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Cómo afrontar desde el corazón las preguntas incómodas

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 22/10/20

Una pregunta puede abrir un abismo escondido dentro del alma...

A menudo veo que no quiero escuchar cuando pregunto. O simplemente pregunto por cortesía, por quedar bien, sin que me importen las respuestas posibles.

¿Qué tal estás? ¿Cómo te va? Y sigo mi camino con miedo a que mi pregunta traiga respuestas largas y tediosas. No quiero perder el tiempo, no quiero quedarme a escuchar. Como una persona me decía con cierto sarcasmo: «¿Te digo que bien o te lo cuento?».

Hay preguntas que hago sin el deseo de escuchar las respuestas. Me asusta el poder de una pregunta. Y quizás no deseo escuchar lo que me van a contestar.

No quiero sufrir si la respuesta no es la esperada. O lo que me dicen es justo lo que más temo oír.

Una pregunta puede abrir un abismo escondido dentro del alma. Y desatar una cascada, un huracán, un fuego que pueda arrasarlo todo, como lava de volcán. Puede brotar un oleaje de mar que me lleve lejos de la orilla.

Me asustan las preguntas lanzadas al viento que desatan tempestades ocultas, miedos olvidados, historias calladas. En mi propia alma o en el alma de los que están cerca. Obvio las preguntas.

¿Cómo te encuentras de verdad? No quiero saberlo, no quiero tener que cambiar, no quiero que otros cambien. Y entonces sigo haciendo preguntas sin detenerme a escuchar.

¿No quiero saber de verdad cómo se encuentra aquel a quien amo? Sí y no al mismo tiempo. Pero mi silencio puede llevar a que un día estalle y me lo eche en cara:

«Nunca me has preguntado cómo me encuentro. No quieres saber cómo estoy. No sabes qué me preocupa, qué me inquieta, qué me duele».

Me asustan esas preguntas cuya respuesta temo. Me asusta tener que hacerme cargo de lo que habita en el alma de las personas a las que quiero, con las que convivo.

Preguntar tiene sus riesgos. No preguntar es peor y mi silencio me acaba acusando. No quiero que me molesten, que me cambien los planes, que me inquieten. Y entonces callo y no pregunto.

Otras veces mis preguntas pueden tener un fin acusatorio o perseguir segundas intenciones.

Como la que le hicieron una vez a Jesús:

«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no miras lo que la gente sea. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o no?».

Son preguntas que persiguen feas intenciones. Quieren que Jesús conteste y se arriesgue, y diga lo que está mal, lo que no corresponde.

En mi vida yo caigo en esas preguntas con otros. Les pregunto para ponerlos a prueba, para cuestionar su fidelidad, para poder acusarlos, para ver si aman tanto a quien dicen amar.

No soy transparente, soy culpable con mis preguntas. Tengo intenciones impuras en mi alma. Busco que el que responde caiga en las redes de mi trampa.

Quiero que diga lo incorrecto o simplemente diga la verdad y se acabe acusando a sí mismo. Pierdo la inocencia. En realidad no quiero saber la verdad.

Puede pasarme que deseo el mal de otros y busco que se acusen, que den un mal paso, que se equivoquen en su opinión, en sus palabras, en sus gestos.

Deseo que mis preguntas desaten su perdición. No quiero conocer la verdad. En mi pregunta ya estoy acusando.

Ellos no querían saber si estaba mal o bien pagar el impuesto al César. No era su intención.

Antes de hacer la pregunta adulan a Jesús con palabras suaves, acarameladas. Halagando buscan ocultar su malicia. Dicen verdades llenas de dulzura y así disimulan sus feas intenciones. Y Jesús ve en sus corazones.

No cae en su juego. No se deja engañar por sus palabras. Jesús lee entre líneas. Sabe ver debajo del agua las intenciones de los hombres. No va a caer en lo que ellos desean. Y responde astutamente.

Me llama la atención su mirada ante la trampa que le tienden. Les llama hipócritas y pone en sus manos la respuesta que pretenden.

Pero no es tan claro, es más astuto y lo dice de tal manera que no podrán acusarlo ante el César, ni dejarlo en entredicho frente al pueblo que odia al César. Jesús no cae en su trampa.

Tampoco se altera al ver las intenciones con las que le buscan. Está acostumbrado a la oscuridad de ciertos corazones y responde con paz.

No se altera, no se indigna. Me gusta la paz interior de Jesús cuando lo que desean a su alrededor es su muerte, su condena.

Me da miedo ser un manipulador y perseguir segundas intenciones con mis actos. No ser claro, no ser trasparente. Me asusta aparentar una cosa distinta de la que pretendo.

No quiero ocultar la verdad que me mueve. Quiero ser más ingenuo, más niño. Ir con la verdad por delante. Manifestar mis deseos sin ocultarlos en falsas apariencias. Si quiero algo lo digo. Si no lo quiero lo expreso.

No quiero pecar de falsa modestia o pudor. No quiero que los demás vean en mí lo que no soy, lo que no pienso ni deseo.

No quiero actuar con dobles intenciones. Ceder mi puesto a alguien porque yo busco otro puesto. No quiero preguntar sin la intención de querer saber la verdad. No quiero preguntar sin el deseo de aprender.

Tengo miedo de ser un manipulador. Buscando que se cumplan mis deseos sin desvelar la intención que persiguen mis actos. Quiero que la verdad vaya siempre por delante en mi vida.

Tags:
comunicacionpreguntasverdad
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