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Nunca nuestros sanitarios rezaron tanto

VENEZUELA

FEDERICO PARRA | AFP

Macky Arenas - publicado el 05/04/21

En Venezuela, los centros de salud ya no dan para más. Y es cuando la fe se arrodilla en los pasillos

Un médico, socio de una importante clínica privada en Caracas, una de las más grandes en sus dimensiones, comentaba hace días:

“Soy parte de esta clínica, tengo aquí mi consultorio y me encuentro hospitalizado – por Covid- en una silla de ruedas en pleno pasillo. Sentado aquí recibo los medicamentos y tratamientos intravenosos. No hay una cama para mí”.

Testimonios reales, de muchos de los cuales podemos dar fe. Pero los médicos se reservan su identidad. Varios de ellos han sido detenidos y/o amenazados si cuentan la verdadera historia.

Sólo trabajan y, si caen, otro los suple en este vía crucis que no terminó el Viernes Santo.

Covid en Venezuela: tragedia silenciada

La realidad del sistema de salud en Venezuela se transparenta como nunca.

Si antes pudo ser maquillada, escondida, disimulada, hemos llegado el punto en que no hace falta silenciar a médicos y hospitalarios bajo amenaza de cárcel, el drama se desborda hacia las calles tal y como lo hace la pandemia.

Hemos andado este largo y pandémico trecho sin cifras confiables pues no son los expertos quienes manejan la crisis y difunden información veraz, como ocurre en otros países.

América Latina lleva 25 millones de contagios en un avance imparable , pero el régimen de Maduro acepta unos 12.316 casos activos y habla de un número irrisorio de fallecidos.

Según filtraciones de los distintos centros de salud y organismos gubernamentales, el elevado índice de fallecimientos tiene en jaque a morgues, funerarias y cementerios.

El diputado Freddy Valera afirmó que las cifras sobre la Covid-19 presentadas por el régimen de Nicolás Maduro «no reflejan lo que vemos diariamente y eso se traduce en tragedia».

El colapso llegó para quedarse

A grandes rasgos, la situación es la siguiente: es la red pública de salud la que está en terapia intensiva.

Por el mismo camino van las clínicas privadas, ocupadas entre el 70% y 100% de su capacidad.

El traslado de enfermos se dificulta, sobre todo en el interior del país, por falta de transporte –casi el 80% está paralizado por carencias de repuestos o combustible, según la federación que agrupa a los conductores públicos- e insumos de bioseguridad.

El pésimo servicio de agua y las constantes interrupciones del suministro de energía eléctrica mantienen a las emergencias y hospitales en precaria asepsia.

En síntesis, el colapso es el estado natural de las cosas en Venezuela.

Desinformación

Mientras tanto, el régimen se da el lujo de difundir las cifras que mejor le parece y, algo más grave, de permanecer oídos sordos a las súplicas de la población por vacunas. No ha faltado quien ha calificado esto de crimen de lesa humanidad.

El manejo de la pandemia ha sido completamente ideologizado y secuestrado por voceros políticos sin la menor experiencia en estas lides.

El sólo hecho de que algún sector opositor anuncie gestiones dirigidas hacia la importación de vacunas, basta para que los voceros oficialistas lo nieguen, dispuestos a impedir su entrada la país.

El cardenal Baltazar Porras se ha visto en la necesidad de denunciar la existencia de un mercado negro de vacunas.

Lucrarse con las vacunas

“Hay gente que se ha vacunado pagando un tanto, en un sitio privado o no sé de qué forma. Esto requiere una revisión global”, indicó el prelado.

Y agregó: “Los que tienen que estar en el centro de vacunación son los más débiles y vulnerables como médicos y enfermeros, pero no hay claridad en esto y tampoco una información suficiente para que la gente tenga confianza en vacunarse”.

El gobierno ni se inmuta. Su actitud podría, muy bien, encubrir una tolerancia bochornosa hacia quienes estarían desarrollando el negocio lo cual, en este país, siempre comienza y termina en manos de allegados a quienes gobiernan.

La comida, las divisas, las medicinas son algunos de esos lucrativos rubros. Nada extraño sería que tocara el turno a las vacunas.

La necesidad de la gente no es sino una ventana de ganancia, beneficio y provecho para los inescrupulosos.

Insensibilidad

Y es entonces cuando la población siente una sana envidia porque, si hay un derecho elemental consagrado en la Constitución, en cualquier constitución, es el derecho a la Salud.

Vemos cómo todos los gobiernos del mundo se desviven por asistir a sus ciudadanos en medio de esta desgracia, mientras el que tenemos en Venezuela hace gala de una insensibilidad que clama al Cielo.

Llega al extremos de burla cuando propone consumir un aguita fraudulenta a la que irreverentemente bautizaron “las gotas milagrosas de José Gregorio”, nuestro venerado médico próximo beato.

Hace pocas horas, el diputado de la legítima Asamblea Nacional, Marco Aurelio Quiñones, cuestionó el que Nicolás Maduro anunciara que se aplicará en el país una inmunización masiva con la vacuna cubana Abdala.

El manejo que Cuba ha hecho de la pandemia es de tal ineficiencia que, a este punto, ni ellos mismos lo niegan.

Venezuela “necesita vacunas efectivas, no inventos socialistas”, dijo, al tiempo que subrayó la necesidad de un gobierno “que vele por la salud y el bienestar de su pueblo, no por su propio interés”.

Un caso trágico

Acaba de ocurrir en la zona de Guayana. Un trabajador de la siderúrgica estatal, quien había participado en numerosas protestas laborales por reivindicaciones y reactivación industrial, sufrió la cruel indiferencia de las autoridades.

Al caer enfermo de Covid, la empresa no activó su seguro y, después de dos semanas de inútil espera, el trabajador falleció.

Se llamaba José Jiménez y dijo poco antes: “Tengo el derecho divino a vivir, no quiero morir, he trabajado en CVG Sidor por 36 años, toda una vida al servicio de una industria que hoy por hoy ha abandonado a sus trabajadores asalariados, obreros calificados y empleados. Pido auxilio, por favor, quiero vivir, es mi derecho humano”, suplicó el trabajador en redes sociales hace una semana.

“Esa fue la respuesta del gobierno, que nos dejan morir en nuestras casas, en los hospitales, nos dejan morir en las puertas de las clínicas por no habilitarnos nuestros HCM (*)”, lamentó César Soto, delegado de Sidor –Siderúrgica del Orinoco- ante la muerte de su compañero a través del diario regional Correo del Caroní.

Y se preguntan: ¿Hasta cuándo los trabajadores vamos a pagar con nuestra vida el empeño de mantener una ideología política pasando por encima de la vida, de la necesidad de la gente?”.

“¡Suelten el agua!”

Hace unas semanas, desde los pueblos humildes del occidente del país, resonaba otra súplica: “¡Por favor, suelten el agua, aunque sea sucia!”, gritaba la gente.

El agua nunca llega a numerosos sitios del país; en todas partes falta intermitentemente, siendo vital para protegerse contra el virus.

Su carencia aumenta exponencialmente los contagios. Pero tampoco esas quejas tienen eco.

Una médico que trabaja sin descanso en un hospital en una ciudad cercana a la capital, confesó a Aleteia:

“Ya no damos para más. Trabajamos sin las más mínimas prevenciones. Y lo que es peor, sin esperanzas de que el gobierno se mueva para proveer los insumos que tanta falta nos hacen para atender a nuestros pacientes. Es muchísima la gente que llega con síntomas de Covid. Hacemos lo que podemos pero, imagínate, a veces sin agua y sin luz. Somos médicos, no hacemos milagros”.

No existen para la narrativa oficial

Una cirujana hospitalaria, a la que también consultamos para este reportaje, confesaba:

“No puedo dar cifras pero los colegas sabemos lo que está ocurriendo y a través de nuestros chats vamos registrando las muertes de tantos de nosotros, cuyas familias no pueden ni siquiera despedirlos. Se van con las botas puestas, cumpliendo con su deber. Eso nos conmueve pero no es posible que ni siquiera existan para el discurso oficial. Es muy fuerte saber de tantos que caen en este combate, pudiendo haberse salvado si los recursos llegaran al país y a nuestros hospitales”.

Una reconocida hematóloga se lamentaba:

“Es cuesta arriba hasta comentar estas cosas. Hubo un tiempo en que disponíamos de ciertos insumos que las propias clínicas privadas logramos traer al país. El gobierno se enteró y les confiscó, no sin antes amenazarnos con represalias si lo contábamos”.

Nunca hemos rezado tanto

“No podemos abandonar a nuestros enfermos –decía otra que no atiende en emergencias pero acude a diario a sus labores para apoyar al personal sanitario-. Mi familia está aterrada de que yo esté aquí, pero debo continuar. Sin embargo, te confieso que a veces se me agua el guarapo (*) porque trabajas sin respaldo, sin recursos.

Sólo queda la esperanza y la oración que va siendo el último recurso a mano, el que permanece cuando te falla todo lo demás…”.

Una enfermera de Los Teques, ciudad donde se encuentra el conocido Hospital Victorino Santaella (cercano a Caracas) donde el personal de salud se postró de rodillas en el área de emergencia para una cadena de oración, nos confesó:

“Cómo no vamos a rezar? Nunca hemos rezado tanto! Lo hacemos solos o acompañados pero siempre rezamos. No sólo nos da un poco de paz en medio de esta locura, sino que la oración es la vacuna, es la gaza, es la jeringa, es el medicamento que no llega, el algodón que no alcanza… es el insumo indispensable, que está allí siempre, que no te pueden quitar”.

Y un nudo se nos hizo en la garganta, escuchándola y calibrando todo el significado profundo y complejo de su respuesta.

Estamos en la peor etapa del Covid, los hospitales saturados y el personal sanitario exhausto.

Sólo rogamos a José Gregorio y a nuestra patrona, la Virgen de Coromoto, que les multiplique las fuerzas y que algún sentimiento noble, como una bala perdida, impacte en los corazones gobernantes a ver si, por fin, se apiadan del pueblo sufriente.

(*) Seguro de Hospitalización, Cirugía y Maternidad

(*) “Aguar el guarapo” es una forma de decir que te quiebras, te emocionas, se te pone chiquito el corazón >

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