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¿No tengo derecho a ser feliz?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/02/21

Las heridas o dolores son grietas en el alma por las que puede acabar entrando la luz de la esperanza...

Creo que pierdo mucho tiempo tratando de hacerlo todo bien. O malgasto mi vida queriendo que todo encaje y esté en orden. ¿Es eso posible? El desorden forma parte de la vida. El orden perfecto será en el cielo, eso espero.

Mientras tanto sufro cuando no soy feliz. Y recuerdo una frase que escuché hace poco:

«¿Quién te ha dicho que tienes derecho a ser feliz?».

No tengo derecho a ser feliz. Y en la vida habrá muchos momentos de infelicidad. Como leía el otro día:

«A cada uno le tocaba su ración de desgracia y de felicidad sin haber tenido nunca intención de participar en la rifa«.

Habrá sueños truncados, heridas causadas por el desamor, la pérdida y el desencuentro, los malentendidos y los fracasos en las empresas que inicié lleno de alegría.

La felicidad no es un estado aquí en este camino de barro. Son más bien momentos que llegan y se escapan y me dejan a veces satisfecho y otras veces anhelando un cielo aún lejano.


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Deseo…

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Deseo que todas las piezas de mi vida encajen. Que todos aquellos a los que amo sean felices. Y todas las empresas que emprendo lleven a buen fin.

Que reciba el eco necesario para levantar mi ánimo y mi autoestima. Sepa acoger con alegría los contratiempos del camino. Y aprenda a vivir la vida que me toca sin desear una diferente.

Y que alguien me recuerde en cada momento cuánto valgo para que no me olvide al escuchar desaires. Que sea feliz con lo poco que tengo sin necesitar nada extra. Y aprenda a valorar los regalos del día, que no son derechos, sino dones inmerecidos.

Que mire mi vida como un regalo magnífico sin pretender compararla con otras vidas. Sepa levantarme después de la caída y olvidar el momento de tristeza ya pasado y no quedarme apegado a los fracasos.

Mirando adelante

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Sergey Nivens | Shutterstock

Lo que ya fue lo dejo ir. Lo que pasó, lo dejo atrás. No me quedo llorando por la leche derramada, por la oportunidad perdida. Pienso en positivo, miro hacia delante.

Aprendo a valorar los pequeños pasos que doy. No escatimo el esfuerzo, no dejo de luchar, porque la vida es corta y sólo es una. Siempre puedo elegir cómo vivir todo lo que me sucede.

La actitud es lo importante. La manera cómo interpreto la realidad y la acepto con un corazón alegre y lleno de entusiasmo y fuerza.

La insatisfacción no cuenta tanto. Es constatar que mi corazón está hecho para el cielo y nada de la tierra logra llenarlo por completo. Y las heridas o dolores son grietas en el alma por las que puede acabar entrando la luz de la esperanza.

El desánimo es una enfermedad que se me pega a la piel y me quita las fuerzas para seguir luchando. No me gusta sentirme desanimado porque eso me hace menos capaz de amar y dar la vida.

Y no dejo a un lado mis sueños, es imposible, son fundamentales para seguir amando. Ni desfallezco. No me echo atrás por miedo. La audacia es el mejor antídoto para la desesperación.

Siempre puede haber una nueva oportunidad. Lo que ahora no funciona no tiene por qué ser siempre así. Podrá haber momentos mejores y en todos no voy a estar solo, Dios no se baja de mi vida. Me sostiene y da un nuevo empuje en cada ocasión.

Felicidad: no un derecho, sino una oportunidad

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No tengo derecho a ser feliz, nadie me lo ha prometido. Pero sí tengo en mi mano la oportunidad para serlo. Y no va a depender de que se alineen todos los astros en mi favor. Llevo dentro la llave para abrir la puerta de la esperanza. Decía Albert Espinosa:

«Si sólo te fijas en los problemas, te perderás la belleza del mundo que te rodea. Esa era la base de la felicidad».

Importa la fe del que ve más allá de lo que ahora duele. Una derrota nunca es el final. Y después de la muerte hay una vida que colmará todos mis miedos presentes.

Pero ahora, en medio de mi camino, elijo ser feliz, vivir con paz, convencido de que Dios me necesita y le hago falta. Mi vida es útil, no es indiferente.

Lo que yo no entregue nadie podrá darlo. Porque es mi forma de hacer las cosas, el color de mis actos, la melodía de mi vida la que faltará si yo no me entrego.

No desisto en mi lucha por vivir con una sonrisa. A la pregunta que algunos me hacen me quedo pensando:

«¿Eres feliz?».

Sí, soy feliz

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Y sí, tengo mis momentos. En los que pienso que este es el mejor lugar, son las mejores personas con las que me toca caminar, o es lo mejor que puedo estar haciendo. Y acierto, porque es así.

Y habrá momentos de desánimo, de vacío o de tristeza. No son los más importantes, sin duda. Pero aparecen y los aparto de un manotazo para que no me molesten. Para que no me aten al pasado herido o me hagan sentir que no vale la pena la lucha. Porque no es cierto.

No tengo derecho a ser feliz, pero sí tengo la oportunidad de serlo. Esa oportunidad se presenta en mi ventana cada mañana con un sol radiante desde montes inmensos que me contemplan.

Y yo vuelvo a mi rutina con el corazón radiante. Soy feliz haciendo lo que Él me pide. Y acabando cada día cansado en su regazo. Y soñando con los cielos que se dibujan en mi alma.

Sé que puedo sonreír para hacer reír al resto. Merece la pena vivir con un sentido. Lo que yo no haga, diga o sienta, nadie más podrá hacerlo en mi lugar. Es mi manera, mi sueño, mi vida la que es semilla de esperanza en esta tierra.

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