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Vacunas, pase de salud … «La pandemia marca un límite al individualismo»

Valentino Belloni / Hans Lucas / Hans Lucas via AFP

Rue Sainte-Catherine, en Burdeos (Foto de la ilustración).

Agnès Pinard Legry - publicado el 07/05/21

Mientras la campaña de vacunación se acelera en Francia, el padre Laurent Stalla-Bourdillon, director del Servicio para los profesionales de la información de la diócesis de París y docente en el Colegio de los Bernardinos, revisa con Aleteia la posición de la Iglesia en relación a los grandes temas sanitarios del momento

La pandemia de COVID-19 ha superado un nuevo umbral simbólico estos últimos días al alcanzar más de 150 millones de personas infectadas desde la aparición del virus a finales de 2019 y más de 3,1 millones de fallecidos; mientras tanto, los países afinan su estrategia de vacunación.

En Francia, Emmanuel Macron acaba de anunciar la posibilidad de que los mayores de 18 años se vacunen a partir del 1 de junio, al tiempo que se valora la utilización de un pasaporte sanitario. Unos temas muy delicados sobre los que es legítimo hacerse preguntas.

«Esta crisis habría exacerbado las posiciones de escisión a favor y en contra. Nunca habíamos tenido tanta necesidad de certidumbres», explica a Aleteia el padre Laurent Stalla-Bourdillon, director del Servicio para los profesionales de la información de la diócesis de París y docente en el Colegio de los Bernardinos.

«Ahora bien, en un contexto de incertidumbre así, la militancia supera fácilmente la competencia». Entrevista.

– ¿De qué se habla cuando se subraya el carácter más o menos ético de las vacunas contra la COVID-19?

Padre Laurent Stalla-Bourdillon: Se quiere decir que “el fin no justifica los medios”. Aunque es absolutamente necesario desarrollar tratamientos para curar a las personas enfermas y vacunas para prevenir los contagios, es importante conocer las circunstancias en las que se desarrollan estos tratamientos.

Aquí interviene la cuestión ética. Las vacunas, sí. Pero ¿a qué precio? Es obvio que si hubiera que utilizar a personas como “cobayas” para evaluar la eficacia de las vacunas, sería legítimo preguntarse hasta qué punto merece la pena sacrificar sus vidas, incluso para conseguir una vacuna.

Los procesos de elaboración de vacunas son de una complejidad tal que el gran público ignora, en su gran mayoría, las experiencias y materiales que necesita su desarrollo. Es frecuente que se utilicen células de fetos en investigaciones médicas.

La Santa Sede ha procurado precisar que «cuando no estén disponibles vacunas contra la COVID-19 éticamente irreprochables, es moralmente aceptable utilizar las vacunas contra la COVID-19 que han utilizado líneas celulares de fetos abortados en su proceso de investigación y producción».

Hoy en día existen diferentes tipos de vacunas y sin duda veremos otras nuevas. Frente a esta diversidad, no es raro que las personas quieran poder escoger ellas mismas en conciencia.

Entre certezas dogmáticas e incertidumbres radicales, estamos ante el dilema de una responsabilidad que debe unir íntimamente la elección personal y el bien común. Por lo tanto, ¿qué principios rigen nuestra vida en común?

– ¿Qué decir a esas personas que son reticentes a vacunarse?

Según una encuesta realizada por el Foro Económico Mundial e Ipsos con casi 20.000 adultos de 27 países, el 74 % de las personas entrevistadas afirman tener intención de vacunarse, frente a sólo un 59 % en Francia, que tiene uno de los índices más bajos del estudio [1].

Ahora bien, según los cálculos de los expertos, sería necesario vacunar entre el 60 y 70 % de la población mundial (de 4,6 a 5,4 mil millones de personas) para detener la pandemia. Esta crisis habría exacerbado las posiciones de escisión a favor y en contra. Nunca habíamos tenido tanta necesidad de certidumbre.

Ahora bien, en un contexto de incertidumbre así, la militancia supera fácilmente la competencia. A veces las reticencias frente a la vacunación son muy fuertes y por motivos también muy diversos. Pueden venir de la licitud del empleo de vacunas según su modo de desarrollo, como ya hemos mencionado. Pueden venir de su débil eficacia y de los efectos secundarios o incluso de proyecciones o fantasías sobre posibles riesgos.

Las cuestiones económicas son tan grandes que se ha sumado a la pandemia una guerra económica. Las redes sociales son inigualables para incrementar los problemas y la incredulidad. La humanidad está claramente ante un desafío en su unidad.

La extrema incertidumbre en la que se encuentran tanto los responsables políticos como los científicos en cuanto a la evolución de la pandemia repercute en la opinión pública, que observa con recelo.

Aunque es cierto que estamos en una situación del todo inédita en lo referente a la rapidez de la producción de las vacunas y la velocidad de una vacunación en masa, no es menos cierto que todas las vacunas desarrolladas tienen el objetivo innegable de inmunizar contra las formas más graves de la enfermedad.

La confusión sobre los efectos secundarios no debería ocultar el inmenso progreso que representa la vacunación. La Santa Sede llamaba a este respecto en su nota de diciembre de 2020 a que

«quienes, por razones de conciencia, rechazan las vacunas (…) deben tomar las medidas, con otros medios profilácticos y con un comportamiento adecuado, para evitar que se conviertan en vehículos de transmisión del agente infeccioso. En particular, deben evitar cualquier riesgo para la salud de quienes no pueden ser vacunados por razones médicas o de otro tipo y que son los más vulnerables».

Estamos abandonados a una especie de intranquilidad permanente que llama a crecer “en el conocimiento y en la plena comprensión, a fin de que puedan discernir lo que es mejor” (Flp 1, 9-10) y resistir a un pesimismo resignado.

La pandemia marca un límite al individualismo. Tiene el efecto de hacer aparecer nuestra interdependencia y hacernos solidarios los unos con los otros.

– En relación al acceso universal a la vacuna, ¿por qué es una necesidad? ¿Qué dice la Iglesia?

La reflexión ética, según recuerda el Comité Consultivo Nacional de Ética de Francia (CCNE), «debe respetar los principios que cimentan la ética médica y los derechos fundamentales de toda persona, en particular la igualdad, la equidad, el respeto a los principios de autonomía y de consentimiento, de acogida y de no perjuicio, la relación entre beneficio colectivo y riesgo individual, de justicia para determinar las condiciones de acceso» [2].

La pandemia marca un límite al individualismo. Tiene el efecto de hacer aparecer nuestra interdependencia y hacernos solidarios los unos con los otros. Ningún país puede desinteresarse de la situación sanitaria de sus vecinos. Lo vemos hoy en día con la dramática situación que vive la India.

La colaboración y el saber compartir serán las claves de la salida de la epidemia. Estamos ante la urgencia de lo que Francisco llama la amistad social en su última encíclica Fratelli tutti.

En una situación así, es probable que algunos puedan buscar sacar beneficio de la situación. Pero lo cierto es que algunos siempre saldrán mejor parados y otros siempre más perjudicados.

La pandemia es también una prueba de la responsabilidad de los dirigentes de las naciones para trabajar juntos. ¿Qué conciencia tenemos de la unidad de la familia humana? ¡Qué inmenso desafío!

«Existe también un imperativo moral», decía el papa Francisco en septiembre de 2020, «para la industria farmacéutica, los gobiernos y las organizaciones internacionales, garantizar que las vacunas, eficaces y seguras desde el punto de vista sanitario, y éticamente aceptables, sean también accesibles a los países más pobres y sin un coste excesivo para ellos. La falta de acceso a las vacunas se convertiría, de algún modo, en otra forma de discriminación e injusticia que condenaría a los países pobres a seguir viviendo en la indigencia sanitaria, económica y social» [3].

Los cristianos son los guardianes de una esperanza que no se verá decepcionada. La muerte, que solíamos ver en la distancia, ha regresado como por efracción a nuestras sociedades.

– ¿Qué papel deben desempeñar la Iglesia y los católicos hacia los enfermos?

Me parece que, aunque la pandemia ha trastocado nuestra existencia, lo esencial de la vida, el fondo, no ha cambiado: aún se trata de vivir bajo la conducta del Espíritu Santo y de comprender todo el amor con que Dios nos ama, de amar a nuestro prójimo y de prepararnos para el encuentro de Dios.

Nadie permanece en este mundo porque no es un mundo en el que se permanezca, sino un mundo por donde se pasa. Esta vida sigue siendo una “Pascua” sean cuales sean los acontecimientos históricos que encontremos. La vida es esencialmente una transformación.

No somos seres vivos que caminan hacia la muerte, ¡sino mortales que vamos hacia la vida! Los cristianos son los guardianes de una esperanza que no se verá decepcionada. La muerte, que solíamos ver en la distancia, ha regresado como por efracción a nuestras sociedades. ¡Tantas personas han perdido allegados o amigos en circunstancias dramáticas!

La pena es doble por el dolor indecible de no poder estar presente en el momento de la muerte, de no poder decirse «a-Dios». Carecemos cruelmente de una palabra de sentido sobre la muerte. ¿Quién, si no los cristianos, puede restaurar la paz en las almas?

Nuestra confianza en el Señor es un bien para todos, su palabra es fuente de paz: “Yo te instruiré, te enseñaré el camino que debes seguir; con los ojos puestos en ti, seré tu consejero” (Sal 32,8).

La primera responsabilidad de los cristianos sigue siendo acercarse a todos los que sufren materialmente, pero también psicológica y afectivamente.

La pandemia ha creado también situaciones de extrema precariedad, ha puesto en dificultades a muchísimas personas. La primera responsabilidad de los cristianos sigue siendo acercarse a todos los que sufren materialmente, pero también psicológica y afectivamente.

Únicamente las nuevas solidaridades permitirán que el cuerpo social no se desmorone. Corresponde a los cristianos ser actores de esto. Más que nunca, el amor se anuncia amando y la ternura de Dios se enuncia en la atención gratuita y la generosidad al compartir. Sin duda, la Iglesia deberá estar más presente para que nadie pueda decirle “¿dónde estabas mientras sufríamos?”.

– ¿Teme usted el establecimiento del pasaporte de vacunación?

Es demasiado pronto en este estadio para valorar las intenciones de las autoridades políticas y los efectos de un posible pasaporte de vacunación. Una consulta titulada “¿Qué piensas del pasaporte de vacunación?” se ha desarrollado bajo el auspicio del Consejo Económico, Social y Medioambiental francés (CESE).

Los resultados, publicados el 16 de marzo, desvelaron una gran mayoría de franceses desfavorable a la medida, más del 72 % [4]. Los motivos de oposición son los atentados a las libertades privadas, las incertidumbres insistentes sobre la eficacia y la seguridad de la vacuna y el riesgo de discriminación entre los ciudadanos.

Son muchos los que alertan ya sobre las posibles discriminaciones y la pérdida de libertades. Esta perspectiva conlleva la peor visión de una sociedad de vigilancia. Las nuevas tecnologías prestan unos servicios fantásticos, pero plantean, al mismo tiempo, la cuestión de la confidencialidad de los datos.

La utilización de aplicaciones de rastreo se modifica para convertirse en un pasaporte. Vemos hasta qué punto la seguridad prima sobre la libertad y lo difícil que es para el Estado resistir la tentación de recurrir a tecnologías de control. Imperceptiblemente, el poder de rastreo se convierte en derecho de tránsito.

Por el contrario, el establecimiento de un pasaporte así, según modalidades que aún quedan por precisar y en conformidad con el principio de igualdad, permitiría sin duda restaurar la capacidad de desplazamiento que está tan comprometida en este momento.

La cuestión se plantea entonces en estos términos: «¿Hasta qué punto somos solidarios o dependemos de las decisiones de otros países?”. Lo cual implica en seguida otra pregunta: “¿Qué estamos dispuestos a aceptar?”. La consulta a los ciudadanos debería imponerse, lógicamente, para evitar resentimientos.

[1] Los países donde es más alta la intención de vacunación contra la COVID-19 son China (97 %), Brasil (88 %), Australia (88 %) y la India (87 %). Los que tienen intención más baja son Rusia (54 %), Polonia (56 %), Hungría (56 %) y Francia (59 %). 

Tres de cada cuatro adultos en el mundo tendrían intención de vacunarse contra la COVID-19, pero ¿es esto realmente suficiente? > Comunicado de prensa | Foro Económico Mundial (weforum.org)

[2] Cuestiones éticas de una política de vacunación contra el Sars-CoV-2 | Comité Consultivo Nacional de Ética de Francia (ccne-ethique.fr)

[3] Papa Francisco, Audiencia a los miembros de la Fundación Banco Farmacéutico, 19 de septiembre de 2020.

[4] La información general de la consulta entre los 110.507 participantes en la consulta: 

67,1 % se declaran muy desfavorables;

20,2 % se declaran muy favorables;

5,6 % se declaran desfavorables;

5,1 % se declaran favorables;

2 % se declaran moderados.

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