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En el dolor y el miedo, ¿Quién consolará?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/12/20

La consolación de Dios es como esa mano que me acaricia justo donde me duele y me da la paz que me permite después consolar a otros

El Adviento es un tiempo de consolación. Jesús viene a nacer en medio de los hombres para consolar sus angustias. Dice la Biblia:

«Consolad, consolad a mi pueblo. Ya está cerca su salvación para quienes le temen, y la Gloria morará en nuestra tierra».

Dios viene a consolar a su pueblo, trae la salvación.

A menudo la desolación viene a mi corazón por las cosas que ocurren en mi vida. Son dolores que me llenan de pena y angustia. ¿Quién me puede consolar?

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Un pasado que sigue doliendo

Me quedo mirando al pasado, atado a lo que no puedo cambiar. Sucedieron cosas difíciles que no perdono, que no me perdono.

Tengo heridas que no sanan, no cierran. Cuentas pendientes que no acabo de saldar. Hice algo de lo que me arrepiento.

Me causaron un daño que no logro perdonar. Me trataron de una forma humillante e injusta. No sucedió aquello que tanto deseaba. No encuentro consuelo.

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Me dicen que siga adelante, que no mire hacia atrás. Pero yo quiero hacer el duelo por lo que he perdido, por lo que no me han dado, por lo que me han hecho, por lo que me han quitado.

Esa herida duele y sangra. ¿Dónde voy a encontrar la consolación? No me la dan los demás, no pueden. No logran reparar lo que no tiene arreglo.

Con frecuencia veo en mí reacciones que son desproporcionadas. Vienen de algún lugar dentro de mi alma.

En lo más hondo de mí falta el consuelo. No estoy reconciliado con mi historia. Esa pena se adueña de mí como una marea negra.

Y no entiendo, porque no es tan grave lo que ha sucedido. En ese momento me doy cuenta de algo. Me falta consuelo en mi interior.


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La mano que acaricia

Dios viene a consolarme en mis dolores ocultos, escondidos dentro de mí. Viene a darme el perdón, para que pase página, para que me libere de esos rencores y resentimientos que me duelen en lo más hondo.

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En ocasiones no entiendo por qué me duele tanto por dentro. Y Jesús viene para hacerme ver lo que tengo que entregar, que soltar, que liberar. Él me muestra el camino para ser libre, para vivir con paz.

La consolación de Dios es como esa mano que me acaricia justo donde me duele. Mis reacciones repetitivas y exageradas revelan que algo está herido, en desorden en mi interior.

Me muestra Dios así que quiere nacer en ese lugar interior para traer la paz y la calma. Quiere consolar mis miedos y mis dolores.

Yo quiero llenar de luz mi cueva oscura. Ese lugar casi desconocido para mí mismo. Jesús nace en ese establo de mi mundo interior.

Allí donde no hay sol, ni esperanza. Allí de donde brotan tantos sentimientos de frustración, de miedo, de ira, de tristeza.

Viene a consolarme en todo lo que no logro aceptar en mí. Llega a mi memoria más olvidada, a mis recuerdos más escondidos. Viene a consolar mi historia sagrada en la que Él manifiesta su poder.

Pero también sé que no siempre seré consolado y en todo. Decía santa Teresita del Niño Jesús:

«No vaya a creer que nado en las consolaciones. ¡Oh no!, mi consolación consiste en no tener ninguna en esta tierra. Sin dejarse ver, sin dejar oír su voz».

No siempre la paz va a llegar de forma casi mágica. No siempre se me regala una gracia que no puedo exigir. Pero sí puedo suplicar cada día que me consuele Dios.

Adviento tiempo de consuelo

El Adviento es un tiempo para suplicar el consuelo. Y al mismo tiempo es una oportunidad para consolar a otros y traer esperanza a los corazones desesperanzados.

Isaías dice que ha sido enviado a «curar a los de corazón quebrantado y consolar a los afligidos». Yo puedo consolar a otros, y traer paz. Comenta el papa Francisco:

«No olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos».

Obras de misericordia. Una de ellas me pide consolar al triste, aliviar al que tiene el corazón roto, al que está hundido en su dolor, en su amargura.

Yo puedo consolar, ¿cómo?

Yo puedo ser motivo de alegría y de esperanza. Puedo ser bálsamo para los que están sufriendo. Me gustaría serlo.

No siempre tengo esa capacidad. No siempre trato con cariño y delicadeza al que lo necesita ni acojo al que espera ser acogido.

Tantas veces trato con bondad al que está más herido. No me doy cuenta y paso por alto sus necesidades. No soy instrumento de sanación, no traigo consuelo.

Me gustaría en este Adviento tratar de consolar al que está desolado. No podré reemplazar a Dios en su vida. No podré llegar tan lejos como llega el Espíritu Santo.

Pero es posible ponerme en manos de Dios para que haga milagros conmigo. Cuando estoy consolado, cuando tengo paz, cuando ha desaparecido la rabia de mi corazón, entonces puedo consolar mejor a los demás.

Conocerme, aceptarme, perdonarme, perdonar, dejar que la luz de Dios entre en mi cueva oscura, es el único camino para poder ser yo instrumento de sanación y paz para muchos.

Si dejo que Jesús nazca en mí aunque me resista con tanta violencia. Y dejo que su luz acabe con mis sombras. Si nace en mí Jesús, sé que algo va a cambiar en mi interior.

Y entonces podré aliviar al afligido, consolar al que está roto. Podré hacer un camino desde dentro hacia fuera. Desde lo más hondo de mi cueva a la luz que me espera.


PORONIENIE

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Tags:
advientoconsuelopazsufrimiento
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