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Jesús salva tocando

Motortion Films | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/02/21

Dios hecho hombre toma la mano del que sufre, levanta al enfermo y lo cura. Se acerca, toca, levanta

Me adentro hoy en la vida cotidiana de Jesús. Podría hacer tantas películas relatando esos momentos aparentemente poco importantes que casi pasan desapercibidos.

Momentos olvidados por los evangelistas. Momentos de cielo en la tierra, que lo cambian todo, aunque parezcan no cambiar nada. Hoy Marcos sí que recoge uno de esos días intrascendentes en apariencia:

«En aquel tiempo, al salir Jesús y sus discípulos de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirles».

Jesús y sus discípulos más cercanos salen de la Sinagoga donde ha estado predicando. Quieren descansar y entran en la casa de Simón. Su suegra, ya mayor, está enferma con fiebre. Jesús se acerca a ella y simplemente la cura. Entonces ella, ya en pie, tiene fuerzas suficientes para ponerse a servir con alegría.

Parece algo intrascendente en la vida de Jesús y sus discípulos. Una anécdota sin importancia. ¿Por qué entonces la recoge hoy Marcos? Me dirán que a este evangelista le gustaba contar los detalles. Y está bien, porque es así.

Contaba Marcos lo que oía de los labios de Pedro. Y a él ese hecho le marcó en lo profundo de su corazón. Curó a su suegra de una enfermedad no tan grave. Era algo cotidiano. Y luego la vida siguió.

Jesús vivió así tantos días intrascendentes llenos de vida. Llenos de momentos como el que hoy medito. Llenos de encuentros, de descanso, de curaciones que no son grandes milagros que merezcan ser narrados. ¡Cuántas cosas pequeñas quedaron sin ser contadas!

Involucrarse

Jesús se acerca al que sufre. Es lo que hace siempre en la vida. Se acerca a mí. No me cura desde lejos. Lo habitual es acercarse al que está sufriendo. Al que tiene una enfermedad o está perdido en medio de la vida.

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Di Lighthunter|Shutterstock

Él no suele curar desde la distancia, eso me conmueve siempre. Así quiero hacerlo yo. No me quiero quedar lejos del que sufre. No quiero pasar de lejos y gritar una bendición, como para no mancharme.

Ahora las distancias cortas están prohibidas por miedo al contagio, para salvar la salud de los más vulnerables. No quiero acostumbrarme a curar desde lejos, a distancia, por medio de las redes sociales, de internet. Curaciones de oficina, a través de pantalla.

Esto es una parte de mi vida, pero luego volverá a ser todo distinto. Por eso me viene bien recordar cómo cura Jesús. Tomando la mano del enfermo. Levantando al que está caído o sufriendo. Así hace conmigo y así quiere que haga yo.

Jesús se involucra con el que sufre, con el que necesita ayuda. No permanece al margen esperando a que todo se solucione sin hacer nada.

Jesús toca

No basta una palabra. Toma la mano, levanta al enfermo y lo cura. Se acerca, toca, levanta. Son verbos de acción. Jesús se pone en camino para rescatar al caído, para salvar al que está sufriendo.

José Antonio Pagola describe así a Jesús: «Sufre con los pobres. Cercano a los últimos. Se acerca con respeto, amistad y simpatía al pecador».

Así es Jesús con el que más necesita. Es cercano, no pone barreras ni distancias. No se aleja del enfermo ni del débil. Se pone a su altura.

Es tan humano y cercano… Todo le conmueve en lo más íntimo. Así me gustaría ser a mí. Estar pendiente del que sufre. Cercano al que está enfermo. Preocupado por el que lo está pasando peor.

Me gusta esa mirada de cerca de Jesús. Mira el corazón enfermo en la cercanía de la intimidad. No quiero vivir yo ajeno al dolor de los demás. No quiero actuar desde lejos. Por eso me acerco al que sufre. No pongo barreras.


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Para levantar hay que acercarse

Conozco a muchas personas que ponen barreras cuando alguien se acerca demasiado a ellos. Tratan de poner una distancia cuando ven que las distancias se acortan.

Tienen miedo de implicarse demasiado en el corazón del otro. No quieren que alguien se meta en su intimidad y así sentirse violentados en su pudor.

Guardan distancias en los vínculos para no comprometerse, para no sufrir demasiado. Se guardan construyendo muros. No se dejan tocar y no tocan.

No se dejan violentar y se justifican no queriendo violentar a nadie. Es un miedo al compromiso. No quieren sufrir con el que sufre y acompañar al que los necesita.

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By Prostock-studio/Shutterstock

Cercanía y respeto

Hoy me detengo a mirar a Jesús. Quiero ser como Él. Quiero acercarme y tocar al que sufre. Levantar al caído. Es lo que hace Él conmigo. Se acerca a mí y me salva, me levanta y me sostiene. No se queda lejos de mi vida. Entra en lo más íntimo y toca las fibras más hondas de mi corazón.

Esa forma de actuar de Jesús es la que me salva. Jesús salva tocando. Toca mi vida y todo lo que hay en ella. Toca mis dolores y mis heridas.

Es lo que hago yo con un respeto infinito. De rodillas me acerco al alma del que sufre sin poner barreras, sin guardar distancias. Sin querer violentar tampoco su intimidad.

Lo hago también a través de la pantalla. También así estoy cerca. No me protejo por miedo a involucrarme demasiado. Esa es la forma habitual de amar de Jesús. En lo humano, conmoviéndose y llorando con el que llora. Es lo que también quiero hacer yo con los demás.

No me quedo lejos, distante, protegiendo mi propio mundo. Salgo de mi seguridad y me acerco al que más sufre, al que está más solo. Me involucro y dejo que mi vida pueda así salvar la vida de otros.

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