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Así se vive sin miedo en un mundo lleno de amenazas

Zigres / Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 04/11/20

No descansa mi paz en lo que los hombres hacen, en las medidas que adoptan para evitar los contagios...

Todos quieren ser felices. Yo también lo deseo con todas mis fuerzas. Quiero ser tocado por Dios desde lo alto. Quiero tener una vida plena.

Y tengo claro que una vida plena no depende de lo exterior, de lo que todos ven. Una vida aparentemente plena puede no serlo cuando escarbo suavemente levantando la piel.

Y veo entonces lo que de verdad habita en el alma, una profunda insatisfacción, un gran vacío. No es oro todo lo que reluce. No está bien todo lo que parece estar en orden.

Tampoco está mal lo que huele a fracaso. Es todo más complejo, más sutil o quizás más sencillo. Mi vida puede ser infeliz cuando yo decido que así lo sea. Puede ser plena cuando mi mirada la ve completa. Sé que todo sucede en lo más hondo de mi corazón.

RAINBOW
Public Domain

Bienaventurado yo cuando ría, cuando llore, cuando me persigan, cuando fracase. La bienaventuranza de Dios me dice que mi vida es perfecta siendo imperfecta.

Me dice que la felicidad está dentro de mí, al alcance de mi mano, y no fuera. Que nadie puede quitarme un ápice de paz, ni de alegría. Nadie puede decidir cómo ha sido mi vida, cómo soy yo.

Sólo yo tengo las riendas de mi vida. Puedo reír, puedo llorar, puedo amargarme, puedo ser feliz. El juicio de los demás no me condena, sólo el mío lo hace.

Cuando no me perdono errores perdonables, cuando no acepto mis propias decisiones mal o bien tomadas, ya no lo sé.

Soy yo el que echo por tierra todos mis sueños y hago fracasar mis ilusiones, llenándome de amargura. Comentaba Jesús Adrián Romero:

«Miro mi historia y confieso que tengo muchas razones para ser feliz».

Miro el pasado y veo una felicidad que supera mis expectativas. Tantos motivos para la alegría, para agradecer. Soy yo el que veo el vaso medio vacío o medio lleno, la vida medio fracasada o completamente feliz.

WOMAN, DEW, HAPPY
S.Myshkovsky | Shutterstock

Tiene mucho que ver la santidad con la felicidad, lo sé muy bien. El santo es un hombre feliz porque confía. Comenta Eduardo Punset:

«La felicidad es la ausencia de miedo».

El miedo desaparece cuando mi vida descansa en Dios y Él sostiene tranquilo el timón de mi bote. Es en Él en quien reposa la vida de los santos.

En esos hombres de Dios, niños confiados, se hace realidad la paradoja de las bienaventuranzas.




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Lloro de compasión por el que sufre y soy feliz en mis lágrimas. Lloro por el amor perdido, por la ausencia de los seres amados, por el fracaso que no quería, y permanezco feliz, porque me sostiene Dios.

Soy perseguido de forma injusta y fracaso habiéndolo intentado, me difaman e insultan, mancillando mi nombre, mi fama y soy feliz, porque de Dios dependo totalmente, y no del juicio de los hombres.


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Vivo en la incertidumbre de esta vida sin controlar nada y soy feliz, porque no tengo miedo a perder nada de lo que poseo, porque todo lo he puesto desde el comienzo en las manos de Dios.

Y confío en su amor que me sostiene en medio del camino lleno de amenazas. No importa, sus manos me levantan antes de caer o después de haber caído.

SPARROW
Shutterstock-altanaka

En momentos tan duros como los que hoy vivo mi felicidad no me la dan las noticias amenazantes que escucho con pavor, ni los mejores augurios.

No descansa mi paz en lo que los hombres hacen, en las medidas que adoptan para evitar los contagios. No soy más feliz si me desconfinan, ni me amargo al ser confinado.

Vivo en la paz que de Dios que me sostiene. Mi felicidad tiene que ver con mi forma de vivir en Él, arraigado. Soy bienaventurado si confío, porque el Reino es mío, me pertenece.

Estoy hecho para el cielo, mientras dejo mi semilla en la tierra. Soy bienaventurado porque el amor de Dios sostiene mis pasos y me regala el poder caminar confiado.

Nada temo porque todos mis miedos se los he entregado a Él y le he dicho que no se aparte de mí.

Los santos no son perfectos, no lo hacen todo bien, simplemente se han despojado de muchas pretensiones.Y han aprendido a vivir pegados a Dios, anclados en su pecho, en su costado abierto, en la herida de su alma.


SAINTS EPIDEMIC

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