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¿Qué pidió el Papa ante la tumba de santa Mónica?

© Sala Stampa della Santa Sede
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El papa Francisco salió del Vaticano en la víspera de la fiesta de san Agustín.

En el día que la Iglesia recuerda a Santa Mónica, 27 de agosto de 2020, el papa Francisco fue a la Basílica romana de san Agustín en Campo Marzio, Roma, que alberga la tumba de la madre del santo.

Como uno más se sentó para rezar en la capilla dedicada a la madre del obispo de Hipona. Después de la oración el Papa regresó al Vaticano. En un momento en que la muerte y el sufrimiento parecen flagelar el mundo. ¿Qué pediría el sucesor de Pedro a santa Mónica?

Una primera intuición de este momento privado lo encontramos en las lágrimas de santa Mónica, son las lágrimas de todas las madres que en el fondo de su corazón esperan por la conversión de un hijo, quizás preludio de la conversión de todos los hijos de Dios:

Mi madre, fiel sierva tuya, me lloraba ante ti mucho más de lo que las demás madres lloran la muerte corporal de sus hijos, porque con la fe y el espíritu que había recibido de ti veía mi muerte.

Así describe san Agustín, que fue discípulo de una secta anticristiana, la persistente oración de su madre por su conversión y que llegó en el año 386. 

Lagrimas y oración intensa estuvieron detrás del milagro. Santa Mónica importunó varias veces a un obispo de la época, que, ya cansado, le espetó: “Anda, vete y que vivas muchos años. Es imposible que se pierda el hijo de esas lágrimas”. 

Todavía hoy la confianza en Dios de santa Mónica (331-387), la madre de Agustín, apasiona a teólogos, eruditos y papas. 

San Agustín y su madre en Ostia, antes de que ella muriera cumplidos 56 años, dialogan apasionadamente sobre la belleza del cielo y sobre la fuerza de la fe ante las peores circunstancias y catástrofes:

Hijo, por lo que a mí se refiere, nada me deleita ya en esta vida. No sé qué hago en ella, ni por qué estoy aquí, muerta a toda esperanza de esta vida. Sólo había una cosa por la que deseaba vivir un poco más, y era verte cristiano católico antes de morir. Con creces me ha concedido esto mi Dios, puesto que te veo siervo suyo, despreciada la felicidad terrena. ¿Qué hago, pues, aquí?

La esperanza de la resurrección. La lección que varios doctos tardan en reconocer. La quimera que nadie en siglos resolvió, Dios mismo la resuelve y la imprime en el corazón de santa Mónica: el amor fiel vence a la muerte.

Se trata de un oxímoron para los eruditos que fanfarronean con escritos sobre el instante eterno , analizado y disputado por racionalistas y ateos que buscan encasillar la inmensidad en baldes que llenan de conceptos e ideas finitas. 

La Iglesia siempre estará en deuda con Mónica de Tagaste, quien no pasó del grado primario, pero que donó su corazón a Dios y fue éste la ‘universidad’ de san Agustín, catequista, auténtica, maestra de la vida familiar.  

“Madre, has conquistado el mismísimo castillo de la filosofía”. San Agustín describe a su madre como una filósofa por su “amor a la sabiduría” de Dios. 

Madre “en su amor has progresado tanto que ya no te conmueven las desgracias ni tienes miedo a la muerte”, decía el santo, a lo mejor esta es la otra clave de la oración privada del Papa ante la tumba santa Mónica. 

Una visita privada que coincidió con la víspera de la memoria de san Agustín, obispo y doctor de la Iglesia, que, se convirtió a la fe católica después de una adolescencia inquieta y quien fue bautizado en Milán por san Ambrosio.

Francisco rezó ante las reliquias de una madre que evangelizó hasta a su esposo, un patricio romano pagano, que murió cuando su hijo tenía 17 años. Mónica hizo que recibiera el sacramento del bautismo antes de su adiós a la vida terrena.

La santa murió después de nueve días de enfermedad, feliz porque Dios le había demostrado que no abandona a quienes confían en Él. Era el verano del 387.  Ella no pidió sepultura alguna, le tenía sin cuidado donde le enterrarán:

Para Dios no hay distancias. No hay miedo de que el día del fin del mundo no sepa dónde estoy para resucitarme”.

En 1430 las reliquias de santa Mónica fueron trasladadas a la iglesia romana de san Trifón, hoy dedicada a san Agustín. Allí reposan hasta que se cumpla su última esperanza, la resurrección. Y son faro de esperanza en tiempos aparentemente inciertos y turbulentos.

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