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¿Qué hacer ante una persona impura?

Vera Larina | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 14/02/21

La misericordia de Jesús debería ser siempre mi criterio de acción

Jesús hoy se compadece y toca al leproso que está a su lado. Ambos, Él y el leproso se saltan todas las normas y prohibiciones. El impuro se acerca y Jesús lo toca:

«Compadecido, extendió la mano y lo tocó diciendo: – Quiero: queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio».

Jesús se compadece del impuro. No se aleja temeroso, no pone una barrera, no lo condena. No ve en él el pecado que ven los fariseos en los leprosos. Él es Maestro, pero no percibe ninguna maldad en el leproso.

Public Domain

Lo mismo hace conmigo y me cura. Me toca, me sana, se compadece de mí, no me condena.  Su mano me sana.

Ver la pureza

Yo suelo fiarme de las condenas. Ante alguien, cuyo pecado público conozco, siento rechazo, me alejo, no me fío. No veo su belleza. Me quedo sólo con el juicio de otros sobre él, me quedo con la condena. No lo veo puro, sino impuro. Y tengo miedo de que me contagie.

Jesús no es como yo. Él ve la pureza bajo la aparente impureza que vive el leproso y se compadece. La compasión es esa fuerza que me mueve a acercarme.

COMPASSION
Shutterstock

Jesús es compasivo por naturaleza. No se escandaliza, no condena en alto, no mata la vida. Se compadece del que sufre y se acerca.

Esa compasión es la misma que tuvo con la suegra de Pedro. Se compadeció de esa enfermedad que no era para la muerte.

A mí me cuesta la compasión. Caigo en el juicio rápido, duro, superficial y desde lejos. Ese juicio que me impide compadecerme de la debilidad de los hombres. La falta de compasión me mantiene lejos del que sufre. Yo no lo quiero.

La enfermedad de sentirse poco valioso

Jesús no se queda a distancia del enfermo, del impuro, del pecador. Rompe la distancia que le separa de ellos. Acercarse al enfermo, al pecador, siempre es un riesgo. Jesús se acerca y lo toca. Se salta las normas de la prudencia.

Y su mano y su voz limpian por dentro y por fuera al leproso. Es peor la enfermedad del alma que la de la piel. La del alma es la que cuesta tanto curar. Es esa enfermedad que limita el corazón humano y me hace sentirme indigno y poco valioso.

CIERPIENIE
Antonio Guillem | Shutterstock

Esa indignidad que siento muy dentro me aleja de Dios porque no considero que valga ante sus ojos. Me siento pecador por dentro y me alejo de Dios que es puro. Decía José Antonio Pagola:

«Un Dios que amaba al pueblo elegido y rechazaba al pagano. Separaba a los impuros. Generó una sociedad excluyente. Jesús rompió ese principio. Sed misericordiosos como vuestro padre es misericordioso. Único camino para un mundo más justo y fraterno».

Jesús rompe el principio y se acerca al impuro, al pecador, al marcado con el estigma de la lepra en su piel. Su misericordia debería ser siempre mi criterio de acción. Quiero compadecerme siempre y ser misericordioso en mi mirada y mis gestos.

Jesús rompe las barreras que lo separan del que peca. Rompe el muro que aleja al puro del impuro. Yo también quiero acercarme al impuro sin condenarlo.

MAN, EMPTY, HANDS
sdecoret | Shutterstock

El otro día una persona le agradecía a su padre:

«Gracias por enseñarme a mirar mis heridas con ternura, con misericordia, sin juzgarme nunca».

Ojalá pudiera siempre agradecerlo. Quiero agradecer hoy por esas personas que me muestran el lado misericordioso de la vida y reflejan con sus gestos esa mano de Jesús que sana.

Sentirse amado desde la miseria

¿Quién puede decidir quién es impuro y quién puro? ¿Quién soy yo para condenar las debilidades de los demás, sus heridas y caídas?

Yo no soy nadie para juzgar y determinar lo que está bien y lo que está mal. No soy Dios. Y a menudo vivo emitiendo juicios, condenando o salvando.

CRITICS
Shutterstock | Giulio_Fornasar

No quiero ser así. Quiero tener más humildad. Quiero vivir con más paz. Ser más humilde y menos juez. Quiero acoger y perdonar al que sufre, antes que condenarlo.

Por eso es por lo que miro hoy a Jesús para aprender de Él. Y veo su mano que limpia al impuro y lo hace sentirse profundamente amado desde su miseria.

Así era Jesús con todos, especialmente con el que había pecado públicamente y con los leprosos, declarados impuros por el pueblo judío. Se acerca y los toca. Y salva al impuro, al leproso y lo cura de su enfermedad para siempre.

Motortion Films | Shutterstock

Así quiero ser yo y ser capaz de sanar, de dar esperanza, de abrir puertas en lugar de cerrarlas. De tender puentes en lugar de construir muros.

Quiero ser humilde en lugar de caer en la vanidad y el orgullo. Sólo Dios salva. Sólo Él es quien juzga, no yo. Lo miro a Él y quiero que también a mí me cure y así yo poder curar a otros. Con su mano en su mano, con su voz en mi voz, con su compasión en mi alma.




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Tags:
misericordia
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