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Papa Francisco: ¿En qué consiste una buena política?

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«Fratelli Tutti», la encíclica del Papa, una llamada a construir una civilización sin odio, polarización y fanatismo intolerante

“La sociedad cada vez más globalizada nos hace más cercanos, pero no más hermanos», el papa Francisco observa en su tercera encíclica, «Fratelli Tutti», tendencias que desfavorecen la fraternidad humana universal que debe promoverse no sólo con palabras, sino con hechos. Hechos que se concreten en la “mejor política”.

«Para muchos la política hoy es una mala palabra, y no se puede ignorar que detrás de este hecho están a menudo los errores, la corrupción, la ineficiencia de algunos políticos. A esto se añaden las estrategias que buscan debilitarla, reemplazarla por la economía o dominarla con alguna ideología» (176).

Ante las «sombras de un mundo cerrado», el pontífice dedicó, precisamente, el capítulo quinto a este argumento fundamental para combatir la ‘mala política’ que alimenta desesperanza, polarización y desconfianza en la sociedad, obstáculo al diálogo y a la convivencia.

El marco es el deterioro de la ética y el debilitamiento de los valores sociales, culturales y espirituales. La manipulación, advierte el Papa, de grandes palabras: libertad, democracia y unidad.

«Me permito volver a insistir que «la política no debe someterse a la economía y esta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia» (177).

Francisco invita al diálogo, alimentar la cultura del encuentro por una política que respete la dignidad ajena, integre las diferencias, garantice una paz real, reconocer al otro el derecho de ser él mismo, recuperando la amabilidad. La política es la más alta forma de caridad, advierte el Papa: El buen samaritano va ayudar al hombre herido y no le pregunta por quien vota o que ideas políticas tiene.

«El amor al prójimo es realista y no desperdicia nada que sea necesario para una transformación de la historia que beneficie a los últimos. De otro modo, a veces se tienen ideologías de izquierda o pensamientos sociales, junto con hábitos individualistas y procedimientos ineficaces que sólo llegan a unos pocos» (165).

La política que difunde violencia y hostilidad hunde la fraternidad humana en la penumbra de la división y de la guerra. ¿Quién es mi prójimo? ha preguntado más de una vez el Papa. San Agustín diría, Adán, es decir, es el hombre. Todos los hombres. Es el hermano. No olvidemos, lo que nos dice el Papa: Las personas amables son un «milagro», «una estrella en medio de la oscuridad». Son ellas las que cambian el mundo (Encíclica ‘Fratelli Tutti’).

Francisco propone el “amor en la política” y para un político católico esto podría significar, fortalecido en la oración y en su fe, salir a amar al prójimo, sobretodo al necesitado y al frágil, incluso no considerar al adversario de partido como un enemigo, sino como una extensión de su propia humanidad que trasciende en el encuentro con el otro. “El auténtico diálogo social supone la capacidad de respetar el punto de vista del otro”, escribe el Papa.

«Reconocer a cada ser humano como un hermano o una hermana y buscar una amistad social que integre a todos no son meras utopías» (180).

«Fratelli Tutti» llama hacia un orden social y político distinto. “La caridad social nos hace amar el bien común y nos lleva a buscar efectivamente el bien de todas las personas, en la dimensión social que las une”. Así, la encíclica es un himno a la fraternidad: Reconocer a cada ser humano como un hermano o hermana, integrando a todos.

«Ante tantas formas mezquinas e inmediatistas de política, recuerdo que «la grandeza política se muestra cuando, en momentos difíciles, se obra por grandes principios y pensando en el bien común a largo plazo» (178). .

Ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de la propia vida en el mundo de la política. Fuerte es el llamamiento del Papa a eliminar definitivamente el tráfico, la “vergüenza para la humanidad” y el hambre, que es “criminal” porque la alimentación es “un derecho inalienable”.

La buena política concebida por Francisco requiere estar al servicio del bien común, no solamente buscar votos, pensar con una visión generosa e incorporar el diálogo interdisciplinario, fomentar el crecimiento personal, desarrollar una economía que favorezca la diversidad productiva y empresarial, respetando las personas y la casa común.

Todo lo anterior es útil para la reflexión delante a políticos populistas que explotan cada vez más los símbolos cristianos como fetiches en campaña electoral. Se ha vuelto práctica común aprovecharse del Santo Rosario y de la Santa Cruz con fines propagandísticos, sin considerar mínimamente el peligro de escandalizar a los más pequeños.

Los arquetipos del amor, de la ternura y del sacrificio extremo, son vilipendiados para ganar votos. Con ojos en la actualidad, el político que hace mal uso de los símbolos cristianos para dividir y vencer aumentando su capital electoral con fines sectarios y una ‘supuesta defensa pro-vida’, se comporta como los ‘mercantes’ que invadieron el templo sagrado de la fraternidad humana.

Jesús es respetuoso y busca salvar la dignidad de toda persona. Francisco nos dice que de todos se puede aprender algo, nadie es inservible, nadie es prescindible. La defensa de la vida es total: El aborto no es de Dios, tampoco lo es separar al niño migrante de su mamá por leyes migratorias inhumanas o dejar ahogar a migrantes niños, mujeres y hombres en el mar.

El insano populismo – denuncia el Papa – se convierte en la habilidad de alguien para cautivar al pueblo y, a «veces busca sumar popularidad exacerbando las inclinaciones más bajas y egoístas de algunos sectores de la población. Esto se agrava cuando se convierte, con formas groseras o sutiles, en un avasallamiento de las instituciones y de la legalidad» (159).

El amor rompe cadenas y tiende puentes. El populismo niega la fraternidad porque contrapone a las personas considerándolas objetos para explotar y así estos “mercantes” de la política explotan también la fe del ‘Pueblo de Dios’ como un objeto cualquiera. El llamado del Papa es avanzar en una civilización del amor donde todos somos convocados.

«Lo verdaderamente popular —porque promueve el bien del pueblo— es asegurar a todos la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus capacidades, su iniciativa, sus fuerzas» (162).

La caridad necesita de la luz de la verdad, que es también la de la fe y de la razón. Francisco cita varias veces a Benedicto XVI, quien afirmó que la Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por ‘atracción’. Una invitación a evangelizar con el ejemplo, el testimonio, el propio comportamiento. Esto con todo su peso vale para los católicos que entran y participan en política.

«Esta caridad política supone haber desarrollado un sentido social que supera toda mentalidad individualista: «La caridad social nos hace amar el bien común y nos lleva a buscar efectivamente el bien de todas las personas, consideradas no sólo individualmente, sino también en la dimensión social que las une» (182).

También es tarea de la política encontrar una solución a todo lo que atente contra los derechos humanos, como la exclusión social; el tráfico de órganos, tejidos, armas y drogas; la explotación sexual; el trabajo esclavo; el terrorismo y el crimen organizado, indica el Papa.

En fin, “La mejor política”, es también la que tutela el trabajo, “una dimensión irrenunciable de la vida social” y trata de asegurar que todos tengan la posibilidad de desarrollar sus propias capacidades.

«El amor social es una «fuerza capaz de suscitar vías nuevas para afrontar los problemas del mundo de hoy y para renovar profundamente desde su interior las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos» (183).

La mejor ayuda para un pobre, explica el Papa, no es sólo el dinero, que es un remedio temporal, sino el hecho de permitirle vivir una vida digna a través del trabajo. La verdadera estrategia de lucha contra la pobreza no es el asistencialismo, sino promover la solidaridad y la subsidiariedad. «El mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal» (168).

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