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¡En esta Pascua, que seas Tú mi Dios!

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eldar nurkovic | Shutterstock

Lorena Moscoso - publicado el 01/04/21

Quiero invitarte a vivir el evento mas importante de la cristiandad tomando conciencia de que pertenecemos al pueblo que Dios escogió, entre todas las naciones del mundo, para dar a su Hijo y hacerlo a través de Él, un pueblo santo

Ya en el Antiguo Testamento, Dios exige a Israel celebrar con toda solemnidad y cada año la la Pascua. Era la fiesta que celebra el paso de Israel de la esclavitud a la libertad.

El pueblo de Dios, Israel, fue llevado hasta las orillas del mar Muerto. Allí vieron ellos que no podían escapar de la persecución de los egipcios.

Allí, en medio de la desesperación, dudando de Moisés, el profeta elegido, se hacen testigos del poder de Dios.

Este, dando orden a Moisés de golpear la roca con su vara, hace que las aguas del mar retrocedan abriendo camino en tierra seca, para que los suyos alcancen la tierra prometida.

Dios les recordaba una y otra vez a los israelitas que Él era su Dios y ellos Su pueblo. Los guiaba -dicen las Escrituras-, de día con una columna de nubes y de noche con una columna de fuego.

En el camino, Dios hacía grandes maravillas para alimentar y proveer a su pueblo. Dios iba por delante, por detrás y estaba presente en medio de ellos.

Israel sería la nación de donde saldría el salvador del mundo. Pero para recibir al Mesías, pasarían siglos de preparación, de caídas y de conquistas para ver finalmente encarnado en Cristo al Dios de Israel.

El Cristo que se esconde en el tabernáculo

Este pueblo guiado por Dios y liberado de la esclavitud, de las costumbres ajenas del pecado, separado de todas las naciones, somos nosotros.

Esos que nos reconocemos como seguidores de Cristo. Esos que hemos sabido ver en este hombre que hace 2000 años venía al mundo y que moriría crucificado, al Hijo de Dios, el Mesías.

Ya no estamos más llamados a vivir bajo el acompañamiento de aquella columna de nube y de fuego.

Ahora podemos vivir en la presencia de un Dios hecho carne y crucificado, encarnado y entregado a la humanidad para que lo tengamos como luz de esperanza, camino de santidad y verdad primera.

Este Cristo que se esconde en el tabernáculo, que es elevado por las manos de nuestros sacerdotes y que recibimos en la Eucaristía, es el mismo Cristo nacido en Belén, hijo de María y de José.

El mismo que fue anunciado como el Salvador, el Dios entre los hombres. El que fue entregado a los judíos, azotado y crucificado en el Gólgota, es el mismo que recibo en la lengua y que alimenta mi cuerpo y mi espíritu con su presencia real para transformarme en un hijo suyo y ciudadano de su tierra prometida…

No olvidemos que pertenecemos a este pueblo liberado y llamado a ser santo.

No olvidemos que el Dios de Israel es Nuestro Dios. Tampoco olvidemos que Su Hijo, el Dios hecho carne, pensó en mí cuando dijo “salvar”.

No dejemos de ponernos de rodillas delante del Cristo cuando lo veamos crucificado y herido.

Y finalmente no olvidemos que es Él quien nos llama a “recordar” sus maravillas, sus portentos y sus manifestaciones.

Que esta Semana Santa, seamos verdaderamente, Su pueblo.

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