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Tanto mal alrededor… ¿realmente puedo yo arreglar algo?

Volodymyr TVERDOKHLIB | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 01/07/21

Todo lo que hago importa, todo lo que hablo y callo... Mis actos generosos siembran esperanza, mi negativa a ser solidario siembra individualismo

Dios me creó para el bien, quiere mi felicidad y mi gloria. Quiere que viva y tenga una vida próspera.

El mal no viene de Dios, sólo el bien. Pero Dios parece dormir y permite el mal a mi alrededor.

Crece como la cizaña en un terreno fecundo lleno de espigas de trigo. Y a veces parece que la cizaña, el mal, el odio son más fuertes que el trigo, que el bien y que el amor.

Y al ver tanto mal a mi alrededor, me pregunto: ¿realmente puedo yo arreglar algo? ¿Qué estoy sembrando con mis obras, con mis palabras y decisiones?

Intentando mejorar las cosas

ECOLOGIE

Espero sembrar un trigo puro, un fruto hermoso, una vida santa.

No sé si lo logro, porque incluso cuando intento hacer el bien me confronto con mi debilidad, con mis tentaciones y esos errores que siempre quiero evitar.

Pero no lo consigo y el mal se impone con fuerza en torno a mí. Por mi causa, por mis actos, por mis omisiones, por mis palabras y mis silencios cómplices.

Ya no sé si lo que hago trae vida o muerte. Me muevo en ese claroscuro que tiene la vida en la tierra. Sobre ese fino alambre que separa el mal del bien, la vida de la muerte.

Me gusta pensar que mis actos pueden reestablecer el equilibrio perdido.

En este mundo injusto de desigualdades puedo hacer yo más, puedo ayudar y contribuir a sembrar un mundo nuevo, más justo.

Compartir con generosidad

San Pablo alienta a no perder la esperanza:

«Ya que sobresalen en todo: en la fe, en la palabra, en el conocimiento, en el empeño y en el cariño que nos tienen, distínganse también ahora por su generosidad. Bien saben lo generoso que ha sido nuestro Señor Jesucristo: siendo rico, por ustedes se hizo pobre, para que ustedes, con su pobreza, se hagan ricos. En el momento actual, la abundancia de ustedes remedia la falta que ellos tienen; y un día, la abundancia de ellos remediará la carencia de ustedes; así habrá nivelación. Es lo que dice la Escritura: – Al que recogía mucho, no le sobraba; y al que recogía poco, no le faltaba».

2 Corintios

El apóstol me pide que no me conforme con lo que veo a mi alrededor. Que dé de aquello que me falta. Y entregue lo que no tengo.

Que haga lo que no puedo hacer y ame cuando soy odiado e ignorado. Un amor más grande que el odio que recibo. Una dedicación más honda que la indiferencia que me prodigan.

Y que sea generoso con mi vida, con mi tiempo, con mis bienes, con mi intimidad, con mis verdades, con mi historia.

Que comparta lo que tengo sin importarme el qué dirán. Sin que el mundo tenga que intimidarme y evitar mi entrega. No quiero vivir pendiente de la aceptación que recibo.

¿Darme o cuidarme?

Angel Conscience

Generoso con lo mío. Un rico que se hace pobre como Jesucristo. Es tan fácil dejarme consumir por las tentaciones materiales que me rodean… Como una pandemia de maldad que se extiende de forma silenciosa saltando las barreras que intento levantar.

Me dicen que me guarde, que me proteja, que piense en mí, que me cierre en mis entrañas al mal ajeno. Que yo solo no puedo cambiarlo todo.

Y dos angelitos se erigen en mis oídos tratando de orientar mi deambular. Por un lado el ángel bueno que me recuerda que cuanto más dé más recibiré, aquí o en el cielo.

Y el angelito malo que me incita a cuidar mi vida, mi espacio, mis tiempos, mis decisiones, mi parcela privada en la que soy feliz.

Que me forme, que me cuide, que extienda mis redes buscando seguridades y que nunca dé nada sin recibir al menos un gracias como respuesta.

Sí puedo hacer algo

Me recuerda el papa Francisco:

«El engaño del “todo está mal” es respondido con un “nadie puede arreglarlo”, “¿qué puedo hacer yo?”. De esta manera, se nutre el desencanto y la desesperanza, y eso no alienta un espíritu de solidaridad y de generosidad».

Papa Francisco, Todos hermanos

No todo está fatal y tampoco yo no puedo hacer nada. Puedo levantarme y cambiar el mundo en el que vivo.

Cambiar mi forma de pensar, de actuar y de amar. Cambiar mi corazón o al menos Dios puede hacerlo en mí.

Y puedo sembrar esperanzas y con ellas el deseo de ser más generoso, más magnánimo, más libre, más de Dios. El deseo de no medir continuamente mis fuerzas y capacidades.

Puedo entregarlo todo y morir en ese intento por cambiar en algo el mundo que habito. Si yo no hago nada no puedo exigirle al mundo que lo haga.

Mi actitud importa

Sólo mi ejemplo es atractivo para los que lo ven. Y si no lo ve nadie, mi vida se entierra en la tierra de forma misteriosa y dará una luz que iluminará oscuridades.

Los actos ocultos cambian el mundo aunque nadie sepa y no sean noticia. Que mi mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.

No importa tanto el reconocimiento sino mi actitud sencilla por la que me entrego y doy la vida.

Todo lo que hago importa. Todo lo que hablo y callo. Mis actos generosos siembran esperanza, mi negativa a ser solidario siembra individualismo. Y es muy difícil salir de ese círculo egoísta en el que me arrastro buscando mi bienestar.

La vida se juega en presente, en mis decisiones altruistas, en mi mirada generosa y magnánima. Sólo ahí va cambiando mi mundo alrededor.

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