nuevo. En realidad, esto de jugar con las palabras viene de lejos, desde que nos dimos cuenta de que a lo mejor cambiando el nombre de las cosas lográbamos manipular mejor a los demás. Y ahí seguimos. 

Ya Platón advirtió que las palabras tenían que estar cosidas a la verdad y a los hechos porque si no es así se corrompe la escena pública. Y en eso estamos. Sánchez es la apoteosis de la zanja entre hechos y palabras. Pero si las palabras no valen nada, si los compromisos no valen nada, si las siglas de tu partido no valen nada, pues todo es cinismo y supervivencia y engañar a los ciudadanos diciéndoles que eres el más solidario. 

“La verdadera moral se concreta en la vida cotidiana, en privado, y no propagando a los cuatro vientos virtudes de las que careces”

Combatir esto es el gran reto de nuestro tiempo. Pero si no lees, si no tienes un manejo suficiente del lenguaje, será posible manejarte con más facilidad. 

– Quizás si es algo novedoso este cuestionamiento de la idea misma de realidad. Hay como un afán de destruir cualquier noción de realidad para eliminar cualquier noción de límite.

La superación de los propios límites y la utopía, entendida como afán de ir más allá, han impulsado el progreso de las personas. Soñar con romper nuestros límites como especie es lo que nos hace grandes, y al mismo tiempo es lo que nos condena cíclicamente a ese envanecimiento excesivo que un cristiano describiría como confundirse con Dios. 

Pero es verdad que ambos polos tienen que estar. Una cierta mirada conservadora, prudente, que se da cuenta de que el hombre siempre tendrá límites, y una aspiración a superar esos propios límites. Si uno sólo ve los límites se opondrá a cualquier avance y la sociedad, tarde o temprano, avanzará sin él, y si uno es un entusiasta del progreso a cualquier precio cometerá todo tipo de crímenes. Estas son enseñanzas muy básicas del siglo XX. 

– La tecnología no ayuda a ser conscientes de esos límites.

Lo que tenemos ahora es una virtualidad invasiva. Todo parece que se puede conseguir deslizando el dedo por un móvil. El ser humano del siglo XXI está habituado a una satisfacción inmediata de sus apetencias y esa facilitad con la que la tecnología satisface nuestras necesidades nos está alejando de la idea de límite, que me parece que es una idea muy educativa. No podemos autodeterminarnos en todo. 

– Usted procede de una familia católica conservadora. 

En España todos somos católicos. Otra cosa es que la gente vaya a la Iglesia o mantenga la fe. Al final el sustrato cultural en el que nos hemos criado, por lo menos hasta mi generación, es el del catolicismo.  Ahora bien, si me pregunta sobre mi vida personal, yo debo muchísimo a esa pedagogía de las virtudes que, en el seno de una familia católica practicante como la mía, se desprendía con naturalidad. 

“Lo que he conseguido en mi vida ha sido posible por una educación católica que me dotó de unas herramientas morales que agradezco haber recibido y que otros no tienen”

Una persona que no ha vivido esto y que luego ve una de esas películas malas del cine español que caricaturizan la educación católica, o que la imaginan como la negación constante de la vida y los placeres, no se puede explicar muy bien todas las ventajas que tiene la vida vivida con naturalidad conforme a las normas del evangelio, sin castigos oscuros, ni reglazos en los dedos. 

– ¿Cuáles serían esas ventajas?

Hay una edificación, una ejemplaridad, una idea de virtud, de diligencia, de fuerza de voluntad, de carácter… un montón de virtudes que emanan de ese sustrato moral católico que a mí personalmente me han ayudado a llegar adonde he llegado. 

De momento, todo lo bueno que me ha pasado en la vida, y que he peleado porque me pase, lo he podido pelear porque se me dotó de unas herramientas morales que agradezco haber recibido y que otros no tienen. 

– ¿Qué le ha quedado de aquellas enseñanzas? 

Hace mucho tiempo que dejé de ser un católico ejemplar, pero quizás queda de fondo un sustrato moral, un cierto instinto ético, de saber distinguir el bien del mal, que nunca te abandona.

Cuando te equivocas, sabes que te has equivocado y, por tanto, esa culpa te ayuda también a mejorar. Además de las herramientas, que he citado antes, eso es lo que me queda a mí de aquella educación, a la que estoy enormemente agradecido.

– Ese sentimiento de culpa y la práctica del autoexamen son dos cuestiones relevantes que escasean hoy bastante. 

Absolutamente. Y es muy fascinante cuando te encuentras a alguien como Pedro Sánchez que no parece humano en el sentido de que carece por completo de la capacidad de autoexamen.

No hay ningún tipo de instancia moral en su interior que le haga avergonzarse, porque para él la justificación de la vida es la conquista y el mantenimiento del poder a cualquier precio. Desde ese punto de vista es fascinante encontrar en la política un ejemplar tan puro de amoralidad.

“Constantemente constato la degeneración de la religión en los movimientos ideológicos de nuestro tiempo”

– Percibo en usted una tensión entre un afán de elevación y de mejoramiento espiritual y profesional y el temor a que ese buen propósito genere exceso de rigidez, frialdad e incluso inhumanidad. 

El problema de la vivencia católica llevada a una voluntad de perfeccionamiento muy obsesiva es que probablemente acabes exigiéndote de tal forma a ti mismo que no consigas la paz interior, aunque estés más obsesionado que nadie con la paz interior, porque siempre te ves como un pecador.

Y eso luego te envenena la mirada hacia los demás, porque ves en ellos los fallos que ves en ti y te indignan el doble, y te convierten en un intolerante. Quien actúa así demuestra que no se ha enterado mucho del mensaje del evangelio. 

Al final, es muy fácil que cualquier religión se deslice hacia la política, hacia el control de los demás, amparada en bellísimas palabras. A menudo hay, al final, un afán de poder que envenena y que, a mí, que tengo un punto hedonista y vitalista, y que soy muy celoso de la libertad, me llevó hacia un liberalismo escéptico. 

Pero es verdad que luego hay gente muy luminosa que compatibiliza perfectamente su fe con un respeto profundo hacia la libertad de los demás. Pero no puedo evitar tener prevención hacia los tipos que van dando lecciones.

– ¿Cómo Greta Thunberg?

“La caridad cristiana es el concepto en torno al que pivota toda la grandeza y toda la novedad del mensaje evangélico”. 

Lo suyo es un movimiento religioso con una niña fanatizada que va fanatizando a los demás. Como tengo una formación religiosa bastante profunda constantemente constato la degeneración de la religión en los movimientos ideológicos de nuestro tiempo. Descubro las pautas enseguida; sé qué resortes psicológicos pulsan.

– Todos estos peligros ¿se conjuran teniendo bien presentes las ideas de la piedad y la compasión?

La caridad es una palabra que malversa la izquierda y se la echa en cara a la derecha como si caridad fuera dar limosna a los pobres con un gesto altivo a la salida de la ópera. No. La caridad en el sentido griego cristiano primitivo es ese amor superior que describe muy bien San Pablo en esa carta que leen todos los novios del mundo el día de su boda: «El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia. El amor no presume ni se engríe, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia…».

Toda esa letanía explica muy bien el principio de la caridad cristiana, que a mi juicio es el concepto en torno al que pivota toda la grandeza y toda la novedad del mensaje evangélico. 

Quizás estas cosas suenen ahora a chino, pero yo, en el espacio de influencia que pueda tener, no sólo no renegaré de las enseñanzas que he recibido, sino que defenderé su utilidad para interpretar el mundo.

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