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Los muertos ignorados en la pandemia del Coronavirus

© ULRIK PEDERSEN / NURPHOTO / AFP
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Papa Francisco nos alerta: «El Señor nos pedirá cuentas»

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No tienen nombre, ni siquiera un número o una placa que los identifica. Sus cuerpos yacen en el fondo del mar, del Mar Mediterráneo, ahogados, pasto de los peces y animales marinos.

Han sido más de 20.000 en los últimos seis años, según la Organización Internacional de las Migraciones (OIM). Son migrantes que buscan la paz y un mejor bienestar, con esperanza. Las migraciones hacia Europa desde el Mediterráneo se producen principalmente en verano. Este año se han incrementado más las migraciones con pateras hacia las Islas Canarias, que se ha multiplicado por cinco, prefiriendo al estrecho de Gibraltar por estar muy vigilado.

Eran hombres y mujeres que huyeron de la gran pobreza de sus países de origen, de las guerras, del exilio forzado por causas políticas. Eran hombres y mujeres sin nombre, y el mundo llamado “civilizado” — este mundo que muere del colesterol, mientras otros mueren de pobreza externa—los ignora.

Nadie estaba a su lado mientras se ahogaban, ningún ser querido pudo consolarlos. Vivían en la miseria más absoluta, explotados por las mafias de trata de personas. No son los muertos por el coronavirus Covid-19. Muchos de los muertos por este virus (son ya más de 800.000, la peste del siglo XXI) han muerto sin recibir consuelos familiares, pero no eran muertos anónimos, o ignorados, o que huían, que escapaban de la miseria o del terror: eran enfermos que se contagiaron de un terrible virus.

En el mundo, “se hacen esfuerzos de búsqueda, rescate e identificación cuando los desaparecidos vienen de un país rico. Pero nada se hace si se trata de migrantes cruzando el Mediterráneo”, dijo Frank Laczko, director del Centro de Análisis de Datos Migratorios Globales de la OIM. No todos los humanos somos iguales.

Todos los muertos son –eran– personas que merecían todos los cuidados y tenían la misma dignidad. Hoy nos fijamos en los muertos migrantes que mueren a lo largo de los caminos que van hacia el norte, o en los mares que los llevan a Europa o a otros países para mejorar su vida y la de sus familias. También mueren quienes emigran de los países del Sur a otros países del Sur, así como migrantes que van de países del Norte a otros países del Norte.

Y no es solamente el hecho de que al alcanzar el suelo de otro país se acaba la explotación de los migrantes. Estos buscan un trabajo para enviar unos dineritos a su familia, y se han creado mafias de colocación de migrantes, sobre todo en la agricultura, que les dan un contrato de trabajo, pero sin derecho a nada: solo tienen obligaciones, salarios bajos, horas de trabajo interminables, que pueden alcanzar 60 horas a la semana a pleno sol, viven hacinados en algún local o en la calle debajo de cartones, con el menosprecio de muchos ciudadanos creyendo que son delincuentes.

Damos algunas cifras que facilita Naciones Unidas: El número de migrantes internacionales a nivel global ascendió en la actualidad a 272 millones, un registro que indica un incremento de 51 millones de personas desde el año 2010. India, México, China y Rusia, los países que más personas abandonan sus países y Europa es el continente que más inmigrantes recibe. 

Todos los países del sur de Europa, con Alemania y Suecia, reciben migrantes de África, de Asia y de América Latina (aunque menos de este subcontinente). La distribución regional de los migrantes internacionales está liderada por Europa que alberga a 82 millones de personas, seguidas por América del Norte con 59 millones, mientras que África del Norte y Asia Occidental hospedan a 49 millones.

El papa Francisco, gran defensor de los migrantes, recordó el pasado domingo el décimo aniversario de la masacre en México de 72 migrantes, en su mayoría latinoamericanos que intentaban llegar a Estados Unidos, y expresó su «solidaridad» con los familiares que aún reclaman justicia.

MIGRANTS
Shutterstock | Ververidis Vasilis

Tras la tradicional oración del Ángelus, el Papa rindió homenaje a esas «personas de diferentes países que buscaban una vida mejor», masacradas entre el 22 y 23 de agosto de 2010 en el municipio de San Fernando (estado de Tamaulipas, noreste). «Expreso mi solidaridad a las familias de las víctimas que todavía hoy invocan justicia y verdad sobre lo sucedido«.

Y añadió el Papa: «El Señor nos pedirá cuentas de todos los migrantes caídos en los viajes de la esperanza. Han sido víctimas de la cultura del descarte».

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