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Cómo comunicar una mala noticia a un ser querido

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No podemos cambiar la realidad pero sí ser de más ayuda para la persona que ha de recibir una información dolorosa.

El dolor forma parte de la vida irremediablemente. Es normal pensar que en alguna ocasión vamos a ser nosotros quienes debamos comunicar una mala noticia. Y es importante estar preparado para hacerlo.

¿Cómo dar una información dolorosa?

Prepárate mentalmente para dar la mala noticia.

Antes de dar la mala noticia, es necesario que nosotros hayamos contemplado esa información con prudencia. Hay que reflexionar sobre su contenido y su alcance. ¿Qué importancia tiene para la persona con la que hablaremos? ¿Cómo suele reaccionar ante noticias de este tipo? ¿Cómo podemos actuar para que encaje esta noticia lo mejor posible?

Prepararse es pensar bien las palabras que vamos a usar. Son clave. Y el tono en el que hablaremos. No debe haber reproches ni ambigüedades. Prepara respuestas para preguntas que seguramente te harán.

Busca ayuda.

Piensa si alguien puede ayudarte a acertar en el modo de transmitir un mensaje que dolerá. Puede ser un familiar con el que haya más unión o un profesional (de la Medicina, un psicólogo, un abogado…).

Es bueno recibir el consejo de los expertos y a veces será mejor que estén presentes en el momento de dar la noticia. No todas las malas noticias tienen el mismo cariz: debes decidir si es bueno que haya alguien que no forma parte del entorno familiar o de amistad, pero puede aportar cordura y objetividad desde una distancia afectiva.

Controla los sentimientos.

Dar una mala noticia muchas veces implica transmitir algo que también a nosotros nos ha disgustado. Si hablaremos con un familiar o amigo, es muy posible que esto suceda.

Enfócate hacia la otra persona y haz lo posible para que tu conversación esté llena de serenidad y de apoyo. Se llama empatía, cariño, caridad… es decir, amor.

Muestra empatía.

Ser prudente implica que resuelvas bien este problema, que trates de informar y acoger al mismo tiempo. No hay que ser cirujano que toma el bisturí, corta, cose y se retira. Estamos hablando de relaciones humanas y tú debes estar ahí en la prueba que supone un momento malo en la vida de la otra persona. Es a ella a quien deben ir orientadas las atenciones: no valen los aspavientos ni los teatros para mostrar que el asunto nos afecta.

Sé empático: ponte en el lugar del otro, en sus zapatos. Así saldrás al paso de su reacción.

Demuestra que realmente quieres ayudar.

Un estudio de Harvard asegura que las personas que reciben malas noticias tienden a adoptar una postura de disgusto frente a la persona que se la ha hecho llegar. Es lo que los psicólogos llaman Efecto MUM. Pero esa tendencia se mitiga, según el mismo estudio, «cuando los destinatarios son conscientes de la benevolencia de los motivos del mensajero».

Esto aplica tanto a una mala noticia como a un castigo o la constatación de que alguien ha obrado mal y se le hará una corrección (primero habrá que explicarle qué es lo que hizo mal).

Antes de dar una mala noticia, hay que dar muestras de que la otra persona puede contar con nosotros, que lo que vamos a decirle es por su bien (debe estar informado, por ejemplo, en el caso de una grave enfermedad, para poder afrontarla y prepararse espiritualmente para la muerte, si es el caso).

Siempre le debe quedar claro a la otra persona que estamos abiertos a apoyarla. Podemos preguntarle cómo se siente, entablar un diálogo que pueda ser un alivio o bien dejar que pueda reflexionar y encajar la idea a solas, pero sabiendo que estamos ahí para seguir apoyándola. La persona debe ser libre para escoger lo que sea mejor.

No es bueno hablar y hablar para que no se haga el silencio. Cuando se da una mala noticia, las personas necesitamos palabras pero también soledad para la reflexión y la oración.

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Las malas noticias sobre la salud de un familiar son un gran reto para el que debemos estar listos.

No a las mentiras piadosas.

Nunca una mentira piadosa es una buena opción. Hay que decir la verdad de manera que la otra persona sea conocedora del alcance que tiene esa mala noticia.

Un estudio de la Universidad Brigham Young prueba que las personas deseamos que nos hablen con franqueza cuando se nos comunican malas noticias.

Habrá que buscar el momento adecuado y, si pensamos que no va a producirse, hay que preparar ese momento: buscar que no haya más personas de las necesarias, por ejemplo.

Mentir poniendo paños calientes (cuando se habla de enfermedades graves, por ejemplo) es una falta de justicia.

En cuanto a los niños, no hay que tener miedo a decir la verdad, aunque habrá que adecuarla a su grado de madurez y a su capacidad para comprender el mensaje.

No pierdas el tono amable.

Sé directo. Eso no significa que debas ser agresivo, frío o distante. Podemos dar una mala noticia pero preparar a la otra persona con un «debo decirte algo importante» o «necesito que me dejes explicar algo que necesitas saber».

Abre una puerta a la esperanza.

Al dar la mala noticia, nunca debe dar la impresión de que todo está perdido y que no vale la pena seguir viviendo. Eso es falso porque no responde a la realidad total de las cosas.

Hay que tener palabras de esperanza y hacer notar que «esto pasará» o, cuando se trate de algo irremediable, aportar elementos que comparta la otra persona, como la fe en la vida eterna o la Providencia, que es el cuidado amoroso que Dios tiene de todos nosotros.

Podemos ayudar a despertar en la otra persona el deseo de «hablarlo con Dios». El hecho de recordar que detrás de un suceso siempre está la mano amorosa de Dios puede ayudar a replantear los problemas y enfrentarse a ellos con otra actitud más positiva: vale preguntarle a Dios el porqué de aquello que ha sucedido o va a suceder. Y vale mirar a la Cruz para acercarse se un modo más profundo al misterio del dolor.

Otras razones más humanas pero igualmente nobles también ayudan: pensar en la familia, en el bien de una persona concreta… son motivaciones que ayudarán a sacar fuerzas de flaqueza. ¡Cuántos padres han salido de un fracaso económico porque pensaban en sus hijos! Y cuántos han llorado la muerte de un familiar pero han seguido adelante por amor a la familia que depende de ellos.

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