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Fratelli Tutti: La encíclica que marca un antes y un después

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Shutterstock | Daniel Andres Garzon
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Una mirada desde América Latina a Fratelli Tutti y su impacto en un continente con las inmensas desigualdades pero con las mayores potencialidades de fraternidad

Apenas la encíclica Fratelli Tutti fue conocida – más no necesariamente leída – se escucharon opiniones de todos los tenores, en algunos países del continente con aparente más eco que en otros. Pero, al leer algunas crónicas europeas, pareciera que en América Latina ha resonado con mayor fuerza. Se comprende por ser un continente cuyos problemas sociales, injusticias y carencias, sirven de caja de resonancia a un mensaje de fondo acerca de la solidaridad y la compasión.

Viendo la trilogía (Laudato Si en 2015, el documento sobre la fraternidad humana en el 2019 y ahora Fratelli Tutti este año) da la impresión de que no hace falta más para que apreciemos lo que el Santo Padre, como decimos en América en lenguaje beisbolero, «traía en la bola». ¿Será su última encíclica? No lo sabemos, pero claramente ha dejado constancia de sus temas cardinales en medio de una transición epocal.

Una lectura marcada por cada realidad concreta

Un reciente escrito del Cardenal Baltazar Porras Cardozo, Administrador Apostólico de Caracas, dejaba ver el punto focal del contenido de la encíclica:

«El Papa Francisco nos regala su tercera carta Encíclica sobre la fraternidad y la amistad social. No sorprende su contenido porque está en continuidad con su pensamiento, gestos y acción a lo largo de sus siete años de pontificado (…) Le ha tocado al Papa Francisco vivir en un momento de la historia donde afloran infinidad de conflictos, productos del egoísmo y la exclusión, a la par que abundan documentos pregonando valores y virtudes que no se ponen en práctica (…) El extenso documento hay que leerlo desde la realidad concreta de cada pueblo. Estando dirigido al mundo entero, toca discernir con cuidado para no quedarnos en ver la paja en el ojo ajeno ignorando la viga que está en el nuestro».

Y allí está la clave. La lectura y reflexión que cada país y cada pueblo hagan de esta encíclica estará marcada por su realidad, sus problemas y vivencias, sus frustraciones y anhelos. El Papa nos llama a una conversión en medio de los pueblos y sus culturas. Un escrito universal como lo es Fratelli Tutti, hay que leerlo desde su especificidad, en nuestro caso, América Latina.

No faltaron dudas y confusiones – unas inducidas y otras genuinas – sobre el documento. El pontífice va a la raíz de los conflictos de nuestras sociedades y no es complaciente con los males que originan las desigualdades y brechas en nuestras sociedades. Lo hace con la precisión de un estilete florentino, lo que no deja a nadie indiferente y genera resistencias. No obstante, las verdades pueden más que las reservas, los “ruidos” y los sigilos.

El arzobispo de La Plata (Argentina), Víctor Manuel Fernández, publicó un escrito en el portal Infobae el pasado 4 de octubre titulado «¿Qué propone Francisco en Fratelli Tutti?». Entre otras cosas, expresaba:

«El problema es que en nuestro país muchos interpretan mal este mensaje humanista y social de Francisco, como si él pretendiera que las personas vivan de subsidios, sin trabajar. La realidad es todo lo contrario. Francisco siempre afirma que lo importante no es repartir, sino que ‘lo verdaderamente popular –porque promueve el bien del pueblo– es asegurar a todos la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus capacidades, su iniciativa, sus fuerzas’ (…) Por eso llega a afirmar algo tan claro como esto: ‘No existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo’. Entonces me parece incomprensible que algunos periodistas insistan en decir que Francisco fomenta la vagancia y la dejadez. ¿No saben leer o hay otras intenciones?».

Uno de los más atractivos párrafos para los latinoamericanos es aquél donde el pontífice reclama la memoria histórica frente a las dictaduras y condena con dureza el terrorismo de Estado. Para quienes hemos vivido y vivimos en este continente, eso tiene una resonancia crucial. Nuestros países han sido y son, si no víctimas de hecho, potenciales objetivos de los gobiernos de fuerza que asolan a varios de nuestros países.

Encíclica pionera

Desde México, un foro virtual resultó un buen encuadre, no sólo por los ponentes, sino porque manejan un conocimiento de la encíclica que les permite proyectar sus efectos en la estructura eclesial latinoamericana sobre la cual conocemos sus fortalezas y debilidades.

Alguien señaló algo muy puntual: es la primera vez en una encíclica social que un papa ha entrado en la cuestión de cómo crear consensos en situaciones de conflicto y polarización en las cuales se encuentran varias naciones de América Latina como Venezuela y su propio país, Argentina.

Argentina tiene en estos momentos todos los problemas de un país latinoamericano, con un gran hueco económico social pero agrega una situación de mucha tensión entre los factores de poder. Los problemas internos de ese país son muy gruesos.

Para los latinoamericanos, pueblo es identidad

Como el resto del mundo, tenemos una Iglesia herida, necesitada de sanación y un mundo fracturado. La prédica del Santo Padre es encontrar unidad a través de la fraternidad. Rafael Luciani, teólogo venezolano radicado en el Boston College, destacó:

“Si se asume la fraternidad como proyecto y camino de conversión, tiene consecuencias. La fraternidad es paradigma y paradoja. Si no se asume puede llegar a producir el quiebre de la humanidad. El ejemplo es Caín y Abel. La encíclica no enumera soluciones sino que nos invita a pensar en este momento donde, ni Iglesia ni sociedad tienen claridad. La palabra pueblo que, en América Latina, es algo que confiere identidad a un conjunto, esto es particularmente importante.

Es en este continente donde el Concilio se recibe de manera colegiada y eso se expresó en lo que, en su momento, se llamó pastoral de conjunto. Nunca se repitió en otro contexto o continente por más que se ha intentado. Pero nuestras identidades, hoy, se encuentran en un proceso de fragmentación y es por ello que Francisco asoma un concepto que permite reconstruir esa fragmentación, y lo llama «amistad social”.

Las encerronas de América Latina*

En este continente estamos encerrados entre dos paredes: izquierda y derecha, lo cual conduce a otras dos trampajaulas, los nacionalismos y los populismos. En el medio, está en riesgo la posibilidad de que se desarrolle una ciudadanía fuerte que haga valer los derechos porque la unidad es débil. No somos sujetos sino objetos, incapaces de tomar el control de nuestra propia historia, de decidir nuestro destino. «El pueblo –precisa Luciani- no es los pobres, es la unidad desde nuestras propias realidades nacionales en torno a un proyecto común».

De no ser así, una minoría impone su ideología a las mayorías desprovistas de fuerza y claridad. Si no entendemos que pueblo somos todos, vamos directo a las grandes desgracias del continente: el populismo que ve al pueblo como a «los pobres» o el nacionalismo para el cual el pueblo no es más que minorías en conflicto y se impone una sobre la otra. El Papa habla de encuentro como cultura, no como práctica meramente.

Pueblo y cultura, en América Latina, se entienden diferente a como se entienden en otras latitudes. Para nosotros es identidad. De allí que el Papa lo valora diferenciando globalización de localización, en otras palabras, se trata de recuperar la identidad en interacción con un mundo más amplio. Por eso privilegia la idea de la Iglesia en salida pero como hospital de campaña, esa Iglesia samaritana que nace en la teología latinoamericana; una Iglesia de encuentro y no de indiferencia que asume al otro más allá de la propia realidad de creencias religiosas.

A la igualdad y libertad les falta la fraternidad que implica, necesariamente, universalidad. El llamado es a rescatar la fraternidad. No sólo hermanos, sino hermanos todos. Pero la fraternidad y la amistad social remiten a contextos más particulares que lo social que es el colectivo, lo más general y abstracto. La amistad es un término que refiere a lo comunitario e intersubjetivo –yo y el otro- , el gran «nosotros», la comunidad de intereses que es el ductus del planteo cristiano.

Doble novedad para América Latina

Lo primero, ratificar la primacía de lo social por el hecho de que somos el continente de mayor desigualdad, sin embargo, con las mayores potencialidades de fraternidad por ser una comunidad de historia, de tradiciones, de idioma y de fe. Eso no se repite en el mundo. Ni siquiera en Europa que está ahora enfrentando graves problemas de orden cultural.

En América Latina hay una tarea pendiente y es justamente lo social. Hay, también, reservas y palancas promisorias de esperanza y fraternidad. En el Papa Francisco no es frecuente el énfasis en lo político, más bien se centra en lo socio económico y ello tiene una razón con raíces en la propia historia reciente de la Iglesia y sus luchas por definir su papel en el mundo ante los totalitarismos agobiantes.

De alguna manera, Francisco rescata aquello de Pío XI a Mussolini en 1937, en una carta a los estudiantes, en el sentido de que la política era la manera más sublime de ejercer la Caridad. Aquello iba directamente contra el dictador, quien sostenía que la Iglesia no debía meterse en política. Ello quedó como un reclamo de la doctrina a los regímenes totalitarios que pretenden ser los ductores de la vida de la sociedad.

El Papa reivindica el valor de la política como ordenadora de la vida común a partir de dos hechos centrales: el conflicto y el poder. Y es lógico que ponga allí el acento puesto que el poder divide por naturaleza: se trata de uno que manda y otro que obedece o se rebela y es aplastado.

Pero, de acuerdo a la cita de Pío XI, la política tiene que estar ligada a lo social. Francisco resalta el valor simbólico del samaritano, la solidaridad como base de su concepto de «amistad social». Su amistad, por ejemplo, con el imán egipcio de quien lo distingue una marcada diferencia religiosa y aún, el telón de fondo del terrorismo, lleva también una carga simbólica. Fue un tema de enorme controversia el escrito conjunto entre ambos. Pero prueba que allí hay una amistad que trasciende a sus comunidades y va más allá de sus condicionantes, por el bien de sus pueblos.

En segundo lugar, no debe ser leída en términos demasiado parroquiales pero es absolutamente pertinente que cada pueblo y cada Iglesia – pueblo de Dios – debe asumirla desde sus propias realidades. La efectividad y el calor con que le den cabida a los planteos de esta encíclica es fundamental para enraizarse y surtir los efectos deseados.

La presencia pública del laicado: otra deuda

¿Se impondrán estas enseñanzas, tan oportunas para la humanidad, a los movimientos contra Francisco? ¿Se sentirá la Iglesia Latinoamericana interpelada por este llamado para poner en marcha su maquinaria institucional en función de producir una respuesta? ¿Trabajarán nuestros cerebros para dar cuerpo a esas propuestas? La interrogante surge porque la Iglesia en esta continente ha venido mostrando falencias y retrocesos.

¿Cómo ignorar, por ejemplo, el problema de las sectas y el avance de otras religiones y creencias, aparte de sus propios conflictos internos? Un ejemplo histórico típico es lo ocurrido en la Iglesia chilena la cual, hasta hace algunos años era, al menos en versión de habla hispana, la referencia en coherencia y lucidez; hoy, su honra, prestigio y su institucionalidad han sufrido un gran revés, aunque hace considerables esfuerzos por superarlo.

Es un enorme desafío para la Iglesia, pues todo planteo papal tiene en la Iglesia su principal ejecutora como comunidad de fe. ¿Cuál será la reacción orgánica, principalmente de los episcopados latinoamericanos y su estructura que incluye a los laicos? ¿Tendrá los resortes para cumplir esa misión? Ya sabemos que la presencia organizada en las esferas públicas del laicado en el continente es muy débil, tanto en la política como en la academia, en la ciencia, en la sociedad civil y en el arte, sus campos de acción específicos porque allí cuadra, de manera fundamental, la presencia del laicado.

La Iglesia en salida, sirviendo a las sociedades latinoamericanas, ganaría en articulación, perspectiva y coherencia. Se impone, entonces, un reajuste en la Iglesia para servir mejor a la sociedad. Ese es, tal vez, el giro que más preocupa a Francisco y por ello, en la encíclica, dibuja esos retos básicos y sugiere las vías para abordarlos con éxito.

El nuevo Arquímedes

Como las críticas al Papa Francisco surgen mayormente de los sectores ultraconservadores, requerimos para Aleteia la opinión de un economista y filósofo liberal, Polo Casanova, quien reconoce lo siguiente:

«El Papa Francisco se va a convertir en una especie de Arquímedes para la Civilización Occidental y para la religión Cristiana porque está dando el instrumento, y la barra necesaria para relanzarla, para moverla. Un caso parecido a lo que los Economistas llamamos «los Costos de Transacción», que fueron develados por el Economista Británico Ronald Coase , en una Conferencia en 1932, publicada en 1937, debido a la cual le fue concedido el Premio Nobel en 1991; al Profesor Coase los economistas liberales como yo lo llamamos «el Arquímedes de la Economía Política Liberal» porque demostró que los Costos de Transacción “en una economía centralmente planificada» serían impagables.

Con el Papa Francisco sucede exactamente lo mismo, está sentando los basamentos para reenviar la Civilización Occidental , el Cristianismo , y la religión Cristiana al futuro con una fuerza indetenible , como si usará una palanca para mover al mundo, ofreciéndole los basamentos de seguridad , de resiliencia y de potencia para continuar con una gran fortaleza hacia los próximos siglos”.

Todo ello, a pesar de que algunos diarios del continente titularon: Francisco arremete contra el “dogma de fe neoliberal” y proclama un nuevo orden mundial para el mundo postpandemia.

Si el Papa Juan Pablo II se enfocó en la Nueva Evangelización, el Papa Francisco le brinda continuidad empeñado, como un samaritano, en curar las heridas que hoy tiene el mundo moderno. Señala campos de acción en el mundo de la fraternidad, de la ecología y de la justicia social. Es un macro mensaje para América Latina que marca un antes y un después. Debemos escuchar, discernir y asumir.

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