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He fracasado… pero Dios todo lo puede

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Él tiene un plan y discretamente acompaña

Dios es fiel a su promesa. De esa verdad no tengo ninguna duda. Dios es fiel al amor que me ha manifestado desde que me concibió en su seno.

A veces he dudado de su fidelidad, o tal vez más de la mía. En medio de dificultades, o problemas brota siempre la intranquilidad y surgen las dudas.

La promesa suele ser siempre la misma. Dios me la susurró en el corazón cuando lo amé por primera vez, cuando me abrazó y me sostuvo siendo joven y yo creí en Él.

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Me dijo que sería feliz a su lado, que nada me faltaría, que los caminos serían fáciles y rectos bajo mis pies.

Me hizo creer en mis capacidades ocultas, en los dones que Él había sembrado como tesoros bajo mi piel y que yo no veía.

Me enseñó a mirar sobrecogido el amor humano que recibía a lo largo del camino. Me dijo que no tuviera miedo, que confiara, incluso cuando los vientos de la tormenta arreciaran con fuerza dentro de mi alma.

Me hizo pensar que mi vida era un gran don para todos. Y yo creí en su poder, en su misericordia y lo miré agradecido.

Sé que Dios ha comenzado una obra conmigo. Mi vida es obra suya, soy fruto de sus deseos. Empezó hace mucho y sigue manos a la obra.

No soy una barca que navega a la deriva en medio del océano. No estoy perdido en medio del desierto en busca de un oasis para calmar mi sed.

Hay rumbos que desconozco y caminos que nunca ha recorrido. Pero yo creo en sus planes de amor, en sus sueños para mi vida:

«¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!».

ŁÓDKA
Pexels | CC0

Dios es generoso conmigo y me ama más de lo que yo puedo amarle a cambio. En ese intercambio desigual percibo que no hay equilibrio.

Él me lo da todo, el infinito y a cambio no me exige un amor imposible. Tengo claro que para Él todo es posible. Puede hacer que crezcan flores en el desierto.

Puede inventarse caminos donde sólo había muros que no mostraban ninguna salida. Puede apagar incendios poderosos que amenazaban ruina. Puede levantar vientos que permitan crecer la vida donde parece esquiva.

A menudo me quedo detenido y perplejo ante los fracasos que sufro. Me turbo ante los obstáculos que no me dejan vivir esa felicidad de ese momento hecho a mi medida.

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John Fornander/Unsplash | CC0

No dan fruto mis planes realizados de acuerdo con mis sueños. Así no funciona la vida. No todo cuadra, las cosas no encajan.

Quisiera estar abierto a los planes de Dios hasta el punto de hacerlos míos sin miedo a la vida. Esos planes que yo no he pensado.

Decido entonces que el único camino de plenitud posible pasa por adherirme a esos planes besándolos de rodillas. Comentaba el padre José Kentenich hablando de su vida:

«No es cierto que yo haya estado entre bambalinas calculando, urdiendo, tendiendo hilos. Nada de eso es cierto. Yo sólo observaba lo que Dios hacía, observaba lo que acontecía cuando abrazábamos Sus planes»[1].

Cuando me abrazo a sus planes todo parece más sencillo. Abrazo sus deseos y los hago míos. Me arrodillo feliz ante su camino. Para Dios nada hay imposible.

Aunque quizás yo lo hubiera hecho de forma diferente. Hubiera cambiado los tiempos, o elegido cosas diferentes. Pero Dios es sabio y sabe lo que más me conviene en cada momento. Sabe lo que me hará feliz a la larga.

Entiende que sólo tengo que aceptar el camino como su camino y sonreír con su sonrisa en medio de mis tristezas.

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Para Dios nada hay imposible, aunque a veces no vea bien el sentido de mis pasos o sienta que mi barca no sigue un rumbo tan claro.

Pero Él es bueno, es misericordioso y me ama más que a sí mismo. Me ama con un amor imposible. Me quiere y me hace reír cuando yo le pido imposibles, o le suplico tal o cual cosas.

Y me pide que no tenga miedo, que Él va conmigo allí donde caminan mis pasos.

 

[1] Herbert King, Nº 3 El mundo de los vínculos personales

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