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¿La opinión de quien no te conoce importa?

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Los juicios y los prejuicios de los demás sobre mí no reemplazan mi verdad más profunda

¿Importa tanto lo que opinan los que no me conocen ni me aman?

En realidad, no importa mucho. Ellos no conocen toda mi verdad. No han tocado siquiera mi pecado. Y si lo conocen no entienden las circunstancias en las que se manifiesta mi debilidad.

No han rastreado mi historia para comprenderme, no para justificarme. Su opinión está basada en percepciones, en interpretaciones que pueden ir cambiando.

Los juicios y los prejuicios de los demás sobre mí no reemplazan mi verdad más profunda. Nada puede cambiar al que soy por dentro.

Y mi opinión sobre los demás tampoco los determina. Es sólo una mirada, la mía, subjetiva. Y es bueno quitarme los prejuicios negativos que me cierran al hermano. Sacar al otro de esa casilla en la que lo he encasillado para que no sea distinto de como yo lo percibo.

Esa mirada no es determinante. No quiero vivir juzgando actos y palabras. No quiero depender tampoco de los juicios de los hombres sobre mi vida, esos hombres que realmente no me aman. No me quieren como soy y no conocen mi verdad más profunda.

¿A Jesús le importaba?

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Hoy Jesús quiere saber lo que la gente y los discípulos piensan de Él:

«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre? Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».

La primera pregunta tiene que ver con los que conocen menos a Jesús. Han visto algunas de sus obras, han presenciado algunos de sus milagros. Pero no han conocido en profundidad a Jesús.

No han sido testigos de todas sus obras. No han oído todas sus palabras, incluso aquellas dichas en forma de susurro a sus discípulos más queridos. No han vivido tan cerca de Él.

Son testigos lejanos de Dios hecho hombre. Desde lejos las cosas no parecen ser tan reales. La distancia me lleva a equivocarme muy a menudo. Y ante esta pregunta me equivoco, me turbo y me confundo:

«Ellos contestaron: – Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».

Muchas opiniones, muchas miradas posibles. Jesús para la opinión pública podía pasar por un profeta, o por el mismo Elías o por Juan bautista que había vuelto en forma de hombre.

Jesús había venido a traer esperanza a un mundo sin esperanza, es lo que hacen los profetas. Había venido a cambiar realidades que era necesario cambiar, también lo hacen los profetas.

Era un enviado de Dios que venía a sembrar la inquietud en el corazón humano para que no caiga en el aburguesamiento y la dejadez. Así son los profetas que buscan un cambio en la realidad cuando esta no es como debería.

Dios espera mucho más del hombre, sueña con algo más para mi vida. Tiene planes para los que cuenta con mi sí, con mi disponibilidad para servir y amar.

No actúa sin contar conmigo, sin valorar mi consentimiento. Y para poder pedirme que le siga necesita que yo lo conozca a Él. Es ese profeta que llega para cambiar mi mundo desde mi amor personal.

Por eso a Jesús le importa «el qué dirán». Simplemente quiere saber lo que piensan los que lo ven actuar de lejos. Esa mirada le importa.

No es definitiva, porque las opiniones que nacen de la observación desde lejos no tienen tanta fuerza, no son tan fiables. Son sólo opiniones basadas en los prejuicios positivos o negativos que la gente tiene sobre la realidad.

A Jesús no le determina en su actuar lo que dicen los más lejanos. Es una opinión volátil que puede cambiar con facilidad. De un día para otro.

Sólo prejuicios

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Dependiendo de lo que veo, observo, escucho o pienso puede cambiar mi percepción. Alguien lejano al que antes admiraba puede pasar a ser alguien digno de repudio.

No me afecta mucho su vida y yo opino, vierto mis pensamientos, expreso mis críticas. Son juicios rápidos a partir de palabras que escucho, de actos que veo e interpreto.

Hoy dirán que Jesús es un gran profeta. Mañana querrán crucificarlo por blasfemo. La opinión de los que no conocen ni aman poco importa.

La fama siempre es pasajera. Hoy soy alabado, mañana me condenan. Una opinión cambia rápidamente. Yo también lo hago, juzgo y condeno. Jesús me dice:

«No condenéis y no seréis condenados», Lc 6,37.

Pero cuesta mucho no hacerlo. La opinión que tengo sobre los demás se convierte en algo importante. Influye en otros lo que yo digo, lo que juzgo o condeno.

Tanta gente hoy construye su vida sobre la opinión de los demás. Hasta el punto de que un juicio negativo, una palabra hiriente sobre su vida basta para echar a perder todo el esfuerzo y el camino recorrido.

Como si un solo juicio valiera para condenarme. ¿Quién soy yo realmente?

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