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Absolutamente todo lo que te pasa tiene que ver con tu felicidad

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 17/10/20

Cuando amo y soy amado, cuando estoy en paz con mi vida, la realidad deja de ser algo violento, algo duro

La Alianza de amor con María es mi camino de santidad. Mirarla a Ella en el Santuario y confiar. Dejar allí mi corazón y recibir a cambio el suyo. Ese intercambio tan desigual que a mí siempre me beneficia.

Parece injusto, pero me alegra. Puedo postrarme allí como hijo y descansar en sus brazos de Madre. Siempre me está esperando aunque yo lo dude.

Porque aplico mis categorías tan mundanas, tan humanas y temo el rechazo. Pienso que si llego sucio Ella no va a querer cuidarme ni limpiar mis manchas. Esa forma de mirar la vida tan limitada, tan pobre…

María no es así. Se alegra simplemente al verme quieto en la puerta, con pudor, con miedo. Me mira, me ama y se acerca hasta mí. Me abraza con ternura y me levanta del suelo.

Y en ese momento experimento su misericordia. Me ama más que yo a mí mismo. Mucho más.

Me sostiene cuando llego roto. Me salva cuando estoy perdido. Me recuerda quién soy cuando yo me olvido. Acaricia mis heridas cuando yo no sé curarme a mí mismo.

Así es mi Madre que no olvida que soy un niño herido. Y me mira con ese amor hondo que me recompone casi sin darme cuenta.

Me cobija en su alma como cuando estaba cobijado en el seno de mi propia madre. Me siento en casa de nuevo, seguro. Es el punto de partida de mi salvación.

Siempre lo ha sido y lo vuelve a ser cada vez que regreso buscando su encuentro. Esa presencia que todo lo transforma en mi vida.

Quiero crecer en este camino de entrega, profundizar en mi Alianza de Amor con María.

A menudo me cuesta tanto comprender y aceptar los planes de Dios… No sé lo que me pide y cuando algo duro sucede en mi vida, no lo acepto.

Miro el futuro y lo vivo con miedo y angustia pensando en todo lo que puedo perder, en todo lo que puede salir mal. Me cuesta tanto vivir con paz y alegría, cobijado en medio de la oscuridad de la cruz.

Tal vez la imagen de Dios que tengo grabada en mi corazón es la que me asusta. Me da miedo acercarme demasiado a Él, no vaya a ser que me pida justo lo que no quiero entregarle, esos planes a los que no quiero renunciar.

En épocas convulsas como la que vivo, se hace más acuciante un cambio de perspectiva, una maduración en mi fe y en mi forma de entender la vida. La crisis actual me confronta con mis límites.

Miro a María que me espera como siempre a la puerta de mi vida. Tengo muy claro que o paso mi vida anclado en Dios y confiado, o me dejo llevar inerme, lleno de amargura, por la corriente de la vida. Decía el padre José Kentenich en 1939:

«Si hemos puesto nuestra vida a entera disposición de nuestra Madre, Ella, de modo similar, también se da totalmente a nosotros: su brazo poderoso, el Niño en sus brazos, la lengua de fuego sobre su cabeza, en su oído el Ave, en sus labios el Magníficat y la espada de siete filos en el corazón»[1].

María viene a mí para rescatarme. No me deja vivir con miedo, incapaz de tomar decisiones. Ella me enseña a luchar por adquirir esa conformidad con la voluntad de Dios que tanto bien me haría.

Me gustaría decir lo que decía un misionero en tiempos de dificultad:

«¡Eso es justamente lo que yo quería!».

No lo es, pero cuando amo y soy amado, cuando estoy en paz con mi vida, la realidad deja de ser algo violento, algo duro.

Me adapto a lo que hay ante mis ojos y saco de todo lo que sucede el mayor provecho. No me entristezco ya tanto con las derrotas y las pérdidas.

Y sé sacar del fracaso la mejor enseñanza. En todo lo que me sucede, permitido o querido por Dios, saco provecho para la vida.

De un mal saco un bien. De una ausencia una ganancia. De una vida en la precariedad un camino para crecer en santidad.

El amor de Dios es tan grande, el amor de María, que lo que me pasa tiene que ver siempre con mi felicidad aunque en el momento me parezca todo lo contrario.

María me ama y por eso descanso en Ella, cobijado en su interior. Soy su hijo, su aliado. Le doy anticipadamente mi «sí» a Dios a la hora de enfrentar la vida y todo lo que en ella pueda sucederme.

Digo que sí, que amo su camino, que soy feliz en lo que me toca enfrentar.  Le entrego de antemano mi disposición a lo que pueda ocurrir. Pongo en sus manos mis miedos. Me fío más de María, mi Madre, que de mí mismo.

[1] J. Kentenich, Segunda acta de fundación 1939

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