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¿La COVID-19 puede ayudarnos a prevenir otras enfermedades?

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Shutterstock | progressman
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La pandemia puede ser un punto de inflexión para evitar lo que nos hacía daño en el pasado

Muchos concuerdan que la presencia de la COVID-19 ha significado un párate, una pausa en la que el mundo quedó sintonizado en una misma frecuencia. Incluso la gente que nunca ha dejado de trabajar y ha salido a la calle durante las etapas de confinamiento, ha sentido ese detenimiento en los planes, en el tiempo, en los ruidos y el control sobre las cosas.

Uno de los efectos colaterales de este detenerse comunitario ha sido el de preguntarse cómo uno quiere vivir a partir de ahora y darse una nueva oportunidad para reevaluar cómo se va a continuar: bajando la velocidad, retrocediendo o volviendo a empezar teniendo en cuenta cómo será o qué haremos cuando esto pase.

Y es que algo positivo que ha ocurrido es que la situación de pausa ha removido algunos factores instalados en la sociedad, característicos de un estilo de vida enfermizo. Una variedad de actitudes que hacen que el cerebro siempre esté en situación de alerta, los niveles de estrés elevados y que a largo plazo lleven a que el cuerpo se enferme.

Antes de que se declarara la pandemia, una de las enfermedades que más afectaba a las personas era la famosa enfermedad del tiempo, la cronopatía: gente que tiene un ritmo de actividad frenética y que es incapaz de detenerse en el hacer o el planificar. El problema es que el cerebro no puede relajarse y termina enfermando.

Otra enfermedad común es la necesidad de controlarlo y calcularlo todo. Se sabe que el 90% de las cosas que nos preocupan no suceden, pero nuestro cuerpo y nuestra mente las asimilan y por eso las sufren igual. El control siempre nos ubica en el futuro buscando adelantarnos y eso suele llevarnos a enfermar pensando en el peor de los escenarios.

De hecho, la mayoría de las enfermedades tienen que ver con temas emocionales sin resolver. La neurociencia ha estudiado que nuestra mente no distingue lo que es real de lo que es imaginario. En el cerebro se activa el mismo sistema de alerta ante una amenaza real o la posibilidad de ella, por lo que no podemos relajarnos.

Por otro lado, el perfeccionismo es otro factor que puede llevar a enfermar a las personas al  vivir con un sentido de insatisfacción permanente provocando que uno nunca pueda disfrutar de las cosas. Nunca nada está a la altura, todo es digno de ser mejorado y aparece una actitud de alerta para ver los defectos que se pueden modificar.

El uso desmedido de dispositivos también ha colaborado a generar un daño importante. El móvil se ha convertido en un canal inmediato de alertas: desde alguna noticia que atenta a nuestra seguridad o a nuestro estado de supervivencia, a nuestra situación económica o la propia autoestima por ejemplo ante la falta de aprobación al subir una foto en las redes.

En todas estas circunstancias lo que ocurre es que el cerebro se pone en un modo de alerta y cuando esto sucede se activa la hormona del cortisol, una hormona buena que en dosis pequeñas nos permite enfrentar los desafíos de la vida, pero que en niveles elevados el resultado termina siendo contraproducente para la salud provocando estrés y angustia.

Se ha comprobado que el exceso de cortisol hace que el cuerpo comience a enviar señales y aparezcan cambios corporales con inflamaciones, caídas de cabello, irritaciones en la piel o daños en el sistema digestivo. También puede incrementarse más fácilmente la ansiedad y se hace más difícil el parar la actividad y conectarse con uno mismo.

Si algo se está haciendo visible es que esta etapa de pandemia es un desafío para la salud mental y al mismo tiempo una gran oportunidad para aquellos que son conscientes de ello. Para no volver a adoptar un estilo de vida perjudicial y que puede dañarnos, es importante estar atentos y aprovechar el momento en el que nos encontramos.

El virus ha detenido el tiempo de muchos y las actividades, ha permitido que uno se conecte con lo interior. Nos ha dejado sin el poder del control o el cálculo y nos ha mostrado que somos vulnerables, que no necesitamos mucho y que es importante buscar un equilibrio.

De algún modo es una invitación para armarse con habilidades distintas, sanar heridas acumuladas, hacerse cargo de situaciones inconclusas y descubrir nuestro trabajo desde otra óptica. Muchos tienen claro que el modo de vivir será diferente, pero que hay cosas del modelo anterior a las que uno definitivamente no quiere regresar o quiere repetir.

En este punto de inflexión se puede avanzar con la capacidad de observar las cosas de otro modo, tomando conciencia de esas enfermedades del siglo XXI que muchos padecemos o que nos amenazan para que podamos generar un cambio positivo.

No se trata de hacer menos o dejar de hacer, sino de poder por ejemplo disfrutar del aburrimiento o recuperar un momento de silencio donde nace la creatividad o las ganas de aprender, como ha sido el ejemplo de los grandes de la historia que han podido crecer al desconectar de lo exterior y conectarse con su mundo interior.

Tal vez parte de un estilo de vida más saludable tenga que ver con aceptar que no somos perfectos y que nos conviene tener más humildad y no vivir como si tuviéramos el control de todo, que es necesario mantener un ritmo de vida más equilibrado donde se contemple el descanso, el ser y no solo el hacer.

Estos tiempos parecen un arma de doble filo. Aunque uno sienta que en algunos aspectos se ha liberado del pasado, aún puede quedar atrapado en un estrés que aumenta debido a un futuro incierto.

Que el momento de pausa nos abra a la posibilidad de aceptar que uno no puede controlar el proceso de lo que estamos viviendo, pero sí la actitud frente a ella y que podemos aprender algo para no volver a caer en lo que nos ha estado haciendo daño por mucho tiempo.

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