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Una asequible manera de corresponder al amor de Dios

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/10/20

Puedo pensar que sólo lo amo bien cuando estoy en misa, o rezando, en soledad, lejos del mundo, y no ser capaz de unir ese amor a Dios con el amor a los hombres

Hoy de nuevo escucho otra pregunta en la que ponen a prueba a Jesús. Siempre buscan que no dé la respuesta correcta:

«Le preguntó para ponerlo a prueba: – Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley?».

Quieren poner a prueba su formación. Quieren saber lo que piensa en su interior.

El mandamiento más importante para los judíos. Si hoy me lo preguntaran a mí, ¿qué respondería? ¿Cuál es el mandamiento más importante de la Iglesia a la que pertenezco?

¿Qué es lo que me pide Dios de forma concreta y tantas veces no hago bien? ¿Qué es lo que espera de mí, qué sueña para mi vida?


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Hoy Jesús responde poniendo el acento en Dios:

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero».

Es lo mismo que yo podría responder hoy. Me he acostumbrado a ver la Iglesia como un conjunto de normas que tengo que cumplir. Una ética que tengo que respetar. Un camino claro con márgenes precisos que tengo que seguir.

Y cuando no cumplo, cuando no respeto los peligros y las amenazas, me siento fuera de esa Iglesia que me espera siempre.

Hoy Jesús repite lo que ya sé. Lo que aquellos que le preguntaban sabían muy bien. El hombre creado por Dios, amado por Él hasta el extremo, sólo tenía que corresponder a ese amor.

Shutterstock / Falcona

El amor primero era el de Dios. Y es verdad que cuando me sé amado es cuando puedo dar amor en respuesta. Sólo cuando he tocado el amor de Dios con mis manos puedo intentar en mis límites corresponderle.

Mi amor, el del hombre, es sólo una respuesta, un gesto torpe, una mirada lastimera buscando amor. ¿Cómo es mi amor a Dios, cómo lo amo?


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Hoy Jesús pone el listón muy alto, parece imposible amar a Dios por encima de todo. Con todo mi corazón, con toda mi alma, con toda mi mente. Amarlo con todo lo que soy.

Mi confesión siempre debería comenzar con esta falta de amor a Dios. No lo amo de esa forma. No lo amo como Él me ama.

Mi amor a Dios es tan pequeño, tan mezquino, tan débil… No lo amo con toda mi alma, porque en mi alma tienen más peso otros amores, otras seducciones.

Amar con todo mi ser. ¿Cómo es posible? Si mi corazón está dividido. Y donde digo que sí aparece luego el no. Y me propongo grandes cambios y grandes ideales y sueños que luego quedan en nada.

¿Cómo voy a amar con toda mi alma cuando no sé qué hay en mi interior? Estoy tan herido que mi alma sangra, duele, es demasiado sensible y todo le afecta.

¿Cómo puedo poner toda mi alma al servicio del amor? Me cuesta creérmelo. Darlo todo me parece demasiado. Todo mi tiempo, todas mis fuerzas, todo mi ánimo, toda mi dedicación.

Me agota el amor que me absorbe. Es como si necesitara tiempo para mí, para no hacer nada, para estar en blanco, sin amar, sin ser amado.

Ese amor que lo pide todo me parece hasta exagerado. ¿Es posible amar así, hasta el extremo? Me duele el alma solo de pensarlo.

Puede ser que ese amor total a Dios no me resulte. Quizás porque divido las cosas y veo a Dios separado de este mundo. Dios en lo alto que espera que viva solo para Él, mirándolo.

¡Cuántas personas piensan que amar a Dios totalmente sólo es posible renunciando al mundo! Santa Teresa de Jesús decía:

«Nada te turbe, Nada te espante. Todo se pasa, Dios no se muda. La paciencia todo lo alcanza. Quien a Dios tiene nada le falta, Sólo Dios basta. Eleva el pensamiento, al cielo sube, por nada te acongojes, Nada te turbe. A Jesucristo sigue con pecho grande, y, venga lo que venga, nada te espante».


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¿Me basta sólo Dios para vivir sin miedos, sin angustia, sin temer? El amor inmenso que Él me tiene, ¿me basta?

Esas palabras pueden llevarme a pensar que sólo lo amo bien cuando estoy en misa, o rezando, en soledad, lejos del mundo. Y no soy capaz de unir ese amor a Dios con el amor a los hombres.

Me parece que algo se mancha en mi interior cuando lo mezclo todo, cuando me confundo. De la pureza del amor a Dios paso a la impureza del amor humano, tan pequeño, tan herido.

¿Cómo puedo amar totalmente a Dios a quien no veo cuando no amo de esa forma a nadie de los que veo? Si mi amor es egoísta y mezquino, ¿por qué me presenta Dios un ideal inalcanzable?

Toco mi pobreza y mis límites. Y contemplo en oposición mis deseos más grandes y hondos que habitan en mi interior.

Quiero amar a Dios sin tibieza, sin frenos, sin parálisis. Pero no separándolo del mundo, de los hombres. No separando mi amor a Dios del amor a los hombres.

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