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La esperanza más allá de las vacunas y el fin de la pandemia

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Valeria Boltneva | CC0

Carlos Padilla Esteban - publicado el 14/01/21

Nunca te canses de dar las gracias y de alabar a Dios, aquel en quien vale la pena poner la confianza

Quiero agradecer conmovido por el año pasado. Nunca debería cansarme de dar gracias. Hago mías las palabras de santa Teresa:

«Demos gracias a Dios por todo, sin dudar en lo más mínimo de que lo más conveniente para nosotros es lo que acaece según la voluntad de Dios y no según la nuestra».

Le doy gracias a Dios por lo que he vivido durante tantos meses, días y horas. Estando confinado o saliendo a la calle con mascarilla. Rezando por los enfermos o acompañando el dolor de los que han perdido seres queridos.

old woman covid
Alonafoto - Shutterstock

Compartiendo alegrías y haciendo que esos momentos vividos aumenten el gozo del alma, eso sí, guardando las distancias prudentes.

No quiero olvidarme de todo lo que he amado y de lo que me han amado, más de lo que esperaba.

Cosas buenas del año pasado

Doy gracias por sentirme en casa y tener ya nuevas raíces, en una tierra que era nueva. No quiero dejar de agradecer la confianza recibida sin merecerlo, nunca se merece. Y valoro como un tesoro los encuentros profundos.

Recuerdo con paz las reuniones por pantalla y las conversaciones al aire libre, con media cara visible. Me llevo en el alma tantas palabras guardadas. Y aún creo escuchar muy dentro las palabras gritadas al viento.

Conservo en el mismo saco el dolor y la tristeza. Y dejo que quede a un lado esa risa mía tan honda.

Agradezco las montañas de esta tierra que me habita, son como una corona que cubre, protege y guarda lo más sagrado del valle. Recorro esos cauces secos, que aun sin agua me hablan de una vida oculta que desconozco.

Agradezco la confianza de Dios en mí y de los hombres y mi propia confianza en medio de tantas guerras.

Doy gracias por las miradas de misericordia que he recibido. Y por haber palpado la esperanza en tantas manos que luchan entregando la vida cada día.

Caminar con las lecciones aprendidas

Hoy quiero soñar más fuerte, más hondo, con más libertad, recorriendo estas montañas. Quiero caminar seguro por este año que empieza.

No será fácil, me auguran y yo confío. Es tanto lo que queda por trabajar, por conquistar, por encontrar, que no me desanimo.

Sé que no soy dueño del futuro, lo aprendí con la pandemia. No tengo el control de nada y mis planes ya no sirven.

Aprendí a ser más humilde a fuerza de algunos golpes y más niño al mismo tiempo, dejando de ser adulto. Aprendí a reír por nada y a llorar también por nada. A sacar lo que hay muy dentro del pozo de mi alma.

Aprendí a guardar la vida ajena que se hace propia de golpe, con un respeto infinito. Tejí bajo mi piel redes que cubren la vida, la protegen, sosteniendo entre los dedos la fragilidad del alma.


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Con fe y agradecimiento

Y sé que nada está escrito, todo puede ser distinto, de mí depende. Sé que llevo muy dentro el don de ser feliz y de hacer feliz al resto.

Basta con aceptar las diferencias que veo en mí y en otros, por amar mis deficiencias que tanto me escandalizan y comprender de verdad al que más sufre, sin apartarlo de mi camino.

Basta con mirar alegre la vida que se me ofrece. Sin exigirle al presente lo que nunca puede darme. Despierto tras esta noche con el alma llena de vida, feliz y confiada.

Estoy dispuesto a vivir atento, a querer aún más la vida que Dios me regala y a soñar que María estará dándome abrazos en medio de las tormentas.

Los silencios están llenos de gritos de mi alabanza, dando gracias. Puedo construir un mundo más humano, más fraterno. Me pongo manos a la obra.

No estoy solo, lo sé, vamos juntos. Eso me levanta el alma. Y así, viviendo el presente, construiremos el mañana.

Sé que la vida se escapa si no la vivo con pasión cada día, cada hora. Y sé que los sueños se desvanecen si no los sigo soñando.

Mucho por compartir

Tengo mucho por delante, la vida es larga. Hay caminos por abrir, algunos ya se han abierto en medio de la montaña. Y mucho por construir, lugares santos que hagan que mi alma sea más honda.

Todo lo que ya he vivido me ha hecho más consciente de una cosa: lo que importa son los detalles de la vida.

Cuentan las horas perdidas con los míos, con los que amo, y no esas horas que les robé haciendo siempre algo importante. Valen las palabras dichas, no las guardadas por miedo a no ser escuchado.

Cuentan los abrazos dados, esos que entregué sin miedo, y no aquellos esquivados. Cuentan la intimidad que hago posible y el compartir lo más sagrado.

Y sé que el dolor de los que sufren es menos dolor si lo comparto con ellos, en medio de mi camino. Dejo de mirame a mí mismo, preocupado por mis problemas, para mirar al que va conmigo; es quien importa, quien cuenta, el que sufre a mi lado.

Esperando en Dios

No me importan tanto las pequeñas derrotas de la vida, la pena siempre pasa y al final quedan la paz y la alegría.

Sé que mi confianza no está puesta en la vacuna, ni en los políticos, ni en la economía, ni en el fin de la pandemia. Este año he aprendido a poner en Dios mi esperanza. Sólo en Jesús, sólo en María, en ellos descansan mi vida y mi confianza ciega de niño.

Creo que me he vuelto más hondo haciendo un surco en la tierra y todo empezó ese día en el que perdí mis seguridades.

Por algo coroné a María con los montes de esta tierra, una corona bendita. Y le entregué mi vida, dejando de ser yo dueño, para que con ella hiciera lo que quisiera. Esa paz viene del cielo, en esa paz sí confío. Y camino, y sueño, y doy la vida.

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