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7 claves de la Encíclica “Fratelli tutti” del Papa Francisco 

HUMAN FRATHERNITY
Vincenzo PINTO | AFP
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Hermanos todos, la primera encíclica social en la época de la grave emergencia sanitaria que azota el mundo.

Un diminuto virus arrodilló a la humanidad entera, ahora Francisco le invita a levantarse de la Unidad de Cuidados Intensivos, le toma de la mano e invita a los hombres y a las mujeres aún aturdidos por el dolor a construir un mundo más justo y fraterno en sus relaciones cotidianas, en la vida social, en la política y en las instituciones.

En medio de las cenizas, la voz de Francisco se alza a favor de la fraternidad, clave para reconstruir un nuevo mundo post pandemia.  El 266 pontífice de la Iglesia Católica, se inspira a San Francisco de Asís (1182 – id., 1226), conocido en el catolicismo como el santo “pobrecillo” debido a que renunció a los bienes terrenales para ponerse al servicio de los últimos.

La atención al bien común y la preocupación por el desarrollo humano integral, de hecho, conciernen a la humanidad y todo lo que es humano concierne a la Iglesia, según los principios del Evangelio (276-278).

A continuación, siete claves de la encíclica ““Fratelli tutti” (Hermanos todos) del papa Francisco:

1
No a la cultura de los muros

Francisco insiste que los problemas globales requieren una acción global, que necesita decir no a la “cultura de los muros”.  En el primer capítulo, “Las sombras de un mundo cerrado”, el texto se centra en las distorsiones de la época contemporánea: la manipulación y la deformación de conceptos como democracia, libertad o justicia.

Asimismo, subraya la pérdida del sentido de lo social; la prevalencia de una lógica de mercado basada en el lucro y la cultura del descarte; el desempleo, el racismo, la pobreza; la desigualdad y sus aberraciones, como la esclavitud, la trata, las mujeres sometidas y luego obligadas a abortar, y el tráfico de órganos (10-24).

El Papa alarma también contra una “cultura de los muros” que favorece la proliferación de mafias, alimentadas por el miedo y la soledad (27-28). Además, hay un deterioro de la ética (29) a la que contribuyen los medios de comunicación que rompen el respeto por el otro y crean círculos virtuales autorreferenciales, en los que la libertad es una ilusión y el diálogo no es constructivo (42-50).

2
Construir puentes

Francisco pide responder al mal con esperanza y testimonio: el del Buen Samaritano. En el segundo capítulo, “Un extraño en el camino”, el Papa destaca que, en una sociedad enferma que es “analfabeta” en el cuidado de los débiles (64-65), todos están llamados – al igual que el buen samaritano – a estar cerca del otro (81), superando prejuicios, intereses personales, barreras históricas o culturales.

Todos, de hecho, somos corresponsables en la construcción de una sociedad que sepa incluir, integrar y levantar a los que han caído o están sufriendo (77). El amor construye puentes y estamos “hechos para el amor” (88), añade el Papa, exhortando en particular a los cristianos reconocer a Cristo en el rostro de todos los excluidos (85).

El principio de la capacidad de amar según “una dimensión universal” (83) se retoma también en el tercer capítulo, “Pensar y gestar un mundo abierto”: en él, Francisco exhortó a “salir de nosotros mismos” para encontrar en los demás “un crecimiento de su ser” (88), abriéndonos al prójimo según el dinamismo de la caridad que nos hace tender a la “comunión universal” (95).

3
No al virus del individualismo

Francisco sostiene que los derechos no tienen fronteras. Promover la educación para el diálogo con el fin de derrotar al “virus del individualismo radical” (105) y lograr que todos den lo mejor de sí mismos. A partir de la tutela de la familia y del respeto por su “misión educativa primaria e imprescindible” (114).

Una sociedad fraterna se construye, según el Papa con dos ingredientes: “benevolencia”, es decir, el deseo concreto del bien del otro (112), y la “solidaridad” que se ocupa de la fragilidad y se expresa en el servicio a las personas y no a las ideologías, luchando contra la pobreza y la desigualdad (115).

Los derechos no tienen fronteras, entonces nadie puede quedar excluido, independientemente de donde haya nacido (121). Así, invita a desarrollar “una ética de las relaciones internacionales” (126), porque todo país es también del extranjero y los bienes del territorio no pueden ser negados a los necesitados.

4
Proteger a los inmigrantes

El Papa también habla de los Migrantes y exhorta a una gobernanza mundial que piense en proyectos a largo plazo. Así dedica al clamor de los migrantes parte del segundo y todo el cuarto capítulo, “Un corazón abierto al mundo entero”, con sus “vidas que se desgarran” (37), huyendo de guerras, persecuciones, desastres naturales, traficantes sin escrúpulos, desarraigados de sus comunidades de origen, los migrantes deben ser acogidos, protegidos, promovidos e integrados.

Hay que evitar migraciones no necesarias, afirma el Pontífice, creando en los países de origen posibilidades concretas de vivir con dignidad. Pero al mismo tiempo, el derecho a buscar una vida mejor en otro lugar debe ser respetado. En los países de destino, el equilibrio adecuado será aquel entre la protección de los derechos de los ciudadanos y la garantía de acogida y asistencia a los migrantes (38-40).

El Papa invita a simplificar la concesión de visados a quienes escapan de las  guerras; abrir corredores humanitarios. También invita a establecer la “ciudadanía plena”, renunciando al uso discriminatorio del término “minorías” (129- 131). El otro diferente de nosotros es un enriquecimiento para todos, escribe el Papa, porque las diferencias representan una posibilidad de crecimiento (133-135). Una cultura sana es una cultura acogedora que sabe abrirse al otro, sin renunciar a sí misma, ofreciéndole algo auténtico (145-146).

5
Popularismo sí, populismo no: Hay que reformar la ONU

En la encíclica social, no podía faltar una referencia a la política como una de las formas más preciosas de la caridad. El tema del quinto capítulo es “La mejor política” (180) que sabe de la importancia del pueblo, abierto a una confrontación pacífica y el diálogo (160). De ahí, el popularismo indicado por Francisco, que se contrapone a ese “populismo” que atrae consensos para instrumentalizar el pueblo a su propio servicio y fomentando el egoísmo para aumentar su popularidad (159).

Entretanto, la mejor política es también la que tutela el trabajo, “una dimensión irrenunciable de la vida social” y trata de asegurar que todos tengan la posibilidad de desarrollar sus propias capacidades (162). La mejor ayuda para un pobre, explica el Papa, no es sólo el dinero, que es un remedio temporal, sino el hecho de permitirle vivir una vida digna a través del trabajo.

La verdadera estrategia de lucha contra la pobreza no tiene por objeto simplemente contener a los indigentes, sino promoverlos desde el punto de vista de la solidaridad y la subsidiariedad (187). También es tarea de la política encontrar una solución a todo lo que atente contra los derechos humanos fundamentales, como la exclusión social; el tráfico de órganos, tejidos, armas y drogas; la explotación sexual; el trabajo esclavo; el terrorismo y el crimen organizado.

La política debe decir  no a la corrupción, al mal uso del poder, a la falta de respeto por las leyes (177). Se trata de una política no sujeta a las finanzas porque “el mercado solo no resuelve todo”: los “estragos” provocados por la especulación financiera lo han demostrado (168).

Una parte de la solución está en el apoyo de los movimientos, verdaderos “poetas sociales” y “torrentes de energía moral”, indica Francisco y deben involucrarse en la participación social, política y económica, sujetos, sin embargo, a una mayor coordinación. De esta manera se puede pasar de una política “hacia” los pobres a una política “con” y “de” los pobres (169).

Francisco pide una reforma de las Naciones Unidas: frente al predominio de la dimensión económica que anula el poder del Estado individual, de hecho, la tarea de las Naciones Unidas será la de dar sustancia al concepto de “familia de las naciones” trabajando por el bien común, la erradicación de la pobreza y la protección de los derechos humanos (173-175).

6
No olvidar ni Auschwitz ni Hiroshima

En el séptimo capítulo, “Caminos de reencuentro”, el Papa destaca que la paz está ligada a la verdad, la justicia y la misericordia. Lejos del deseo de venganza, es “proactiva” y tiene como objetivo formar una sociedad basada en el servicio a los demás y en la búsqueda de la reconciliación y el desarrollo mutuo (227- 229).

La paz es un “oficio” que involucra y concierne a todos y en el que cada uno debe desempeñar su papel. La tarea de la paz no da tregua, continúa el Papa, y por lo tanto es necesario poner a la persona humana en el centro de toda acción (230-232).

Ligado a la paz está el perdón: se debe amar a todos sin excepción, dice la Encíclica, “pero amar a un opresor no es consentir que siga siendo así; tampoco es hacerle pensar que lo que él hace es aceptable”. Es más: los que sufren la injusticia deben defender con firmeza sus derechos (241-242). El perdón no significa impunidad, sino justicia y memoria, porque perdonar no significa olvidar, sino renunciar a la fuerza destructiva del mal y al deseo de venganza.

No hay que olvidar nunca “horrores” como la Shoah, los bombardeos atómicos en Hiroshima y Nagasaki, las persecuciones y las masacres étnicas – exhorta el Papa –. Remarca mantener viva la llama de la conciencia colectiva. Es igualmente importante recordar a los buenos, aquellos que han elegido el perdón y la fraternidad (246-252).

7
Garantizar la libertad religiosa

En el octavo y último capítulo, el Obispo de Roma se ocupa de “Las religiones al servicio de la fraternidad en el mundo” y reitera que la violencia no encuentra fundamento en las convicciones religiosas, sino en sus deformaciones.

Condena los actos terroristas, que no se deben a la religión, sino a interpretaciones erróneas de los textos religiosos, así como a políticas de hambre, pobreza, injusticia, opresión. El terrorismo no debe ser sostenido ni con dinero ni con armas, porque es un crimen internacional (282-283).

Al mismo tiempo, el Papa subraya que es posible un camino de paz entre las religiones y que, por lo tanto, es necesario garantizar la libertad religiosa, un derecho humano fundamental para todos los creyentes (279).

Por último, recordando a los líderes religiosos su papel de “auténticos mediadores” que se dedican a construir la paz, Francisco en nombre de la fraternidad humana, hace un llamamiento para que se adopte el diálogo como camino, la colaboración común como conducta y el conocimiento mutuo como método y criterio (285).

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