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Cómo hacer para que Dios esté presente en cada habitación de la casa

Mathilde De Robien - Marzena Wilkanowicz-Devoud - publicado el 27/04/21

Los confinamientos sucesivos nos obligan a permanecer en casa. Nuestro lugar de residencia ya no guarda secretos para nosotros. Quizás sea el momento de mirar con distintos ojos cada una de las piezas de nuestra casa y ver en todas ellas la oportunidad de volvernos hacia el Señor

“Quiero que los hombres oren constantemente”, pide san Pablo en su carta a Timoteo (1 Tm 2, 8). Pues empecemos por nuestra casa, porque cada pieza llama a una oración muy concreta.

El recibidor. Recibir al prójimo como si fuera el mismo Cristo.

La entrada de la casa es tanto un lugar de tránsito como un punto central del hogar. Por aquí entramos y salimos. Aquí nos desprendemos de ciertas prendas, nos calzamos o descalzamos. Aquí es también donde colocamos las llaves y el correo, donde recibimos a los invitados o a las personas de paso.

Esta oración de Madre Teresa, colgada en la pared del hogar para niños de Shishu Bhavan, en Calcuta, puede ayudarte a acoger mejor a las personas que lleguen y a las que te cruces una vez salgas de casa:

Las personas son a menudo irrazonables, ilógicas y egocéntricas. De todos modos, perdónalas.

Si eres bondadoso, las personas pueden acusarte de tener motivos egoístas ulteriores. De todos modos, sé bondadoso.

Si eres exitoso, ganarás algunos falsos amigos y otros verdaderos enemigos. De todos modos, sé exitoso.

Si eres honesto y franco, las personas te van a engañar. De todos modos, sé honesto y franco.

Lo que demoraste años en construir, puede alguien destrozarlo en una noche. De todos modos, construye.

Si has encontrado serenidad y felicidad, vas a despertar celos y envidias. De todos modos, sé feliz. 

El bien que haces hoy, lo olvidarán a menudo las personas mañana. De todos modos, haz el bien.

Dale al mundo lo mejor de ti, aunque puede que no sea suficiente. De todos modos dale al mundo lo mejor de ti.

La cocina. Dios anda entre los pucheros

KITCHEN

Cocinar para los demás tiene una dimensión espiritual, porque la alimentación es un don de Dios. Es también un momento que pasamos con Dios. Cuando cortamos los tomates o cuando moldeamos una masa, Dios está ahí.

Él nos da la fuerza para cocinar lo mejor que podamos. Él está presente en cada instante, hasta el momento en que vemos la alegría de nuestros seres queridos cuando prueban el plato preparado. Porque si Dios está con nosotros hasta en los detalles más pequeños de nuestra vida, sin duda también está en la cocina, uno de los lugares más elementales.

Y es que ya lo decía santa Teresa de Ávila:

No haya desconsuelo cuando la obediencia os trajere empleadas en cosas exteriores; entended que si es en la cocina, entre los pucheros anda el Señor ayudándoos en lo interior y exterior.

El comedor. Dar las gracias por los dones de la Creación

Lugar de convivencia, de encuentros familiares en torno a la mesa, lugar para compartir alimentos, el comedor es el entorno por excelencia en el que podemos dar gracias a Dios por los dones de la Creación.

La bendición y las gracias son oraciones cortas cuyo objetivo es precisamente colocar la comida bajo la mirada de Dios, darle gracias por los bienes terrenales con que nos colma y confiarle las personas que carecen de pan.

La idea es “detenerse a dar gracias a Dios”, subraya el papa Francisco en Laudato Si. “Ese momento de la bendición, aunque sea muy breve, nos recuerda nuestra dependencia de Dios para la vida, fortalece nuestro sentido de gratitud por los dones de la creación, reconoce a aquellos que con su trabajo proporcionan estos bienes y refuerza la solidaridad con los más necesitados”, precisa el Santo Padre.

El salón. Celebrar la alegría de vivir

En el tiempo de confinamiento, quizás hayas tomado o estés tomando conciencia de que hay algunos beneficios en esta circunstancia tanto impuesta como dada. Bajar el ritmo, tomar perspectiva, cultivar las relaciones con los allegados, estar más conectado con uno mismo… Y también, hacer de nuestra casa un hogar para el alma…

Como el salón, ese lugar que reúne a toda la familia lejos del estrés y del caos exterior y donde se celebran la alegría de vivir y el amor, con sencillez, regresando a lo esencial.

Así lo ilustra esta oración compuesta con motivo del Encuentro mundial de las familias en 2018:

Dios, Padre nuestro: somos hermanos y hermanas en Jesús, tu Hijo, una familia, en el Espíritu de tu amor. Bendícenos con la alegría del amor. Haznos pacientes y bondadosos, amables y generosos, acogedores de aquellos que tienen necesidad. Ayúdanos a vivir tu perdón y tu paz.

Protege a todas las familias con tu cuidado amoroso, especialmente a aquellos por los que ahora te pedimos: (Pensemos especialmente en todas las queridas familias). Incrementa nuestra fe, fortalece nuestra esperanza, protégenos con tu amor, haz que seamos siempre agradecidos por el regalo de la vida que compartimos.

Te lo pedimos, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

El cuarto de baño. Purificar el cuerpo… y el alma

La bañera o la ducha es donde nos lavamos. Al menos, donde nos lavamos el cuerpo. Pero ¿por qué no aprovechar también para purificar el alma?

La oración de santa Faustina es especialmente apropiada, en la medida en que menciona una a una cada parte del cuerpo, pidiendo a Dios que la transforme para volverla misericordiosa hacia los demás. Una oración para rezar… mientras nos aseamos.

Deseo transformarme toda en Tu misericordia y ser un vivo reflejo de Ti, oh Señor. Que este más grande atributo de Dios, es decir, su insondable misericordia, pase a través de mi corazón al prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mis ojos sean misericordiosos, para que yo jamás recele o juzgue según las apariencias, sino que busque lo bello en el alma de mi prójimo y acuda a ayudarla.

Ayúdame a que mis oídos sean misericordiosos para que tome en cuenta las necesidades de mi prójimo y no sea indiferente a sus penas y gemidos.

Ayúdame, oh Señor, a que mi lengua sea misericordiosa para que jamás hable negativamente de mis prójimos sino que tenga una palabra de consuelo y perdón para todos.

Ayúdame, oh Señor, a que mis manos sean misericordiosas y llenas de buenas obras para que sepa hacer solo el bien a mi prójimo y cargue sobre mí las tareas más difíciles y más penosas.

Ayúdame a que mis pies sean misericordiosos para que siempre me apresure a socorrer a mi prójimo, dominando mi propia fatiga y mi cansancio. Mi reposo verdadero está en el servicio a mi prójimo.

Ayúdame, oh Señor, a que mi corazón sea misericordioso para que yo sienta todos los sufrimientos de mi prójimo. A nadie le rehusaré mi corazón. Seré sincera incluso con aquellos de los cuales sé que abusarán de mi bondad. Y yo misma me encerraré en el misericordiosísimo Corazón de Jesús. Soportaré mis propios sufrimientos en silencio. Que tu misericordia, oh Señor mío, repose dentro de mí.

Oh Jesús mío, transfórmame en Ti, porque Tú puedes hacer todo. ¡Oh Dios mío, oculto en ese gran y Divino Sacramento! ¡Jesús, te pido estar conmigo en cada momento! Y mi corazón estará tranquilo. Así sea.

El rincón de oración. Recogerse en el silencio

Acondicionar un rincón de oración en casa es llamar a la presencia de Dios en cada momento de la jornada, en cada instante de la vida cotidiana. Ayuda a ponerse en Su presencia, a ser más conscientes de que Dios está con nosotros en cualquier sitio.

No hay nada mejor para ofrecer a Dios un lugar que invite a unos y otros al recogimiento. Como dice san Juan de la Cruz en esta oración: “Tómame, Señor, en la riqueza divina de tu silencio”.

Tómame, Señor, en la riqueza divina de tu silencio, plenitud capaz de colmar todo en mi alma. Haz callar en mí lo que no sea Tú, lo que no sea tu presencia toda pura, toda solitaria, toda apacible. Impón silencio a mis deseos, a mis caprichos, a mis sueños de evasión, a la violencia de mis pasiones.

Cubre con tu silencio la voz de mis reivindicaciones, de mis quejas. Impregna de tu silencio mi naturaleza demasiado impaciente por hablar, demasiado inclinada a la acción exterior y ruidosa. Impón incluso silencio en mi oración, para que sea impulso puro hacia ti.

¡Haz descender tu silencio a lo más profundo de mi ser y haz subir este silencio hacia ti en homenaje de amor! Amén.

El dormitorio. Dar gracias a Dios por el día vivido

El dormitorio, lugar de reposo y de calma, sobre todo cuando llega la noche, es el entorno ideal para dar gracias a Dios por el día que se acaba y confiarle las alegrías y las penas que habitan nuestro corazón.

Al igual que los dos discípulos de Emaús que se encontraron con Cristo resucitado sin reconocerlo, podemos pedir de noche al Señor: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba” (Lc 24, 29). Es una manera de invitar a Dios a permanecer con nosotros durante la noche.

Puedes recitar esta oración para recuperar la paz interior antes de acostarte.

La habitación de matrimonio. Rezar para que el amor de los esposos sea fecundo

“Dios no es celoso del amor humano que ha creado, sino que es cómplice de ese amor”, dijo el padre Henri Caffarel, fundador de los Equipos de Nuestra Señora.

Una invitación a dejar un hueco real al Señor en el seno de la pareja. A través de la oración conyugal, desde luego, pero también a través de la sexualidad, deseada por Dios para que el amor de los esposos dé fruto. A eso invita la hermosa oración de los esposos de sor Emmanuelle.

Señor, te confiamos nuestro amor para que no muera nunca. Haz que su fuente esté en ti para que cada uno de nosotros busque más amar que ser amado, dar que recibir.

Que los días de alegría no nos hundan en la indiferencia respecto a los demás.

Que los días de pena no nos hagan perder el rumbo, sino que nos sirvan para dar fundamento a nuestro amor.

Señor, tú que eres la Vida, concédenos no rechazar nunca la vida que pueda nacer de nuestro amor.

Señor, tú que eres la Verdad, concédenos no negarnos nunca la verdad, sino seguir siendo siempre transparentes el uno al otro.

Señor, tú que eres el Camino, concédenos no ser nunca un fardo para el otro, haznos, más bien, avanzar cogidos de la mano.

Señor, tú que nos diste a María, tu Madre, ella que fue siempre fiel, fuerte y tierna: que ella sea la guardiana de la familia que fundamos hoy.

Que su fidelidad, su fuerza y su ternura nos mantengan fieles, fuertes y tiernos… ¡para siempre! Amén.

La habitación de los niños. Invocar la protección de la Virgen María

La Virgen María ama especialmente a los niños. Se ha aparecido muchas veces a niños y adolescentes más que a adultos: a Bernadette Soubirous en Lourdes, a los pastorcillos de Fátima, a los niños de Pontmain, a Benoîte Rencurel en Le Laus, a Mélanie Calvat y Maximin Giraud en La Salette, a cuatro niños en Ile-Bouchard, y también en dos lugares de Bélgica, en Banneux y Beauraing.

Por lo tanto, ¿quién mejor que la Virgen María para velar por un niño noche y día?

No dudemos en confiárselos, simplemente rezando un Avemaría o, aún más rápido, recitándole una frase muy corta: “¡Madre de Misericordia, ruega por nosotros!” o “¡Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que acudimos a Ti!”, en cuanto entramos en la habitación de nuestros hijos por un motivo u otro.

El espacio de trabajo. Encontrar alegría en el trabajo

Aunque nuestro trabajo nos apasione, no siempre es fácil ser eficaces y fieles a los esfuerzos que exige… Preocupación, cansancio, desorganización familiar ligada al teletrabajo… y todo puede desequilibrarse.

Hay días que estamos motivados y días que lo estamos menos. Sean cuales sean las percepciones de cada uno, esta oración de santo Tomás de Aquino puede ayudarte a motivarte y recuperar la alegría de trabajar:

¡Creador Inefable!
Tú, que eres la verdadera fuente
de luz y de sabiduría
y el principio supremo.
Dígnate infundir sobre las tinieblas de mi inteligencia
el resplandor de tu Claridad,
apartando de mí la doble oscuridad en que he nacido:
el pecado y la ignorancia

Dame agudeza para entender,
capacidad para asimilar,
método y facilidad para aprender,
ingenio para interpretar
y gracia copiosa para hablar.

Dame acierto al empezar,
dirección al progresar
y perfección al acabar.
Por Cristo, nuestro Señor.
Amén.

La bodega. Conservar el buen humor

La bodega de vino es tal vez un lugar de la casa en el que es valioso recordar que gozar de los placeres de la vida (¡con todas las moderaciones pertinentes, claro!) y del buen humor no debe faltar entre los cristianos, pues de esto también depende “la capacidad de disfrutar de la vida, de entusiasmarse”, según el papa Francisco.

Él mismo, para no correr el riesgo de tomarse demasiado en serio a sí mismo, según confiesa, reza desde hace 40 años esta “oración del buen humor” de santo Tomás Moro, un hombre alegre y comprometido con los temas más graves:

Concédeme, Señor, una buena digestión, y también algo que digerir. Concédeme la salud del cuerpo, con el buen humor necesario para mantenerla. Dame, Señor, un alma santa que sepa aprovechar lo que es bueno y puro, para que no se asuste ante el pecado, sino que encuentre el modo de poner las cosas de nuevo en orden.

Concédeme un alma que no conozca el aburrimiento, las murmuraciones, los suspiros y los lamentos y no permitas que sufra excesivamente por ese ser tan dominante que se llama: YO. Dame, Señor, el sentido del humor. Concédeme la gracia de comprender las bromas, para que conozca en la vida un poco de alegría y pueda comunicársela a los demás.

Así sea.

El jardín. Acercarse a Dios a través de la Creación

KWIATY W OGRODZIE

Un jardín, un balcón o incluso una ventana son un portal hacia la creación. Y contemplar la Creación es una manera de acercarse a Dios, porque Él se manifiesta a través de ella. “Porque, a partir de la grandeza y hermosura de las cosas, si llega, por analogía, a contemplar a su Autor”, nos dice el libro de la Sabiduría (Sa 13, 5).

San Francisco de Asís propone también considerar la naturaleza como un “espléndido libro en el cual Dios nos habla y nos refleja algo de su hermosura y de su bondad. (…) Por eso, él pedía que en el convento siempre se dejara una parte del huerto sin cultivar, para que crecieran las hierbas silvestres, de manera que quienes las admiraran pudieran elevar su pensamiento a Dios, autor de tanta belleza”, explica el papa Francisco en su encíclica Laudato Si’ (12).

Pasear por el jardín, regar las plantas, mirar al cielo… tenemos muchas oportunidades para desear acercarnos a Dios.

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