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Todo es diferente, todo ha cambiado

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Nick Starichenko | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 30/12/20

La vida se presenta nueva delante de mis ojos. Como si hubiera que rehacerla de nuevo y empezar otra vez, de cero. Jesús viene a tocar la puerta de mi hogar en este tiempo convulso

Mi hogar tiene varias puertas que dejan entrar o salir. Mi familia tiene puertas que protegen su intimidad y salvan su paz interior. Puertas que se pueden abrir con llaves o sin llave, todo depende. Puertas que se cierran para proteger la vida o para evitar que la vida se escape. Cuidar la vida propia de mi familia es algo sagrado.

Custodio ese don que se me confía. No quiero que se pierda esa vida que Dios me ha dado. No necesito contarlo todo, no tengo que hablar de todas las cosas que suceden al interior de mi familia. Mi familia es sagrada. No quiero violar esa intimidad que resguardo. Por eso la puerta se cierra por dentro para que no entren.

Para proteger, para cuidar, para salvar la vida que crece dentro lentamente y con cuidado. No dejo que entre cualquiera que pueda violentar el alma. No permito que en mi familia haya personas que con su presencia pongan en peligro el pudor y la integridad de los míos. Los cuido, los protejo, los velo, los guardo.

Pero al mismo tiempo la puerta de mi hogar, de mi casa, se abre para dar acogida a los que quiero que estén conmigo. No permito que se alejen al ver mi puerta cerrada. Pero sé mantener el equilibrio. Más en tiempo de pandemia. No quiero eso sí dejar que Jesús se quede fuera en aquellos a los que rechazo. Una casa de puertas abiertas para que muchos se encuentren en casa. Una familia que es hogar para los que no tienen raíces.

Rehacer planes

Miro este mundo convulso, de puertas cerradas. Tengo miedo. Me piden que cierre mis puertas, para separarme de los que amo. Todo es tan diferente a mis planes de hace un año. La vida se presenta nueva delante de mis ojos. Como si hubiera que rehacerla de nuevo y empezar otra vez, de cero. Jesús viene a tocar la puerta de mi hogar en este tiempo convulso.

Quiero aprender a mirar con ojos nuevos, con sus ojos, mi propia vida. Quiero abrirle la puerta a Él, aunque sea de noche. Quiero que amanezca de nuevo en este mundo frío. Es tan grande la incertidumbre que no quiero abrir la puerta a nadie. No sé qué va a pasar. Me siento más solo que antes. Y a la vez misteriosamente más unido a muchos. Vivo lo mismo que ellos.

Necesito al Niño

No tengo el control del timón de la barca que me lleva por mares revueltos. Dejo la puerta abierta para que este Niño en Navidad calme mis miedos. Que entre hasta el fondo de mi vida y tome el timón. No quiero que se quede fuera. Es un milagro que siempre se detenga ante mi puerta y no pase de largo.

En este momento de mi vida lo necesito aún más y Él viene a mi posada, para compartir lo mío, tal como soy, tal como me ve. Viene a mi corazón, toca mi puerta. Y quiere enseñarme cómo es ese amor imposible que sucede en Belén. Es un Dios que se hace Niño como yo. Escucho cómo son sus pasos y su rostro: «¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva!».

Abro la puerta para que ese Dios bello se haga carne de mi carne, entre en mis planes y los cambie. Las puertas de entrada y salida. Las puertas de mi familia, de los que amo, de aquellos con los que comparto este tiempo extraño de pandemia.

Ser pequeño

La puerta es pequeña, tengo que agacharme para entrar de rodilla a otras casas, a otros hogares. Más estrecha que nunca. Apenas puedo entrar cuando voy revestido de orgullo y pretensiones. Mi hogar quiere ser humilde y necesita la pequeñez de los niños que entran sin hacer ruido, en la calma y la oscuridad de esta noche.

En esta Navidad mi casa se vuelve nacimiento donde Dios nace, se encarna, acampa. Me gustan las puertas que se abren y se cierran. No siempre abiertas, no siempre cerradas. No demasiado grandes, tampoco excesivamente pequeñas. Puertas por las que pueda pasar la vida y entrar el amor.

Un hogar que se llene de alegría, y abrazos en el encuentro. Este año será distinto e igual al mismo tiempo. Y las palabras de San Pablo me dan vida:

«Como elegidos de Dios, santos y amados, revestíos de compasión entrañable, bondad, humildad, mansedumbre, paciencia. Sobrellevaos mutuamente y perdonaos. El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo. Y por encima de todo esto, el amor, que es el vínculo de la unidad perfecta. Que la paz de Cristo reine en vuestro corazón. Sed también agradecidos. La Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza. Cantad a Dios, dando gracias de corazón».

Mi hogar

Que mi casa sea un hogar donde reine la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, la gratitud. Un hogar en el que todo se llene de luz en esta Navidad de puertas cerradas y abiertas. Quiero abrir la puerta hacia el interior, esa puerta que separa hermanos. Esa puerta que me lleva a Dios. Esa puerta pequeña en la que me arrodillo para poder pasar. El amor de Dios entra por esa puerta y toma posesión de mi familia. Me gustan las puertas que se abren y se cierran para proteger el misterio.

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