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Migración centroamericana: ¿Dar dinero a los países pobres es suficiente?

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Shutterstock | Vic Hinterlang

Jaime Septién - publicado el 29/04/21

Se ofrecen cuatro mil millones de dólares para poder frenar la migración centroamericana. ¿Es sólo cuestión de dinero?

Muchas ocasiones la política internacional de los países más poderosos económicamente hablando, está llena de buenas intenciones, pero en los hechos se olvida las condiciones locales.

Tal podría ser el caso del plan que ha anunciado la administración federal de Estados Unidos para enfrentar la pobreza y detener la migración centroamericana a su país.

El proyecto del presidente Joe Biden se llevaría a cabo mediante una transferencia de cuatro mil millones de dólares a los tres países del llamado “Triángulo Norte” de Centroamérica: Honduras, Guatemala y El Salvador.

Un reciente artículo del ex presidente de Costa Rica, Luis Guillermo Solís, publicado en The Conversation bajo el patrocinio de la Universidad Internacional de Florida, pone los puntos sobre las íes de este tema.

Solís, que presidió Costa Rica de 2014 a 2018, reconoce en su artículo que el dinero por sí solo no puede arreglar Centroamérica o detener la migración a Estados Unidos.

“Construir seguridad y prosperidad” en estos tres países, (que aportan 85 por ciento las personas que emigraron a Estados Unidos en los últimos tres años) requiere, entre otras cosas, gobiernos comprometidos con el estado de Derecho.

Qué condiciones son necesarias

Solís, quien también es historiador de Centroamérica, es claro en su análisis difundido por The Conversation al afirmar que «el dinero por sí solo no puede construir una democracia viable».

Si Estados Unidos busca abordar los «factores que empujan a las personas a abandonar sus países» (violencia, crimen, desempleo crónico y falta de servicios básicos) debe saber que se trata de una región «de gran corrupción pública».

Ciertamente, las condiciones de salud, empleo, educación, seguridad y oportunidades de salir adelante en Honduras, Guatemala y El Salvador son extremadamente precarias.

Numerosos análisis han puesto en relieve que las familias –muchas de ellas con niños de brazos—no toman la decisión de emigrar al norte por un gusto por la comodidad. Ponen en riesgos sus vidas porque “no les queda de otra”.

Por lo mismo, necesitan que en sus países existan «sistemas de educación, vivienda y salud que funcionen». En otras palabras, según Solís, exigen «estructuras económicas fiables que puedan atraer inversión extranjera».

Y, por supuesto, «necesitan sistemas sociales inclusivos y otras estrategias de prevención del delito que permitan a las personas vivir sin miedo».

Transformación social

El asunto no es fácil ni se resuelve a fuerza de dinero. Solís habla de una necesaria «transformación» que será imposible de que ocurra «sin instituciones públicas fuertes y políticos comprometidos con el estado de Derecho».

El dinero de Estados Unidos, ciertamente, va a ir «etiquetado»; es decir, condicionado a que los países del «Triángulo Norte» se comprometan a emprender «reformas significativas, concretas y verificables».

Pero no será la primera vez que esto suceda. Según Solís desde la década de 1960 se han llevado a cabo iniciativas estadounidenses similares para hacer cambios en Centroamérica. Y han resultado infructuosas.

Estas iniciativas trataron, desde frenar el avance del comunismo en la región (y aportaron dinero para que esto no sucediera mediante recursos militares), hasta educación de las mujeres, el combate a las pandillas y al tráfico de drogas.

«Tales esfuerzos multimillonarios han hecho poco para mejorar las disfunciones de la región», apunta Solís en su reflexión en The Conversation. Y expone el ejemplo de Costa Rica como una posibilidad de transformar a los países expulsores de migrantes.

Tras elaborar una rápida historia del país que gobernó, Solís recuerda que al día de hoy Costa Rica invierte casi el 30 por ciento de su presupuesto anual en educación pública y la asistencia sanitaria representa 14,8 por ciento del presupuesto.

Cómo arraigar a las familias

Un hecho importante que señala Solís es que «Estados Unidos no es un atractivo para los costarricenses. En cambio, mi país ha recibido a cientos de miles de migrantes centroamericanos, especialmente de la vecina Nicaragua».

¿Por qué? Porque en Costa Rica encuentran condiciones de vida que los sistemas políticos autoritarios y la «élites depredadoras de sus países» simplemente no generan; y que han demostrado «no estar dispuestos a promover las transformaciones estructurales».

Estas élites, junto con los gobiernos represivos, se oponen a que haya, desde impuestos equitativos, hasta una mayor inversión educativa; o «reformas agrarias, que podrían poner fin a siglos de opresión y privaciones».

Durante la Guerra Fría, sobre todo en la década de los setentas y ochentas del siglo pasado, «sofocaron las revoluciones populares que perseguían tales cambios, a menudo con el apoyo de Estados Unidos».

Solís – citando al asesor de Biden para Centroamérica, Juan González – pone énfasis en que el plan estadounidense necesita la participación de esa «élite depredadora», para que realmente funcione y transforme la pobreza.

Se trata de un enfoque «basado en asociaciones» con organizaciones locales de derechos humanos «y grupos a favor de la democracia para ayudar a su causa».

Una última idea

Solís remata su artículo diciendo: “Es demasiado pronto para saber si se materializan las alianzas esperadas con los líderes centroamericanos”.

Se trata de un puzzle realmente complicado. El dinero es necesario… pero no suficiente. Los años anteriores y las reiteradas «ayudas» de Estados Unidos a estos países, muestran que, o hay transformaciones internas, o no habrá dinero que alcance.

En otras palabras, los gobiernos deben respetar el estado de Derecho y las élites tendrán que dejar su papel «depredador»; y mostrarse solidarias con el pueblo. Quizá con ello habrá un cambio.

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