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¿Cómo pudieron aceptar los alemanes el descartar “vidas menos dignas”?

LOS QUE SOBRABAN
ED. CRITICA
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La eutanasia social en la Alemania Nazi. ¿Cómo llegaron a aceptarlo?

El historiador, periodista y politólogo Götz Aly publicó en 2013 un libro, fruto de una investigación de treinta años, sobre el programa de eutanasia nazi: Los que sobraban: historia de la eutanasia social en la Alemania nazi. El libro está basado en cartas de familiares y documentos oficiales, que dan cuenta del exterminio de 200.000 discapacitados física o psíquicamente. Otras investigaciones llegan a la cifra de 275.000. Las justificaciones de este proceder se fundamentaron en la «compasión» y el «acto humanitario» de «librar a las familias de las cargas económicas de vidas sin sentido».

El autor muestra en su trabajo que el programa de eutanasia nazi no estuvo primariamente apoyado en una cuestión «racial», sino en una lógica económica y pragmática, donde las «vidas que no producen», las «vidas que son una carga para sus familias», deben eliminarse «como alivio para los propios enfermos y para sus seres queridos». 

¿Cómo llegaron a aceptarlo?

Otras investigaciones anteriores demuestran que la literatura que circulaba en los ambientes médicos alemanes de la época entendía que eliminar a las personas con «vidas indignas» era un «acto misericordioso». A su vez defendían también la importancia del necesario «consentimiento» de los candidatos, quienes debían solicitarlo voluntariamente.

Primero se instituyó un programa de «muerte suave» de «adultos enfermos incurables y enfermos mentales» sobre la base de la compasión, pero en pocos años se extendió la práctica en niños con discapacidad cuyas familias no podían atenderlos debidamente.

El número de niños se cuenta entre 5.000 y 6.000 en la primera fase del programa. El famoso programa «T4» localizado en Berlín se extendió a varios hospitales, y a los médicos que lo llevaron adelante con inmunidad legal se los consideraba expertos en «ayudar a morir».

Luego de comenzar con niños menores tres años, fueron ampliando el exterminio hasta niños mayores y adolescentes con minusvalías o enfermedades crónicas.

En el caso de los niños, primero se separaba a los niños de sus padres afirmando que se les internaría en un centro en el que recibirían el mejor tratamiento posible para paliar sus sufrimientos.

Luego los pequeños eran enviados hasta uno de los hospitales más famosos de Alemania, donde pasaban ingresados algunos meses antes de ser exterminados mediante barbitúricos, inyecciones letales, inanición o simplemente abandonados a morir de frío. «Muchos alemanes aprobaron la muerte forzada de bocas inútiles y las propias familias no querían saber detalles del destino de sus familiares entregados…».

En el caso de los adultos, luego de instalar el suicidio asistido para ser «ayudado a morir», se extendió para quienes por incompetencia para decidir por sí mismos no pudieran solicitar la muerte, permitiendo así que sus familiares ejercieran su derecho. Los pasos del convencimiento eran progresivos, e iban naturalizando el descarte de personas por «compasión».

«Más de diez mil enfermos mentales» recibieron en 1941 la «muerte sin dolor» en las cámaras de gas del hospital de Hadamar. Luego esta práctica se extendió a los judíos en los campos de concentración, con herramientas que ya se habían puesto en práctica con sus propios familiares.

El poder de las palabras

Escribe Aly que para referirse a sus crímenes, los muchos implicados utilizaron eufemismos como «interrupción de la vida», «muerte de gracia», «muerte asistida» o directamente: «eutanasia».

Los consideraban un lastre social porque requerían cuidados constantes y eran una gran carga para sus seres queridos. La mejor decisión para ellos mismos y para sus seres queridos era «terminar con ese sufrimiento».

La lógica que apoyó estos programas de «eutanasia» consistió en instalar en la opinión pública tres argumentos:

  • Había algunas vidas que carecían de valor, ya sea porque sus sujetos no eran conscientes de sus actos o porque se hallaban en una situación considerada por debajo de los estándares de una «vida digna».
  • Ante vidas indignas, carentes de valor social, el hecho de eliminarlas podía ser un acto compasivo, el acto humanitario de «ayudarlos a morir». Joseph Goebbels hizo realizar una película en 1941 («Yo acuso», Ich klage an) donde una enferma de esclerosis múltiple pide a su marido que ponga fin a su vida. Había que convencer de que matar a alguien cuya vida «no es digna» es un acto de profunda misericordia. La película instaló el concepto de «muerte a petición».
  • Acabar con la propia vida, cuando por alguna razón se consideraba que perdió su sentido, era un legítimo ejercicio de la propia razón y «un derecho de su autonomía» como sujeto. Es «el derecho a morir».

Todas las vidas son valiosas e iguales en dignidad

Ninguna vida humana puede ser considerada menos digna que otra, so pena de legitimar el desprecio y el abuso de determinadas personas por el hecho de considerarlas «vidas menos dignas». Repasando la historia podemos tomar conciencia, de hasta qué punto la manipulación del lenguaje y los eufemismos nos hacen indiferentes a graves violaciones de los derechos de las personas, especialmente de los más desprotegidos.    

El filósofo alemán Robert Spaemann a propósito de este tema afirma que el paralelo puede parecer exagerado, pero advierte que en ese entonces se trataba de eliminar ciertas vidas que se consideraban inútiles para la sociedad, mientras que en la actualidad se atiende a la perspectiva subjetiva de los afectados, a que internalicen la convicción de que ellos mismos llevan una vida que no es digna de vivirse y que defiendan su derecho a ser exterminados, su derecho a morir.

La seducción de que ser eliminado «es tu derecho», parecería bloquear cualquier sentido crítico sobre la inmoralidad del acto en sí mismo. Actualmente hay quienes dicen que es «un nuevo derecho», el derecho a ser eliminado basado en nuevos criterios de lo que se considera una vida digna o indigna de vivirse. Es algo que comienza aplicándose a uno mismo para luego aprender a ver a los demás con el mismo criterio.

Spaemann cita al médico norteamericano Leo Alexander, quien escribió en 1949 que

todos los que se ocuparon del origen de esos delitos manifestaron con toda claridad que fueron desarrollándose poco a poco a partir de detalles insignificantes.

Al comienzo se apreciaban sutiles modificaciones de acento eutanásico en la actitud fundamental. Se empezaba diciendo que hay circunstancias en las que ya no se puede considerar que una persona lleva una vida digna, consideración ésta que es primordial para el movimiento pro eutanasia.

En un estadio inicial esa postura se refería solamente a los enfermos graves y crónicos. Cada vez se fue ensanchando más el campo de quienes caían bajo esa categoría, y así se extendió a los socialmente improductivos, a los indeseables desde el punto de vista ideológico, a los que eran clasificados como racialmente indeseables…

No obstante, es decisivo reconocer que la actitud respecto a los enfermos incurables fue el sórdido detonante que tuvo como consecuencia ese cambio total de la conciencia.

Comentando este texto escribe Spaemann: «Que aquí no se trata de una concurrencia histórica casual, sino de una conexión de principio, lo muestra el caso de Holanda, país en el que más de un tercio de las personas eliminadas legalmente al año – hablamos de miles – ya no lo son a petición propia, sino a juicio de parientes y médicos, que entienden que son vidas que ya no merecen vivirse. Lo más terrible es que no se haya escuchado un grito de horror en todo el mundo civilizado a la vista de este hecho”.

El testimonio de los médicos nazis

La evidencia más fuerte de un cambio de mentalidad sobre la dignidad humana a través de eufemismos que naturalizan el suicidio y el homicidio, son los testimonios de los médicos juzgados en Nuremberg.

De hecho, quienes participaron de esos crímenes alegaban que sus acciones fueron movidas «por compasión y sentimientos humanitarios», que fueron «actos de piedad con los incurables». Todos los involucrados creían que hay «vidas que no merecen vivirse», que la muerte podía significar «una liberación para el sufriente».

La enseñanza que dejaron estos testimonios es que cuando se relativiza la dignidad de un solo ser humano, se pone en peligro a la humanidad entera.

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