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Ni santos ni pecadores sin remedio: Escala de grises

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Daniel Tadevosyan - Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 02/12/20

Reconocer el claroscuro de la vida espiritual llena la vida de paz

No busco héroes sin mancha. No pretendo hacerlo todo bien. La vida espiritual está llena de claroscuros, de una escala de grises propia del ser humano que avanza en el mundo.

Los protagonistas de las nuevas series de hoy no soy esencialmente buenos. No se presentan ante mí como la encarnación de una perfección inalcanzable.

De la misma forma sus opuestos, los que podrían ser en otra época la viva encarnación del mal, tampoco son malos en esencia.

Ambos tienen el bien y el mal confundidos en sus entrañas. Algo así como un poco de bondad y mucha debilidad.

Humano no es perfecto

No hay protagonistas parecidos a los súper héroes de antiguas películas o de otras modernas, que siempre eligen la opción correcta, siempre hacen el bien, siempre logran solucionar los problemas que parecían sin solución.

SUPERHERO
Di Kues|Shutterstock

Muchas series presentan protagonistas como yo, humanos, de carne y hueso. Se levantan a menudo con miedo, sueñan lo imposible y les gustaría alcanzarlo, pero tropiezan.

Después de cada caída piensan que son lo peor, indignos y torpes. Pero vuelven a intentarlo. No veo en ellos una perfección inalcanzable.

Son personajes más reales que de ficción. Eso me gusta. Es la vida misma retratada ante mis ojos. No cometen grandes crímenes, sólo los comunes, los menos vistosos.

No reaccionan como a mí me gustaría, en ese intento mío por ver fuera de mí lo que yo no logro vivir. Son héroes de andar por casa. Frágiles y muy reales. En una película decía la protagonista:

«Nos portamos mal cuando no somos responsables. Fui la peor versión de mí misma. No creí que me estaban viendo. Pensé que estaba sola».

Es como la vida misma, como yo mismo. Cuando no me ven soy yo mismo sin miedo. Cuando me ven trato de dar una imagen respetable, digna y santa. Y eso no me hace bien.

No tendría que exponer mis pecados en público, eso no. Pero quiero mostrarme ante los demás en mi verdad.


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Los peligros de idealizar

Miro a estos protagonistas tan frágiles y veo en mí los mismos desórdenes que ellos tienen. Y me identifico con sus luchas infructuosas y con sus fracasos.

Me gusta idealizar a las personas. Busco héroes fuera de mí que sí sean lo que yo no logro ser. Por eso ensalzo a las personas poniendo en ellas pensamientos, acciones y deseos que realmente no tienen. Pero me gustaría que los tuvieran.

Proyecto en mis héroes un ideal que me parece inalcanzable. Creo que ellos siempre actúan bien. Y así como ensalzo, luego derribo.

Cuando veo que esos protagonistas de mi vida no están a la altura, no son tan bellos ni tan perfectos como yo creía. Y me duele en el alma. Me siento engañado, cuando ellos nunca lo pretendieron.

Pero yo los ensalcé y ahora quiero hundirlos, que todos conozcan sus mentiras. Tengo que cambiar por dentro, dejar de buscar lo que no existe.

Todas las personas que conozco llevan en su interior mi misma lucha. La lucha entre el bien y el mal, entre lo que sueñan y lo que logran.

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Yo me hago una imagen de la realidad, de las personas. Y veo lo que no existe, pero me lo creo. Y luego, cuando me confronto con la verdad, me duele en lo más hondo. Pero la culpa es mía.

Quiero mirarme a mí y la realidad como es. Es difícil, pero puedo lograrlo.

Sano realismo

En mi Adviento hay protagonistas como en el primer Adviento. Allí estaban José y María, los pastores, los Reyes Magos, los romanos, los habitantes de Belén.

He tendido desde niño a ver protagonistas totalmente buenos: María, José, los Reyes, los pastores, los ángeles. Y otros totalmente malos: los romanos que buscan al niño, los habitantes de Belén que le cerraron la puerta a Jesús.

Pienso entonces que hay unos malos y otros buenos. Pero tampoco fue así realmente, no hay nada tan absoluto.

Los que cerraron las puertas no eran tan malos. Seguramente no habría sitio por culpa del censo. Y actuaron como yo actúo, cerraron sus entrañas, no fueron misericordiosos.

Como yo tal vez sería si me pasara lo mismo, o como yo actúo cuando me pasa algo parecido. Tengo mi tiempo, mi espacio, mi ritmo. No quiero que me molesten y cierro la puerta.

O los pastores, no todos serían tan puros. Hombres rudos de campo que buscaban quizás algo distinto a lo que encontraron. No serían tan buenos como los dibujo.

Ni tan malos todos los romanos. Es fácil meter en el mismo saco de bondad o maldad a las personas. Los descalifico totalmente o los ensalzo sin poner reparos.


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Grises y claroscuros

Pero la vida no es así, hay muchos tonos grises y en ellos se mueve mi camino. Voy eligiendo el bien que quiero realizar pero las intenciones que me mueven no son tan puras.

Hago el mal sin quererlo, sin desearlo, y no era tan mala mi intención. Hago el mal con intención pero no es tan voluntario.

Porque estoy herido y tengo intenciones que me mueven desde mi dolor. Encasillo a las personas, me encasillo a mí mismo.

O soy santo o soy un pecador sin remedio. No es tan claro. Hay claroscuros en mi vida. Hay sombras y luces. Hace frío y calor. Hay día y noche.

No todo lo que hago está bien. No todo el bien que hago es puro. Saber esto me da paz, no me la quita. Me hace pensar que el protagonista de mi vida no es perfecto. Como no lo fueron los pastores, ni los reyes, ni los romanos. En todos había esa lucha escondida entre el bien y el mal.

Así emprendo este Adviento, desde mi pobreza y mi riqueza. No soy lo peor y no soy lo mejor. Es una mezcla extraña que me hace más consciente de mi verdad.

Soy de Cristo. En Él quiero descansar.

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