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Aceptar el amor que te dan… y también el odio

CALM
Mark Nazh | Shutterstock
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La paz no te la dan las circunstancias: está dentro de ti

Me gustaría tener una actitud de paz y libertad interior. Siempre he admirado esa forma de vivir desapegado, con el corazón confiado, que describe así san Pablo:

«Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado para todo y en todo: la hartura y el hambre, la abundancia y la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta».

Esa forma de vivir la vida es la que yo deseo. Cuando tengo lo que quiero, lo disfruto. Cuando me falta lo necesario, no me amargo.

Tengo puesta mi confianza en Dios, en su bondad, en su amor que me acompaña siempre.

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Me gusta esa forma de reaccionar ante las dificultades. En la escasez no me indigno con la injusticia. En los problemas no me amargo maldiciendo mi suerte. En el dolor no desfallezco.

En los momentos de alegría disfruto y aprovecho lo que Dios me regala. En los momentos de tristeza no me hundo, tengo la mirada puesta en el Dios que va conmigo y me acompaña.

Todo lo puedo en aquel que me conforta. ¿Por qué voy a tener miedo? Estoy entrenado para todo.

No siempre todo va bien

No tengo derecho a que las cosas me vayan bien siempre.

No tengo asegurado el éxito en todas las empresas que emprendo. Dios es bueno y yo confío en su cercanía y cuidado paternal. Él me sostiene, Él me salva. Él me da la vida.

Creo en la promesa que me ha hecho. No va a faltar en mi camino aunque las cosas no funcionen de la forma más adecuada. Va a estar conmigo incluso cuando todo parece derrumbarse.

Me espera al final de mi vida con una fiesta, con un banquete, para agradecerle al cielo todo lo vivido. Para festejar el encuentro.

No merezco la fiesta. Pero sé que es gratuito si al final voy. No voy por merecimientos, sino por el amor que Dios me tiene. Es su bondad la que me salva, no la mía.

Confío en su amor inmenso que va a buscarme por los caminos incluso cuando no merezco ese amor tan grande. Mientras tanto sólo me queda aceptar las cosas en la vida como vienen.

El mal y el bien, los logros y los fracasos, el amor y el desamor. Aceptar la abundancia y la carencia. La soledad y la compañía. El amor y el odio que recibo.

A menudo me indigno con mi mala suerte y no hay en mí esa paz de la que hablo. La tristeza invade mi ánimo y siento el dolor muy dentro.

No tengo lo que anhelo, no acaricio lo que deseo, no soy amado tanto como yo amo. En la suerte dispar juzgo y condeno a aquel al que parece sonreírle la suerte.

Quisiera tener la paz de los hijos de Dios que han encontrado su lugar en la boda. Allí se encuentran felices porque el amor de Dios ha llenado todos los vacíos de su alma.

Paz inamovible

Pero no siempre encuentro la paz. Esa paz que sólo me da el Dios de la paz cuando sale a buscarme. Vivo inquieto buscando mi lugar.

Deseo que las cosas sean como yo sueño. No se corresponde con mis sueños la realidad que es áspera. Comenta Enrique Rojas:

«La prosperidad está siempre en el porvenir, pero la base siempre tiene que ser esta: sentirse bien con uno mismo, tener una cierta paz interior hilvanada en su foro interno de coherencia».

Paz conmigo mismo. Coherencia interior que me da la paz que busco. Es lo que deseo. Estar en paz con la vida que vivo. Con las personas con las que comparto el camino.

La paz con el Dios de mi vida que no me debe nada y yo tampoco le debo nada a Él. En el amor verdadero no hay deudas, sólo entrega gratuita del uno al otro. Esa certeza me da paz.

La paz no me la dan las circunstancias. Está dentro de mí, en lo más profundo. Está en mi alma grabado ese deseo de vivir sólo para Dios.

Vivo así sin miedo en medio de las circunstancias que cambian con el paso del tiempo. No tengo miedo a que la vida se tuerza. No he puesto mi confianza en lo que cambia, en lo pasajero, sino en lo inmutable, en lo permanente.

Y Dios me ha susurrado al oído que nunca me dejará. El otro día un amigo me contaba:

«Mi madre me dijo antes de morirse: – No te preocupes, hijo, nunca estarás solo. Yo nunca te voy a dejar».

Esa certeza le ha sostenido en los momentos más duros de su vida. Así son las personas que me aman. No se van nunca de mi lado.

Cuando ya no están vivas junto a mí, con su presencia física, siguen vivas en su distinta presencia ahora amándome y cuidándome cada día.

Así es Dios que no se aleja de mí cuando más lo necesito. Sostiene mis miedos y levanta mi mirada para que confíe siempre.

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