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No me gusta ser tan débil, sufrir tanto, ¿puedo hacer algo?

mamormo | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 08/07/21

Sufro una herida cuyo origen yo mismo desconozco y pido a Dios una vida perfecta, pero no llega...

Sigo buscando la fortaleza, sigo deseando ser poderoso, sigo queriendo no tener heridas, ni errores, ni fallos y no sufrir.

Quiero ser perfecto para brillar más. Sin darme cuenta de que entonces, cuando soy yo el que brilla, no dejo ver el rostro de Dios.

Es una paradoja que me desarma y me priva de todas mis seguridades.

Jesús no quiere que sea soberbio. No quiere que caiga en el orgullo y en la vanidad. No quiere que me sienta mejor que todos.

Me mira y me recuerda quién soy, de dónde vengo, a dónde voy. Y me recuerda que sólo Él me basta.

Ni todos los aplausos ni toda la paz del mundo saciarán la sed de mi alma.

Me gusta mucho ese encuentro de Pablo con Dios:

«Para que no tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: – Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.

Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte».

¡Cuántas veces he meditado este texto y he pensado en la pobreza de mi vida!

Sufriendo por mis heridas

Me impresiona la humildad de Pablo. Reconoce públicamente que hay una espina en su carne.

Sin explicar cómo es, habla de una debilidad en su vida, de una grieta por la que se le escapa la vida y sufre.

Una fragilidad que no le permite alcanzar la perfección soñada. Y sufre entonces porque es como si una sombra matara sus sueños de plenitud.

Me siento tan identificado con él… También yo sufro una herida cuyo origen yo mismo desconozco.

Y en ese dolor que siento por dentro, similar al dolor de Pablo, también le pido a Dios como él -tres o más veces, ya no recuerdo- que se acabe mi sufrimiento. Que es más fácil vivir sin heridas ni dolores, sin tentaciones ni caídas.

Soñar con la perfección

Le he pedido a Dios tantas veces dejar de sentir la tentación, o sentirla menos o sintiéndola dentro ser capaz de vencerla…

He querido ser más fuerte que mi propia debilidad, más firme, más recio, más voluntarioso.

He soñado con mi fuerza de hombre, tan humana, tan limitada y grande a la vista de mis ojos.

¡Cuánto valoro la cultura, la inteligencia de los hombres, su elocuencia, su sabiduría, su fortaleza, su aparente impecabilidad! Y acabo deseando lo mismo que admiro en otros.

Bendita vanidad. Le suplico a Dios de rodillas y en ocasiones, no sé contarlas, he llegado a pensar que sí, que lo había logrado, lo había recibido.

Me creo que yo soy más fuerte, más firme, más heroico, más puro. En esos momentos tan escasos me he llegado a sentir entero, completo, sin grietas, lleno, inmaculado.

La gracia es suficiente

Pero esos momentos no fueron eternos. La victoria que yo creía definitiva fue solo una batalla ganada, nada más que eso.

Y de nuevo volvió la espina a mi carne, o la fragilidad a mi alma, o esa vulnerabilidad mía que no me deja correr por la vida.

Y brotó mi llanto alzado al cielo en forma de cascada. Rogando de nuevo la curación, la sanación, la victoria definitiva, un final feliz.

¿Cuántas veces he pedido tener una vida perfecta? Ya no lo recuerdo. De nuevo a menudo vuelvo a rogar lo mismo sin darme cuenta.

Es como si mi inconsciente me jugara una mala pasada y volviera a suplicar ser fuerte, sin aceptar ser débil.

Y escucho esa misma respuesta que tanto me incomoda hoy al leerla:

Te basta mi gracia

¿De verdad me basta su gracia para ser feliz, pleno, para ser luz y esperanza? ¿Es suficiente para llegar a lo alto del cielo, de las cumbres y mirar sonriendo mi valle?

¿Basta su gracia para escalar las escarpadas laderas de mi alma, para penetrar en los cielos que mi alma sueña y anhela como agua que pueda calmar la sed?

Aceptar la debilidad

He comprobado la debilidad de todo lo que toco. Lo perecible que es este mundo que amo.

He visto que es frágil aquello que me propongo, lo que deseo realizar, la decisión que tomo, el camino que elijo.

Y veo que me muevo en esas arenas movedizas en las que todo parece demasiado frágil, demasiado líquido.

Y mi herida, ese dolor hondo de la espina clavada en mi carne… Me defiendo de mi debilidad. Quiero ser fuerte. Y hoy me recuerdan que tengo que aceptar ser débil. Decía el padre José Kentenich:

«Nuestro desarrollo ha sido a menudo enfermizo y nuestro instinto de amor se ha desarrollado débilmente. Si Dios no toma en sus manos nuestro instinto de amor y lo arrastra hacia el sol, seguiremos siendo siempre chapuceros en el campo del amor. ¡Aumenta, Señor, en nosotros el amor!».

King, Herbert. King Nº 2 El Poder del Amor

Vuelvo a recordarlo. Su gracia me basta. Quiero dejarme llevar, arrastrar por ese amor que Dios me tiene. Él me ama con locura:

«Dios puede velar por un único hijo como si no tuviera otra cosa que hacer ¡Qué felicidad saber que Él me quiere! Y me quiere aún más cuando no me he portado bien».

Dorothea Schlickmann, José Kentenich, una vida al pie del volcán

Y me ama aún más cuando me acepto débil y necesitado. Cuando caigo desvalido ante sus pies y suplico que me levante y me lleve en sus brazos hasta el final del camino.

Cuando soy débil y lo acepto y reconozco, entonces, sólo entonces, soy fuerte. Porque es su poder el que me lleva y eleva. Eso me basta.

No quiero olvidarme. No quiero buscar en mí la fuerza, sólo en Él, en su amor íntimo.

Aquí algunos consejos de personas sabias para aceptarse y ser mejor:

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