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Conoce a las cuatro mujeres Doctoras de la Iglesia

DOCTORAS DE LA IGLESIA

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Sandra Ferrer - publicado el 14/05/21

Fueron sabias, místicas y maestras de la fe que se ganaron con su trayectoria vital el máximo reconocimiento de la Iglesia Católica

La Iglesia Católica ha encumbrado con el título de Doctor de la Iglesia a treinta y seis personas a lo largo de su historia. Es el máximo reconocimiento al que puede aspirar alguien que previamente ya ha sido reconocido como santo. Para llegar a alcanzar este título es necesario haber ejercido una influencia destacada en la doctrina eclesiástica dentro de la ortodoxia para beneficio de todos los fieles de la cristiandad.

En esta selecta lista encontramos a cuatro mujeres que tuvieron vidas ejemplares, fueron grandes místicas y a la vez influenciaron no solo en el tiempo en el que les tocó vivir sino que su ejemplo permanece aún vivo entre sus fieles seguidores. Mujeres santas que trabajaron intensamente por mejorar la vida de los más necesitados y por hacer de la fe su principal guía espiritual.

Rescatamos la vida y la obra de estas cuatro mujeres.

Santa Hildegarda de Bingen (1098-1179)

Fue sin duda una de las mujeres más excepcionales de la Edad Media. Abadesa alemana, dedicó su vida a la oración, la mística, la ciencia, la música. Asesoró a papas y emperadores y predicó sus sabias palabras en algunas de las catedrales más importantes de la Europa medieval.

Sus visiones fueron aprobadas por la Iglesia y ella misma las describió en sus obras iluminadas con magníficos dibujos de su propia autoría. Alabada por Bernardo de Claraval, fue uno de sus principales defensores.

Durante la celebración del ochocientos aniversario de su muerte, el papa Juan Pablo II dijo de ella que había sido había sido “luz de su pueblo y de su tiempo”. En 2012 fue elevada a los altares y ese mismo año, el 7 de octubre, el Papa Benedicto XVI le otorgó el título de Doctora de la Iglesia. “En el horizonte de la historia, – afirmó entonces el Papa – esta gran figura de mujer se perfila con límpida claridad por santidad de vida y originalidad de doctrina”. El pontífice destacó también que Santa Hildegarda había sido capaz de armonizar “la doctrina y la vida cotidiana” y destacó la importancia que tuvo para la regla benedictina durante la Edad Media.

Benedicto XVI afirmó que “la profunda espiritualidad presente en sus escritos ejercita una relevante influencia tanto en los fieles como en las grandes personalidades de su tiempo, involucrando en una incisiva renovación la teología, la liturgia, las ciencias naturales y la música”. Y concluyó que su “mensaje se presenta extraordinariamente actual en el mundo contemporáneo, particularmente sensible al conjunto de valores propuestos y vividos por ella”.

Santa Catalina de Siena (1347-1380)

Patrona de Italia junto a San Francisco de Asís, la vida de Santa Catalina de Siena supone un ejemplo de santidad. Tuvo visiones muy tempranas y se negó a cumplir la voluntad paterna de contraer matrimonio. Catalina tenía otra misión en la vida. Con dieciocho años tomaba el hábito de la orden Tercera de Santo Domingo y desde entonces se dedicaría a la oración y a experimentar visiones y momentos místicos.

Santa Catalina también se volcó en los más necesitados y, como ya hiciera Santa Hildegarda o Santa Brígida de Suecia, no permaneció ajena a los problemas que afectaban a la cristiandad. Escribió a pontífices e importantes gobernantes de su tiempo para dar su sabio consejo.

Santificada en 1461, el 3 de octubre de 1970, Pablo VI la nombraba Doctora de la Iglesia destacando cómo “las Bienaventuranzas evangélicas tenían un modelo de verdad y belleza superlativas en la vida y actividad externa de Catalina”.

Pablo VI destacó de su vida que “el éxito que finalmente obtuvo fue verdaderamente la obra maestra de su laboriosidad, que seguirá siendo su mayor gloria a lo largo de los siglos y constituirá un título muy especial a la eterna gratitud por ella por parte de la Iglesia. […] No contenta con haber llevado a cabo una intensa y vasta enseñanza de la verdad y la bondad con palabras y escritos, Catalina quiso sellarla con la ofrenda final de su vida, por el místico Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia”.

Santa Teresa de Jesús (1515-1582)

La santa de Ávila tuvo el honor de ser la primera mujer en recibir el título de Doctora de la Iglesia por su gran labor como fundadora de las Carmelitas Descalzas. Ya en vida, extendió su nueva orden por toda España y otros países de Europa y pronto atravesaría el océano y llegaría a todos los rincones del mundo.

Una de las místicas más importantes de la España Moderna, su ejemplo impulsó la vocación y el misticismo de muchas otras mujeres. Sus obras místicas El camino de Perfección o El Castillo Interior pronto se convirtieron en referente y aún hoy siguen siendo obras leídas por miles de personas en todo el mundo.

El 27 de septiembre de 1970, el Papa Pablo VI, en la homilía de proclamación como Doctora de la Iglesia de esta “santa tan singular y tan grande”, dijo de ella que era una “una religiosa que, envuelta toda ella de humildad, penitencia y sencillez, irradia en torno a sí la llama de su vitalidad humana y de su dinámica espiritualidad; la vemos, además, como reformadora y fundadora de una histórica e insigne Orden religiosa, como escritora genial y fecunda, como maestra de vida espiritual, como contemplativa incomparable e incansable alma activa”.

“La doctrina de Teresa de Ávila – aseguró – brilla por los carismas de la verdad, la fidelidad a la fe católica y la utilidad para la formación de las almas. Y podríamos resaltar de modo particular otro carisma, el de la sabiduría, que nos hace pensar en el aspecto más atrayente y al mismo tiempo más misterioso del doctorado de Santa Teresa, o sea, en el influjo de la inspiración divina en esta prodigiosa y mística escritora”.

Santa Teresa de Lisieux (1873-1897)

Conocida también como Santa Teresa del Niño Jesús, esta mística francesa es la patrona universal de las misiones. Santa Teresa de Lisieux no tuvo una infancia fácil, pues la muerte prematura de su madre con tan solo cinco años truncó la felicidad de una familia unida por la alegría y la fe. Fue precisamente a su hermana carmelita a la que siguió en el camino de la vocación religiosa y años después ella también ingresó en el Carmelo. Allí experimentó varios misterios y se volcó de lleno en una vida de oración. Una vida que fue, sin embargo, injustamente breve, pues a los veinticuatro años falleció a causa de una tuberculosis.

Santa Teresa de Lisieux no abandonó nunca el convento pero se la vincula con el patronazgo de las misiones porque durante mucho tiempo mantuvo una intensa correspondencia con dos padres misioneros a los que iluminó con su palabra y oración.

Canonizada por el Papa Pío XI, fue la última de las cuatro mujeres que, hasta la fecha, ha sido proclamada Doctora de la Iglesia. En la homilía de proclamación, el 19 de octubre de 1997, jornada de celebración también del Día de las Misiones, el Papa Juan Pablo II recordó el sueño de la joven religiosa de convertirse algún día en misionera: “Jesús mismo le mostró de qué modo podía vivir esa vocación: practicando en plenitud el mandamiento del amor, se introduciría en el corazón mismo de la misión de la Iglesia, sosteniendo con la fuerza misteriosa de la oración y de la comunión a los heraldos del Evangelio”.

El Papa aseguró que, a pesar de su juventud, “su ardiente itinerario espiritual manifiesta tal madurez, y las intuiciones de fe expresadas en sus escritos son tan vastas y profundas, que le merecen un lugar entre los grandes maestros del espíritu”, añadiendo que Teresa de Lisieux “no solo captó y describió la profunda verdad del amor como centro y corazón de la Iglesia, sino que la vivió intensamente en su breve existencia”.

En la actualidad, el Vaticano tiene sobre la mesa una larga lista de santos y santas que esperan pacientes a ser reconocidos como Doctores y Doctoras de la Iglesia, entre ellos, mujeres como Santa Juliana de Norwich, Santa Brígida de Suecia o Santa Gertrudis de Helfta.

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