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¿Te irritan o frustran las limitaciones? Descubre su sentido

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 19/02/21

No puedo vivir tapando los límites o molesto por tocarlos cada día, no puedo vivir negando su existencia, como si yo fuera capaz de todo

Me quieren convencer de algo que no es real. Quieren que crea que no hay límites en esta vida. Que si algo lo deseo con mucha fuerza lo puedo conseguir. Que si creo que algo puede ser posible, lo acabará siendo.

Pero no es verdad.

Hoy cuesta asumir la propia culpa, aceptar los errores, reconocer la responsabilidad. Normalmente les pido a los demás que den la cara y pidan perdón por sus errores. Pero yo acallo mis errores, oculto mi culpa, tapo mis límites.

Se me olvida quién soy. Sólo soy un hombre frágil. No lo puedo negar, los límites forman parte de mi existencia. Es imposible hacerlo todo bien. No todo es posible. Hay límites que me ponen en perspectiva y me muestran que no soy Dios.

El ser humano es limitado

Mi tarea a lo largo de mi vida consiste en ensanchar mis límites. En potenciar mis capacidades. En hacer que mis habilidades den más fruto. No me guardo el talento escondido y lo invierto en tierra fértil.

Los límites me recuerdan siempre que soy humano, frágil y débil. Mi herida en el alma aflora en esos momentos en los que me creo superior a otros, mejor que muchos. Entonces destaca mi impureza y me siento leproso, enfermo, roto por dentro.

Estas palabras de la Biblia tienen que ver con mi vida, con mi alma.

«El enfermo de lepra andará con la ropa rasgada y la cabellera desgreñada, con la barba tapada y gritando: – ¡Impuro, impuro! Mientras le dure la afección, seguirá siendo impuro. Es impuro y vivirá solo y tendrá su morada fuera del campamento».


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Reconocer, aceptar

Me siento impuro, incapaz de mirar la vida con pureza y de aceptar mis límites y dolencias. No logro reconocer mi culpa, ni mi pecado.

Busco enemigos fuera de mí, o culpables. Guardo mi impureza bajo la piel para protegerme de juicios y condenas. No quiero que vean que no soy tan perfecto como quiero mostrar.

Hasta san Pablo tenía ese aguijón clavado en la piel que le recordaba que solo no podía hacer nada, que necesitaba a Dios cada día para poder caminar. Y en medio de sus límites se atrevía a decirles a los suyos:

«Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo».

Soy imitador de Cristo y qué lejos me siento de vivir y amar como Él. Siendo lo que más deseo, huyo cuando no lo consigo. Y me siento impuro, o veo mi impureza en el corazón. Me siento débil y culpable y necesito palpar su misericordia cada día.

Me recuerda José Antonio Pagola cómo lo vivían sus discípulos:

«El amor íntimo que ellos celebran y disfrutan, los gestos de cariño y ternura que se intercambian, la entrega y fidelidad que viven día a día, el perdón y la comprensión que sostienen su existencia. A pesar de sus errores y sus limitaciones, en el interior de su amor han de saborear ellos la gracia de Dios, su cercanía y su perdón«.

Me gusta esa mirada desde la indigencia, desde el pecado y la culpa. La misericordia de Jesús es ternura que sana, es una mirada que dignifica.

Yo grito: «¡Impuro, impuro!». Y Jesús me grita que soy puro, que no tenga miedo, que no dude. Que no me guarde por no aceptarme en mi debilidad. Que no piense que es imposible que Él pueda verme puro. Él lo puede todo y eso me calma. Su amor me purifica.




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El límite como camino a Dios

Hay personas en mi camino que me ven como Jesús me ve. Hay vidas que completan la mía, mi corazón. Me gusta pensar en esas vidas que me completan.

Mi vida también puede completar otras. Y la impureza que yo descubro tiene que ver con mi fragilidad y mi pecado reconocido y asumido.

Es la experiencia del límite que me hace más consciente de cuánto necesito a Dios en mi camino. Sin Él a mi lado mi vida es pobre. Me lo recuerda Dios:

«Dichoso el que está absuelto de su culpa, a quien le han sepultado su pecado. Confesaré al Señor mi culpa. Alegraos, justos, y gozad con el Señor; aclamadlo, los de corazón sincero».

Seré dichoso porque el perdón de Dios habrá sepultado toda mi culpa. Eso me alegra siempre. La mirada de Dios saca lo mejor que hay en mí, el don escondido, la belleza oculta.

Me mira y su mirada queda grabada en lo más hondo de mi ser. Como un lazo que nadie puede romper. Esa forma de mirarme me levanta desde donde estoy caído.

Tiempo de límites… y de oportunidad

Tengo claro que no puedo vivir tapando los límites o molesto por tocarlos cada día. No puedo vivir negando su existencia, como si yo fuera capaz de todo.

Quiero alegrarme por todo lo que se me regala como un don. No quiero verlo como un pago que se me debe. Dios es capaz de obrar milagros de gracia en mí. Él cubre mi pecado con sus manos.

Siento su abrazo cuando toco las aristas de mi pecado, de mi culpa, de mi impureza. En los momentos de dolor siento de nuevo ese aguijón en la piel que me recuerda que mi vida está en las manos de Dios.

Los límites de la pandemia que ahora sufro sólo me hacen más consciente de mi vulnerabilidad, soy creatura, no lo puedo todo. No me salvo solo y no puedo hacer siempre todo lo que quiero.

Hay límites en mi cuerpo y límites en el mundo que no puedo saltar. No puedo llegar siempre tan lejos como quisiera. Hay una barrera humana que cargo en el alma y me hace sentir débil y necesitado.

Los límites son más conscientes en este tiempo que vivo. No importa, es una oportunidad que me da Dios para entregarle a Él cada día mi impotencia, mi pobreza, mi mediocridad. Y Él, con su amor me levanta para seguir amando.

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