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Seamos patriotas con un corazón grande y un espíritu universal

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Shutterstock | Manoej Paateel

Cecilia Zinicola - publicado el 05/11/20

“La paz verdadera y durable tiene que ser fruto maduro de una lograda integración de patriotismo y universalidad” (San Juan Pablo II)

El modo tan vertiginoso del desarrollo de esta pandemia no ha dado tiempo todavía a encontrar todas las respuestas. Mucho de lo aprendido proviene de la experiencia, el sentido común de los expertos y la manera de analizar los hechos con una mirada colectiva.

La carrera por encontrar tratamiento efectivo para la covid-19 se parece a una maratón mundial en la que todos corren por conseguirlo, pero en la que sabemos que no hay un solo ganador en aporte de un bien para la sociedad. Está claro que la meta será un logro compartido. No de uno u otro país, sino del mundo.

Esta visión es una de las lecciones que la pandemia nos está dejando: la de tener una actitud humilde a la hora de valorar lo nuestro y abrimos a los demás para compartir las experiencias más allá de nuestras diferencias.

La humildad es la virtud que nos permite hoy aprender a ser uno más entre los demás sin perder nuestra esencia y comprender que muchas cosas son posibles gracias a los esfuerzos de todos.

San Josemaría Escrivá dijo que «ser católico es amar a la patria, sin ceder a nadie mejora en ese amor. Y a la vez, tener por míos los afanes nobles de todos los países. ¡Cuántas glorias de Francia son glorias mías!. Y lo mismo, muchos motivos de orgullo alemanes, de italianos, de ingleses….de americanos y asiáticos y africanos son también mi orgullo. Católico: corazón grande, espíritu abierto”.

Amor a la patria

De hecho, el amor a la patria es un componente sano por los lazos históricos y afectivos que unen a un pueblo dándole una identidad fundamental para desarrollarse. Como dice el Catecismo de la Iglesia Católica “el amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad” (2239), pero eso no significa que se base en un espíritu cerrado a los logros de otros países o que sea incapaz de compartir los propios con los demás.

Ciertamente un patriota tiene una predilección por la propia nación, se alegra, valora y festeja lo que es suyo. Ama todo lo que es patrio: su historia, sus tradiciones y su lengua como decía Pío X al referirse a ella como un “nombre que trae a nuestra memoria los recuerdos más queridos” sea por haber nacido en un mismo suelo o por los valores compartidos.

Sin embargo, precisamente porque ama mucho es capaz de ensanchar su alma y hacerle lugar a las glorias del espíritu humano que tiene su origen en otros puntos del planeta.

El verdadero patriota no tiene una actitud cerrada como el nacionalismo que es antisocial e intenta generar divisiones. Tampoco es globalista donde se pretende igualar a todos en un marco cultural global, sino que se basa en una experiencia de las diferencias donde es posible construir una paz mediante el aporte de cada uno con una mirada profundamente humana.

La universalidad del católico

San Juan Pablo II ha dicho durante su pontificado que “la paz verdadera y durable tiene que ser fruto maduro de una lograda integración de patriotismo y universalidad”, con un corazón que ama sus orígenes pero que se abre al mundo para dar lo mejor de sí, que se alegra no solo con los logros de su tierra sino con el bien que llega desde otros pueblos.

El ejemplo de los santos nos habla de este amor. Si se pierde el amor a la patria y a un intercambio cultural, aparece el peligro de caer en una mundialización que es sinónimo de uniformidad cultural, absorbiendo a cada uno en una suerte de imperialismo cultural que ejercen los grupos más poderosos. Por eso es tan importante como nos advertía San Juan Pablo II vivir la propia particularidad y no hacerla desaparecer.

Ser católico es vivir con una identidad que aporta unos valores concretos en la búsqueda de un bien común para todos. Esta apertura está dentro del mismo concepto de “universalidad“ que significa “católico”. Una visión en la que compartimos una “casa común” sin igualarnos, sino generando encuentros con los otros, con sus modos de pensar, sus razas, sus creencias y enriquecernos en esa tarea.

Amar y respetar

Durante estos tiempos de pandemia no caigamos en el error de aborrecer los aportes legítimos de otras colectividades, pequeñas o grandes, de otras ciudades, provincias, países, familias o clubes con los que interactuamos. Recordemos que el espíritu patriota significa tener un amor y una estima por el propio país mostrando honor y respeto y siendo capaces de ir al encuentro con los demás. La paz verdadera se construye con esa actitud amorosa.

San Juan Pablo II decía que esa universalidad, que es una dimensión esencial en el Pueblo de Dios, “no se opone al patriotismo ni entra en conflicto con él. Al contrario, lo integra, reforzando en el mismo los valores que tiene; sobre todo el amor a la propia patria, llevado, si es necesario, hasta el sacrificio; pero al mismo tiempo abriendo el patriotismo de cada uno al patriotismo de los otros, para que se intercomuniquen y enriquezcan”.


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