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¿Qué haces a diario para lograr aquello que te propones?

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Mar Dorrio - publicado el 02/11/20

Además de tu esfuerzo, de tu empeño y tu fuerza voluntad puedes recurrir a pedir prestada la fortaleza de quien todo lo puede

Hace unos meses, me inscribí en unas clases de Hiit. Para quién no lo conozca, son unas matadoras sesiones de treinta minutos, en las que se repiten una serie de ejercicios de gran intensidad. Media hora que, como casi todo lo que cuesta esfuerzo en esta vida, da mucha pereza comenzar y una gran satisfacción terminar. La gran dificultad está en hacer correctamente el ejercicio: suelo tener que preguntar dónde me tiene que doler. Porque si no lo haces correctamente, tensando el músculo adecuado, o no has calentado bien, no sólo no te aporta beneficios, sino que te puede provocar una lesión.

Y, en la vida, yo creo que no nos damos cuenta de cuál es el músculo principal, el primero que tenemos que calentar y tensar, el que siempre nos dará la fuerza para la clase de HIIT diaria de nuestra vida, llena de series que repiten ejercicios de alta intensidad: es el músculo de la fe.

Para que me entiendas, déjame que te resuma un cuento que siempre me fascinó, del libro “Un pan para cada día”, de Agustín Filgueiras. Es la historia de un padre que le propone a su hijomover un obstáculo superior a sus fuerzas, y le indica que haga todo lo que pueda para conseguirlo. Después de un rato en el que el niño lo intenta mover con todos los recursos que se le pasan por la cabeza, sin conseguir nada, le asegura a su padre que es una misión imposible. El padre entonces le dice: “No, no hiciste todo lo que estaba en tu mano, porque podrías haberme pedido ayuda”.

Pedir ayuda,pedir prestada la fuerza a Dios, es realmente el gran paso para el hombre, pues implica asumir que no alcanzará sus metas a fuerza de músculo, de empeño, de voluntad… Puede parecer que, tensionando estos músculos, conseguimos nuestros objetivos, pero es una percepción ilusoria y frágil: sin la fe, sin pedir ayuda, estaremos expuestos a derrumbarnos por el cansancio, a caernos abrumados por la responsabilidad, a dormirnos insatisfechos con los resultados, con las metas o con nosotros mismos, ahogados en la monotonía de la rutina.

Además, quedaremos exhaustos, incapaces de recuperarnos de las derrotas, grandes o pequeñas, que acompañan cada cierto tiempo a todas las vidas.

Muchas veces me han preguntado: “¿Cómo haces para llegar a todo con 12 hijos?” Y, si me consta que la persona que me lo pregunta no tiene fe, ¿cómo decirle, sin que suene irresponsable, que no llego, que lo que mejor se me da hacer es pedir ayuda?

Y que esa ayuda me da la fuerza para leer aquel libro de educación tan interesante, o para ver con detenimiento un tutorial de batch cooking que me deje tiempo libre para ir a merendar con uno de mis hijos.

Por no decir que esa gran fortaleza prestada, conseguida a base de grandes cucharadas de humildad, suaviza todas las relaciones humanas, acerca a las personas, disculpa los errores, amplía el número de los beneficiarios de las metas logradas.

Y suele ocurrir lo contrario con las personas que creen que ellas son las únicas responsables de su éxito, que consideran que es solamente fruto de su sacrificio, esfuerzo y capacidad. Muy a menudo, estas personas tratan con cierto desdén a quienes no han alcanzado los objetivos que ellas consideran mínimos.

Otro beneficio de la fortaleza prestada es que enseña a levantarse una y otra vez. En el libro ”La bibliotecaria de Auschwitz”, encontré una frase preciosa: ”El atleta más fuerte no es el que llega antes a la meta. Ese es el más rápido. El más fuerte es el cada vez que se cae se levanta. Cuando ese corredor llega a la meta, aunque llegue el último, es un ganador”. Saber esto siempre es un consuelo para todos los que, como yo, nos caemos en cada zancada, cuajamos mal la tortilla, cometemos las peores faltas de ortografía, o tenemos facilidad para molestar o disgustar a personas queridas, sin querer.

Necesitamos fiarnos y confiar en que, pase lo que pase, todo es para bien (omnia in bonum), en que, cuando Le pidamos ayuda, Él no va a mirar para otro lado. Nos dijo claramente: ”Pedid y se os dará”. Solo hay que perseverar. Por muy mal que se presenten las cosas, por mucho que hayamos metido la pata, hemos de saber que habrá un final feliz que nos dará fuerzas para estrenar otra página y levantarnos al día siguiente.

¿Comenzamos ejercitando el músculo de la fe antes de empezar a hacer burpees con nuestras dificultades o con nuestras rutinas? ¿Calentamos, o nos ponemos, sin esa preparación, sin esa fortaleza prestada, a correr en la cinta o a subir en la elíptica de nuestras relaciones humanas? ¿A qué esperamos? ¿No se lo aclaró Él a Marta, mirándonos también a ti y a mí en ese, en este, mismo instante?: “Una sola cosa es importante”.

Solo así, después de ese instante, después de ese calentamiento, las series de tu empresa, de tus niños, de tus abdominales, de tu suegra, te saldrán mejor de lo esperado, y sin lesiones. ¿Fortalecemos todos los días el músculo más importante?

P. D En clase de Hiit terminamos estirando gran parte del cuerpo, nada mejor para estirar el músculo de la fe que dar gracias.

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