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3 pasos para santificar las humillaciones diarias

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pathdoc - Shutterstock

Cecilia Zinicola - publicado el 25/10/20

Reconocer, aceptar y confesar las faltas de corazón son actos de valentía que muestran pasión por la verdad de nuestra vida

Las humillaciones aunque no nos gusten, son parte de nuestra vida cotidiana. No faltan oportunidades para que lleguen a través del trabajo, amistades o la misma familia. Muchas veces el hecho de tener que pedir una simple disculpa, y sabiendo que es lo correcto, nos puede poner en una situación de mucha vulnerabilidad frente al resto.

Tener las humillaciones claras es algo importante para saber afrontarlas con dignidad cristiana ya que nuestra meta no es solamente atravesarlas sino, aunque parezca algo extraño a primera vista, también llegar a amarlas como hizo Jesús viviendo la gran humillación de su época al morir en la Cruz.

Lo interesante es que Jesús quiso aceptar aquella muerte humillante y cruenta. Siendo Dios podría haberla evitado con la omnipotencia de su naturaleza divina y sin embargo, lejos de huir, se abrazó a ella para glorificarla mostrándonos que es posible llevar la humillación dignamente.

En general no suelen educarnos para que sepamos afrontar las humillaciones de la vida de ese modo. Nuestros padres por ejemplo incluso parece que hacen lo contrario y buscan evitar por todos los medios que las suframos. Lo cierto es que tarde o temprano estas llegan y es mejor ejercitarse en ello para vencerlas con amor y sacar provecho.

En este sentido, San Anselmo nos ha dejado unos consejos como guía práctica para responder de manera positiva en situaciones difíciles en las que tenemos que tratar las humillaciones y descubrir ese valor oculto: la cruz puede santificarnos o destruirnos dependiendo de cómo respondemos ante ellas todos los días de nuestra vida.

Reconoce tu miseria

Reconocer los propios defectos significa abrirse a la posibilidad de enfrentarlos asumiendo la responsabilidad de nuestras malas conductas como por ejemplo haber mentido. Sin este primer paso del reconocimiento no se puede alcanzar la verdad que nos libera de ese mal. Hay pecado en nuestro corazón y para liberarnos de él tenemos que primero ser honestos con nosotros mismos y no excusarnos sobre las culpas de los demás.

Le llevaron a Jesús una mujer sorprendida en el delito de adulterio con el objetivo de plantearle qué hacer con ella, ya que Moisés ordenaba apedrear a éstas. La primera actitud de Jesús fue guardar silencio, y recién ante la insistencia, responde “el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra”…y comenzaron a retirarse uno a uno…(Juan 8, 1-11).

Siente todo su dolor

Una vez que somos capaces de ver el defecto, nuestro corazón comienza a sentir vergüenza y dolor, tan así que puede llevarnos a un abatimiento profundo. Podemos saber que mentir es algo malo, pero al reconocerlo propio recibimos una fuerza que nos permite vencer el miedo de no querer aceptarlo. Para lograr el verdadero arrepentimiento es necesario no solo llegar a la verdad, sino dar un paso más profundo y llegar al fondo de la misma.

“Después de las tres negaciones Jesús se volvió y lo miró a Pedro, y éste recordó sus palabras: antes que el gallo cante hoy dos veces, tú me habrás negado tres. Y al escuchar el segundo canto del gallo, saliendo fuera rompió a llorar amargamente” (Mateo 26, 75). Las negaciones habían sido tres, pero es a la tercera cuando el apóstol toca fondo y experimenta el dolor del arrepentimiento por su triple traición.

Confiésalo sin justificaciones

Tomar conciencia de nuestras faltas puede deprimirnos mucho. Hay que pedir fortaleza para aceptar con alegría y serenidad las luces de la gracia que nos ayudan a mejorar. Una vez que hemos tocado fondo por un mal obrar como por ejemplo haber mentido, es importante abrir el corazón para dejarlo ir y eso se hace al confesarlo.

Lo que queda guardado, cuesta más luego sacarlo fuera. Si somos humildes será más fácil despojarnos de todo, pero con justificaciones estaremos dando vueltas antes de podervaciarnos del todo. Cuando cuesta mucho y sentimos que no podemos solos, se puede recurrir a una ayuda externa para ser “sacudidos” y terminar de dejarlo salir como cuando hablamos con un sacerdote que nos ayuda en ello y encontramos la paz.

“Jesús les dijo de nuevo: ‘La paz sea con ustedes. Como el Padre me ha enviado, así yo los envío a ustedes.’ Y cuando hubo dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: ‘Reciban el Espíritu Santo. Si perdonan los pecados de cualquiera, son perdonados; si retienen los pecados de cualquiera, son retenidos’” (Juan 20, 19-23).

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