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¿Somos empáticos y compasivos con los demás?

ZUPA W KATO
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La empatía y la compasión nos permiten conectar de manera profunda con los demás y salir adelante en tiempos difíciles.

Se habla mucho sobre la importancia de mantenernos conectados para enfrentar los desafíos, el miedo y la incertidumbre de la pandemia, pero ¿qué significa estar conectado de verdad con otro? y ¿qué sucede cuando eso ocurre?

Estar conectados es algo más que comunicarse. Se trata de ser capaz de mirar al otro y entrar en su mundo, ponerse en su lugar, entenderlo y hacer algo por él. Uno de los ejemplos que muestran este tipo de conexión es la parábola del buen samaritano relatada por el mismo Jesús en el Evangelio de San Lucas.

Luego de que un hombre cayó en manos de ladrones, fue golpeado hasta quedar medio muerto tirado al lado del camino. Un sacerdote y un levita que habían pasado por ahí al verlo siguieron de largo, pero un samaritano que también pasó por ahí se compadeció de él, le curó las heridas, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó.

No se trataba de que el sacerdote o el levita fueran malas personas, sino que simplemente no habían tenido la capacidad para conectar con ese hombre necesitado como sí lo hizo el samaritano. Si lo trasladamos a nuestra vida hoy todos estamos necesitando de algún tipo de ayuda, ¿porque hay gente que se conecta, se compadece y otras que no?

Un estudio realizado en el Seminario Teológico de Princeton explicó que la respuesta es una cuestión de enfoque. A un grupo de estudiantes se les dijo que iban a dar un sermón de práctica y a cada uno se le dio un tema para exponer. A la mitad de esos alumnos se les dio como tema la parábola del buen samaritano y a la otra mitad, temas bíblicos aleatorios.

Luego se les dijo, uno a uno, que tenían que ir a otro edificio y dar el sermón. Mientras iban desde el primer edificio hasta el segundo todos se cruzaron con un hombre que estaba encogido, se quejaba y estaba claramente necesitado, pero el hecho de que algunos estudiantes conocieran la parábola, no hizo ninguna diferencia.

Según los resultados lo que determinó que alguien se detenga a ayudar o no, tenía que ver con cuánta prisa la persona tenía, si llegaba tarde o estaba tan absorto en lo suyo pensando en lo que tenía que hacer, que el otro pasaba inadvertidamente. Es suma, no tomamos todas las oportunidades para ayudar porque nuestro foco apunta en la dirección equivocada.

Esto lo hemos visto en el desarrollo de la pandemia. Al principio prevalecía la supervivencia individual con compras masivas y una especie de ego para no contagiarse. Luego se pasó a una etapa más consciente de pensar en el vecino, de incorporar hábitos de cuidado comunitario y mirar a los que estaban solos o con otras necesidades y echarles una mano.

Muchas personas comenzaron a involucrarse, a hacer compras para los demás, a llamarles o darles conversación, a cuidar a hijos o sobrinos de padres que tenían que trabajar y volverse de alguna manera “mejores personas” en una situación crítica.

Lo primero fue la empatía al ponerse en el lugar del otro, pero luego apareció la compasión que fue dar un paso más y hacer algo que no necesariamente gustaba, que podía generar un esfuerzo o implicar renunciar a algo valioso como el tiempo o el dinero, tal como lo hizo el buen samaritano.

Conectarse no se trata de tener un sentimiento de lástima poniendo al otro en un estrato inferior, sino de ocupar el mismo lugar y ser uno con el otro. No solo ver, sino entender la necesidad y lo que es bueno que esa persona reciba en ese momento y buscar dárselo.

Al poner el foco en uno mismo estamos pensando qué es lo haríamos nosotros. Revolvemos en nuestro mundo de experiencias y nos resulta más fácil juzgar, pero la verdad es que hay muchas cosas que no somos capaces de ver. Solo cuando el foco está centrado en el otro, es cuando se abre la posibilidad de poder entenderlo.

La conexión puede darse al punto de llegar a “sentir con esa persona” gracias a las llamadas “neuronas espejo”. Estas actúan como una conexión inalámbrica neuronal activando en nuestro cerebro exactamente las áreas activadas en el cerebro del otro. Nos identificamos y si esa persona está necesitada o está sufriendo, estamos listos para ayudar.

La neurociencia social, responsable de estudiar los circuitos que se activan en los cerebros de dos personas que están interactuando, sugiere que ayudar es la reacción automática. Incluso cuando vivimos una tragedia y estamos a la defensiva, luego lo normal es que nazca un deseo altruista. Uno tiene ganas de ayudar a los demás porque conoce lo que es el sufrimiento. El problema es que vivimos cada vez con más distracciones.

Si estamos preocupados como tantas veces lo estamos a lo largo del día, realmente no percibimos al otro del todo. Cometemos el error de pensar que si no dice nada todo está bien, pero todos sabemos que las personas no comunican todo con palabras. Están el tono de voz y su lenguaje no verbal y eso requiere atención.

La Harvard Business Review publicó un artículo titulado «El momento humano» que habla precisamente de cómo crear un contacto real con una persona en el trabajo y dice que lo más importante es apagar el móvil, cerrar el ordenador y poner toda la atención en el otro.

El peligro de vivir desconectado es que, aun sabiendo mucho, podemos llegar a estar atrapados en una especie de burbuja de la que no podemos salir para amar. Los asesinos pueden ser personas muy inteligentes pero no sienten compasión por sus víctimas. Hay una parte de ellos que claramente se ha desconectado para ser capaces de hacer algo tan terrible.

Otro estudio realizado por el Instituto Max Planck describe tres tipos de empatía que se activan, cada una utilizando una parte específica del cerebro. El primero es la empatía cognitiva. Entendemos lo que otros piensan y vemos su punto de vista.

El segundo es la empatía emocional. Sabemos cómo otros se sienten porque también lo sentimos.

Y el tercero, es la preocupación empática, donde tomamos un sentimiento propio que tenemos como la misericordia o la ternura y lo ponemos en práctica con otros.

Este estudio sugiere como ejercicio enfocarse en la preocupación empática, que es la base de la compasión, para volvernos más compasivos y pensar en alguien con quien estés agradecido y le desees que sea feliz. Después, desear eso para ti, para la gente que quieres, familiares y amigos y luego incluir gente que conoces en tu trabajo o en tu comunidad hasta extenderlo a todo el mundo.

Ese deseo ayuda a enfocarnos hacia afuera y puede expresarse de muchas maneras en lo cotidiano: dando atención, dinero, escuchando, haciendo una obra de caridad. En un tiempo de crisis y cambios turbulentos, será importante ser capaces de conectar verdaderamente con los demás. Podríamos ser samaritanos, pero también un hombre tirado a un lado del camino.

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