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Cuando nuestros defectos nos hacen sufrir, ¿cómo ver su lado bueno?

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Nuestra vida es como escalar una montaña por caminos que muchas veces no elegimos, y que, además de mal equipados, lo hacemos pasando por lugares peligrosos.

Lo cierto es que a lo largo de la vida no podemos obviar ni nuestras virtudes, ni los defectos. En nuestro caminar encontraremos piedras y, en el paisaje que se nos presenta ante nuestros ojos, será contemplado con nuestra grandeza y nuestras miserias, con nuestras contradicciones, nuestras verdades, nuestras apariencias, nuestros engaños y autoengaños. Y, por supuesto, también con nuestros sufrimientos ¡y sus frutos!

Una historia de superación extraída de la experiencia de nuestro consultorio

La mía, es una historia de tantas familias en las que el dolor ha causado heridas para toda la vida pero cuenta con una divina paradoja ya que contamos con el don de agradecer a Dios todo aquello que nos ha dado.

No pensaba así cuando vivía sumando a mis complejos y traumas, mis errores y pecados personales. Hasta que, un día, leí que el mejor agradecimiento es hacer buen uso del don recibido, y así, vale la pena vivir. Y me propuse pedir ayuda humana y espiritual.

Fue cuando comprendí que ascendía mi montaña interior por el camino equivocado, pensando que, además podría hacerlo como a mí se me ocurriera: cuando había en mí una inafectable dignidad que marcaba el sendero correcto.

Y me decidí por superar tres grandes miedos muy arraigados en mí:

  1. A que las cosas no fueran como yo esperaba, y solo persiguiera los fantasmas de mi mente.
  2. A no superar jamás mis disfunciones.
  3. A vivir mi vida en soledad.

Afortunadamente, los objetivos fundamentales de mi terapia pudieron ayudarme a descubrir cómo gestionar positivamente mi conducta, desde la perspectiva de mi pasado, presente y futuro.

Algunos ejemplos del “cómo”:

  • Tomar consciencia de todo lo que me causaba sufrimiento o provocaban reacciones negativas.
  • Desarrollar actitudes positivas que contrarrestaran el momento en que aparecieran tales ideas y emociones.
  • Aprender a elaborar nuevos conceptos, juicios y deducciones sobre mis valores en función a mi verdad más íntima.
  • Enfocarme a desarrollar mis talentos.
  • Elaborar planes a corto, mediano y largo plazo que me mantuvieran altamente motivado.
  • Formar mi conciencia moral.
  • Atender mi dimensión espiritual.

Por supuesto que la terapia y el comienzo de una renovación moral y espiritual, no me curaron mágicamente, sino que, fundamentalmente, me dieron nuevas fuerzas para comenzar un proceso de lucha, donde a pesar de mis recaídas, tenía ya la certeza de que no claudicaría. Eso marco el principio de mi recuperación.

Como mis disfunciones eran profundas, muchos años estuve luchando, mientras poco a poco le iba ganando terrenos al mar.

Finalmente, cuando sufría pensando que no podría abrir mi intimidad, conocí a quien sería mi esposa, quien me descubrió que algo había en mí digno de ser amado. Luego, fue en un sí a la vida, a los abrazos, a los besos, a formar una familia, a tener éxito en un proyecto profesional.

Eventualmente retomaba la terapia, hasta que se llegó el momento en que se me dio de alta para que volara mi propio vuelo.

Se bien que el amor humano y el cultivo de mis talentos, han sido pilares de mi superación y recuperación personal. Sin embargo, soy consciente de que ha sido por los dones espirituales por los que me he fortalecido en los más íntimo de mi espíritu, perdiendo el miedo a los abismos y, perdonando de todo corazón a quienes pusieron la cruz sobre mis hombros.

Una cruz que va pesando menos

Sé que mientras viva, serán necesarios muchos golpes para seguir esculpiendo en mí una personalidad cada vez más equilibrada. Golpes dados con amor y paciencia por el creador, quien me pide abandonar en sus manos lo pasado, lo presente y lo futuro, para sanar definitivamente.

«El sufrimiento puede agrandar nuestro corazón para pedirle a Dios no solo por los que nos han hecho el bien, sino también por aquellos que nos han hecho daño, pidiéndole que todos los frutos que hemos dado gracias al dolor que nos causaron, se conviertan en su perdón». (Cómo sanar las ocho etapas de la vida: Matthew Linn, Sheila Linn, Dennis Linn.)

Consúltanos en: consultorio@aleteia.org

 

 

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