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Adicto a la pornografía dejó que abortaran a su propio bebé

EUCHARIST
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Una vida desordenada, un ángel que la salvó, un cáncer curado y un milagro que salvó a su hijo. Una historia de película

No sé cómo comenzar; realmente se me hace un nudo en la garganta con esta historia.

Primero que nada, pido para Miguel Ángel Melgarejo Barba que no sea juzgado ni condenado; sólo Dios es el que tiene derecho. Cabe mencionar, que esta será la primera ocasión en la que Miguel comparte su testimonio de vida para un medio de comunicación.

Por ello, en lugar de juzgarlo, pido sus oraciones por él, que ciertamente, se acobardó e hizo poco por salvar la vida de su bebé, que murió a causa de un aborto provocado por su última exnovia.

Su vida sexual activa, aunada a su adicción a la pornografía y la masturbación lo condujeron  a un abismo tan frío, obscuro y confuso, que poco a poco iban debilitando sus valores y principios, al punto de volverse cómplice del asesinato de su propio hijo.

Cuántas veces señalamos y acusamos injustamente a las mujeres por practicarse un aborto, cuando los varones también somos responsables. Miguel acepta que también era su responsabilidad salvar esa vida.

Lo realmente sorprendente de esta historia es que, de ese obscuro y frío abismo, Miguel logró salir. Tuvo la oportunidad de vivir una vida en castidad y liberarse de sus adicciones, gracias a la que hoy en día es su novia y esposa, quién fue instrumento de Dios para rescatarlo de ese abismo. Ella literalmente bajó por él, y con ternura y dulzura aceptó el reto de cargarlo y subirlo a la cima, para contemplar la luz de Dios.

La oración de rodillas de Vicky y su amor bello, puro y verdadero por Miguel, arrancaron un milagro a Dios que les permitió vencer juntos las adicciones. Ahora  Miguel se declara un pecador necesitado de la Gracia de Dios y con la firme aspiración de llegar a ser santo junto con su esposa.

Hoy forman un matrimonio católico, una familia con dos hermosos bebés. Dios tiene extrañas, maravillosas y sorprendentes formas de mostrarnos su misericordia. Miguel, hoy ha declarado la guerra contra la pornografía; su gratitud a Dios, su amor a Dios en su esposa, su familia y los demás, su temperamento combativo y su afición al box lo mantienen luchando e impartiendo conferencias sobre esta adicción silenciosa que hace presa a muchos hombres, escondidos en lo más profundo de ese abismo obscuro y frío del que él logró salir gracias a Dios. Ésta es la historia de Miguel, un ex adicto a la pornografía.

Gracias por concedernos esta entrevista para Aleteia. ¿Cuál es tu nombre completo, dónde naciste y dónde vives actualmente?

Soy Miguel Ángel Melgarejo Barba, bueno, ahora soy Miguel Ángel Melgarejo de Arana. Soy de la Ciudad de México, y actualmente vivo en San Juan del Río, Querétaro.

¿Cuáles consideras que son tus talentos y cómo fue tu educación?

De mis talentos, uno que me ha servido muchísimo es la perseverancia, otro es el idealismo, también la entrega y el servicio.

Mis padres siempre procuraron que tuviéramos una educación humanista y religiosa, así que hasta donde les fue posible, hicieron que estudiáramos en colegios católicos. En general mi formación fue Lasallista con un poco del Opus Dei.

Estudié la licenciatura en Derecho en la Universidad La Salle, luego estudié un posgrado en el ICAMI.

¿Cuáles han sido tus liderazgos en organizaciones, o en qué proyectos de labor social has participado?

Uno de los más significativos fue mi estadía en FEF, Familia Educadora en la Fe, particularmente en el grupo misionero que me confiaron. Fui el director o responsable del grupo misionero en Ciudad de México. A partir de esta responsabilidad que me dieron empecé a ir de misiones a la sierra norte de Puebla, y ahí surgió una de mis dos asociaciones civiles, que se llama Talismanin, A.C., con la que, después del grupo misionero, buscábamos no darles ya el pescado a los jóvenes indigenas sino enseñarlos a pescar.

Al terminar la universidad tuve la oportunidad de ingresar a la Coparmex Ciudad de México por invitación de mi padre, y estando ahí pude formar parte de un laboratorio empresarial para 40 jóvenes de todo el país, auspiciado por el Ministerio de Economía de Israel en colaborción con la propia Coparmex y con el apoyo de distintas empresas. Y ahí nace mi segunda asociación civil, que es Emproyecto México, A.C., dedicada a llevar el emprendimiento a las personas en situación de cárcel, para que emprendan al salir de la cárcel y con ello tengan un modo honesto de vivir.

También estando en la Coparmex me llegó la oportunidad de presidir la Comisión de Empresarios Jóvenes de Ciudad de México, y fue a partir de aquí y a raíz de esto que descubrí mi vocación, porque yo creía que iba a ser abogado toda mi vida, pero lo que me apasionó fue convertirme en empresario y emprendedor social, y ambas cosas se mezclaron. Encontré mi pasión, lo que me hace feliz, que es entregarme a los demás.

Háblanos un poco de la relación de tu vida con el deporte, en especial con el box.

Al tener un hermano mayor que era más corpulento que yo y que a veces se sobrepasaba conmigo, tuve que aprender a meter las manos para defenderme, como desde los 17 o 18 años, que aprendí a boxear.

Llegué a boxear en el barrio de Tepito, pero me di cuenta de que era suficiente con lo que ya había aprendido porque yo no quería ser profesional. Pero esto me ayudó a forjar carácter, a medir temperamento y a comprender que no todas las batallas se ganan.

¿Qué aprendiste de tus peleas?

Me sirvió que todo poder usado con responsabilidad, puede no solamente evitarte problemas, sino servirte para dar testimonio de que, aunque tengas el poder, debes aprender a usarlo, evitando conflictos que no te van a llevar a nada bueno.

Con esto no quiero decir que no llegué a equivocarme, sino que me equivoqué en ocasiones y me costaba trabajo reconocer que había obrado mal, pero esto porque era un adolescente. Lo que sí puedo decir es que nunca abusé de ese conocimiento que adquirí en el boxeo; así que procuraba no ser conocido como el peleonero de la colonia, sino como el que se daba a respetar, el que procuraba darle su lugar a cada quien.

Sí tuve peleas, pero por circunstancias ajenas a mí, y siempre dando una pelea de caballeros, de manera que si el otro decía: “hasta aquí”, pues ahí paraba la pelea.

Todos tenemos un lado oscuro. ¿Cómo fue en tu caso, en tu adolescencia?

Viví una avalancha de emociones, buenas y malas. Debo empezar diciendo que mis padres se amaban y fueron siempre respetuosos uno con el otro; aunque llegaban a tener sus discusiones, siempre se guardaban respeto mutuo. Y también debo decir que mi padre era casi un sacerdote, pues había estudiado 7 años en el seminario; se salió del seminario al dicernir que el sacerdocio no era su vocación, y al poco tiempo se casó con mi madre. ¿Qué quiero decir con esto? Que recibí en casa una formación católica, tradicional, ortodoxa y siempre fincada en el ejemplo que nos daban mi padre y mi madre.

Gracias a eso, yo tenía una álgida escala de valores; tenía muy profundas mis convicciones y lo que quería. Pero el medio sin duda me influyó, y mucho. A cierta edad ya tomé mis propias decisiones, porque hasta ese nivel mis padres fueron muy respetuosos, respetaron cada una de nuestras decisiones sin dejar de lado el consejo paternal. Pero tomé decisiones equivocadas, sin duda alguna, muy equivocadas.

Tuve una vida sexual desordenada, tuve relaciones prematrimoniales. De momento era algo placentero y divertido, incluso emocionante, pero no terminaba por satisfacer mis anhelos, sólo mi cuerpo.

Debo reconocer que desde adolescente yo me dije que quería llegar virgen al matrimonio. ¡Yo estaba convencido de ello! Y tan estaba convencido que mi primera relación sexual fue hasta los 25 años, cuando ya desde secundaria tus compañeros de 16 o 17 años te dicen que ya tuvieron sexo, y llegas a la preparatoria y todo el mundo te sigue diciendo que ya tuvieron sexo; en cambio tú les dices: “Yo sigo siendo virgen”.

Evidentemente me gané las carcajadas, burlas, denostaciones, ofensas de cuantos escuchaban mi testimonio, cosa que no me importaba; y llegaban sólo hasta cierto punto con sus bromas porque, como ya dije, yo me daba a respetar, y ellos sabían que yo no era un pusilánime y que sabía boxear, que sabía meter las manos.

Por eso no sufrí de bullying por mi abstinencia sexual. Así que yo lo contaba honestamente, con orgullo y sin tapujos, sin penas. De todos modos los hombres se burlaban, en cambio las mujeres decían: “¡Guau! ¡Yo me quiero casar contigo!”.

Pero llegó el momento en que estaba enamorado, y los químicos en mi cerebro hicieron lo suyo; yo creí que era el amor de mi vida y caí, caí como muchos. De ahí ya se vinieron más relaciones desordenadas, tóxicas, que junto a mi adicción a la pornografía, se hizo como un caldo de cultivo que no me dejaba salir de un círculo vicioso. Mi cerebro estaba lleno de dopamina; así que, entre pornografía y relaciones sexuales se me fue parte de mi juventud.

¿Cuándo fue que tuviste por primera vez contacto con la pornografía?

Fue en la secundaria, por un grupito de “amigos” que tenían una colección de revistas pornográficas escondidas en una casa abandonada; los viernes, después de nuestra reunión de un club de varones del Opus Dei, nos íbamos a esa casa abandonada, caminando y fumando, a ver el material pornográfico.

Recuerdo que de niño, en familia fuimos al cine a ver Splash, la película de Walt Disney sobre el romance entre una sirena y un joven, debo mencionar que en varias ocasiones mis padres nos protegían tapándonos los ojos a mis hermanos y a mi, pero por desgracia, aquella ocasión por accidente fue la primera vez que vi a una mujer semi desnuda; ya desde entonces la industría cinematográfica comenzaba a hiper erotizar a la niñez y normalizar la pornografía con esta aparente “inocente” desnudez. Pero fue hasta el último año de la secundaria con estos “amigos”, que por voluntad propia, tuve mi primer contacto con la pornografía cruda.

¿Cuál crees que haya sido la peor consecuencia de ver pornografía y de haber tenido relaciones sexuales prematrimoniales? ¿Cuál fue el punto más profundo y bajo de esa etapa?

Eso marcó un hito en mi vida. Lo más fuerte, lo más doloroso, aquello de lo que más me arrepiento en mi vida, fue el aborto de mi primer hijo. Esta situación se dio por tener una vida sexual desordenada con mi última ex novia, y obviamente las consecuencias naturales eran que en algún momento íbamos a quedar embarazados inesperadamente; y así fue, lamentablemente ese desorden concluyó en un aborto, puedo decirte que yo NO estaba de acuerdo en abortar a nuestro hijo, me opuse, pero no hice lo suficiente para convencerla de lo contrario.

Ella estaba llena de miedo y decidida, tenía el apoyo de su hermana,  ya que no lo supieron sus padres. Ella estaba segura de que no quería ser madre en ese momento, ya que mi situación económica no era la que ella esperaba. Entonces no pude hacer mucho, me acobardé, y creo que ése fue el punto más hondo y obscuro al que llegué por mi promiscuidad.

Cuando terminé esa relación de noviazgo, inicié un proceso muy doloroso de purificación, de conversión profunda; en el cual tuve la oportunidad de bautizar a mi hijo espiritualmente, y pedir perdón a Dios y a mi hijo, que ya está en el Cielo.

Cuando hay un aborto, se señala a la mujer que abortó a su hijo; pero también influye el hombre. ¿Tú podrías decir que abortaste a tu hijo?

Sí, sin duda; yo lo aborté. No puedo excluir mi parte de responsabilidad. Fui partícipe porque pude hacer algo más, y tengo que cargar con este error el resto de mi vida. Es claro que  tendré que pagar las consecuencias en algún momento, en está vida o en la otra, si Dios me permite llegar al Purgatorio.

Por otro lado, estoy tranquilo y reina la paz en mi vida, porqué Dios ya me perdonó. Ya me perdonó, al haberme humillado y pedido perdón en varias ocasiones en la Confesión; la última, en la Basílica de Guadalupe, una emotiva y profunda reconciliación, en la que el sacerdote me hizo sentir tan amado que fue invitable llorar y sentirme como el hijo prodigo abrazado por mi Padre Celestial. No vivo con el dolor, vivo con el arrepentimiento y la convicción de compartir mi testimonio de conversión a otros pecadores como yo, además, seguro de que ese angelito ya está gozando de la presencia de Dios.

Mi mensaje es que también los hombres abortamos, que también los hombres cargamos en algunas ocasiones, con el síndrome post-aborto y con ese duelo, profundamente doloroso, que te genera el aborto al saber y sentir que eres padre de un niño muerto.

Miguel, ¿cómo describirías un aborto?

Un asesinato. Un vil, artero y cobarde asesinato de un ser indefenso que ni siquiera puede gritar, hablar ni defenderse.

¿Qué piensas que haya sentido tu hijo?

Sin duda dolor, como cualquier ser humano. Y eso es lo que yo tendré que pagar, si es que no lo pagué ya con mi cáncer; pero si no, si todavía tengo algo que pagar o purgar, acepto con firmeza que en algún momento yo tenga que hacer mío ese horrible dolor que le infligí a mi hijo, por esa decisión cobarde de mi parte.

¿Cómo concluyó tu etapa de desenfreno, qué pasó para que cambiaras, y cómo es que te aceptó tu esposa?

Inició con el proceso de duelo que viví al terminar con esa relación, que hoy considero tóxica, aunque en aquel momento yo me quería casar con esa ex novia, pero ella, me dejó por otro hombre. Dios permitió que otro hombre entrara en su vida y, gracias a eso, terminó  esa relación, gracias a Dios, por encima de mi propia voluntad.

Por supuesto, al terminar esa relación me costó mucho trabajo desprenderme, porque había un apego, un apego muy fuerte debido a la cantidad de dopamina que yo había generado con ella por esas relaciones íntimas. Así lo reconocen los expertos, cuando hay intimidad sexual con tu pareja, es mucho más difícil terminar con esa relación, que cuando no la hay.

Así que me costó muchísimo. He de haber bajado como 10 kilos en un periodo de 6 meses, en el que lloraba cada noche y tenía poco apetito. Pero también me acerqué mucho a Dios, me abandoné en la oración y el Rosario diario, e incluso llegaba a pedir por ella, por su felicidad. Obviamente cuando me enteré de que tenía novio al mes o 2 meses que me terminó, se me vino el mundo encima y se obscureció todo.

¡Y fue ahí, que inició este proceso de conversión, de una conversión auténtica! Porque Dios permitió que esto sucediera para que yo me liberara, pero también sabiendo que me iba a doler en lo más profundo, incluso en el ego, en el orgullo. Yo le había dicho a mi madre cuando empecé esa relación: «Mira, ella no es mi tipo pero voy a ver qué pasa”. Entonces cuando terminó conmigo después de casi dos años de noviazgo, recuerdo las palabras de mi madre, cuando llegué a casa llorando y le comenté lo ocurrido: “¿Ya ves, hijo? No era tu tipo, pero mira cómo terminaste”.

Duré más o menos un año en ese duelo; los primeros seis meses fueron los más dolorosos. Al finalizar el segundo semestre, gracias al consejo y ayuda de un de mi mejor amigo, me di cuenta de que había una persona muy especial en mi vida, en la que ya había puesto mi interés, aunque no la suficiente atención, ella me gustaba pero yo estaba acostumbrado o adoctrinado a otro tipo de mujeres o relaciones, y por ello, ya se me había olvidado el como cortejar y los detalles de cortesía para con una dama; simplemente por las malas decisiones y porque mi mente estaba dispersa y adicta a la dopamina por tanta pornografía, que no volteaba a verla con una mirada ordenada y pura, y estuve a poco de dejarla ir.

Terminado este año de duelo, quien ahora es mi novia y esposa y yo éramos buenos amigos desde hacía ya 4 años, y fue entonces que comencé a vivir un cortejo, un proceso tradicional e inocente de cortejo que duró más o menos 3 meses, en el que no faltaron mis equivocaciones pero también una recta intención. Hasta que culminó con el inicio del noviazgo con ella, y así lo que que tanto anhelaba mi corazón y esperaba con ansía mi alma y mi ser, sucedió, cuando al comienzo me dijo: “Oye, quiero que este noviazgo lo vivamos de cara a Dios, en castidad”. Y yo: “¡Claro! ¡Me encanta la idea!”. Ella se sorprendió porque no esperaba esa respuesta de mí, sabiendo o intuyendo que yo venía de una vida sexual desordenada.

Hago un pequeño paréntesis: a mi ex novia, cuando comenzó nuestra relación, le propuse, por recomendación de un sacerdote, que leyéramos un libro sobre castidad y en ese sentido viviéramos nuestro noviazgo; a lo cual ella tajantemente contestó: “¡No, no, no! ¡En esta relación va a haber sexo y nada de castidad! ¡Es la última palabra!”; y yo dije: “Bueno, está bien”. O sea, yo bien cobarde, bien débil, dije que sí. ¡Pero en el fondo, mi corazón quería, anhelaba un noviazgo casto!

¿En dónde le pediste que fuera tu novia a quien ahora es tu esposa?

En estos tres meses de cortejo estaba pensando cómo podía pedirle que fuera mi novia a esta niña tan especial, que evocaba ternura y pureza, que me encantaba físicamente pero que no despertaba en mi lujuria, siendo yo un hombre totalmente sucio y lleno de pecados en comparación con ella.

Yo quería que la propuesta de noviazgo fuera tan única y especial, que rezaba y le imploraba a Dios y a la Virgen que así fuera: “Dios, por favor, ¿qué hago? Quiero hacerlo todo bien, en orden, como Tú mandas”. Fue entonces que, se dio la oportunidad por invitación de mi esposa de ir a un evento llamado Vida Fest, en Querétaro; ya que ella vivía en Querétaro.

El Vida Fest es un encuentro masivo, magno, que se hacía –ya no— para promover la defensa de la vida; un evento católico pro-vida, desde el inicio hasta el final, con ponentes de talla nacional e internacional. Contenía charlas, conciertos, una Misa, Adoración al Santísimo, etc. Estaba bien organizado, en el estadio Corregidora de Querétaro, y puedo decir que fue el mejor Vida Fest, ya que fui a dos más, pero éste es el que más me gustó.

Previamente yo había comprado un anillo de plata, con piedra de zirconia, que parecía un anillo de compromiso, porque me acordé, que en Estados Unidos existe la costumbre del pre-compromiso, y entonces los novios le dan un anillo de pre-compromiso a las novias; y después viene el anillo de compromiso, previo a la boda. Así fue que ya había decidido con que proponerle que fuera mi novia, ahora sólo faltaba el momento especial.

Y, estando ahí, yo no sabía cómo proponérselo, y después de varios intentos de planear algo especial, sale la invitación de uno de los organizadores que nos pidió a varios jóvenes, entre ellos a sus hermanas, a ella y a mí, que al final de la Misa con la que cerraba el evento masivo, soltáramos palomas a nivel de cancha, delante del templete donde se celebraría la Sagrada Eucaristía; así que nos dieron las palomas blancas, las soltamos, y fue en eso, cuando tomé de la mano a mi hoy esposa y le pregunté: “¿Confías en mí?”, y me dijo: “Sí”. Le dije: “Entonces vente”, y empecé a correr hacía la parte central de la cancha de futbol. Recuerdo, estaba lloviendo y llegamos al centro de la cancha. Me arrodillé, le mostré el anillo y le dije: “¿Quieres ser mi novia?”. Esto lo hice en medio de todos los espectadores; claro, a lo mejor ni se enteraron, pero los que hayan visto habrán pensado: “Ya le propuso matrimonio”. Fue muy especial para ella y para mí.

Desde ahí tuvimos la bendición de Dios como novios. Fue aquí que comenzó todo este proceso de conversión, donde ella me invita a llevar nuestro noviazgo en castidad. En el cual, vivimos una Misa de sanación, en la que bauticé espiritualmente a mi primogénito; vivimos distintos retiros, teníamos lecturas por recomendación de ella para aprender a amar. Tuvimos la oportunidad de dar charlas de noviazgo en varios lugares, como el templo de San Francisco en Querétaro, templo en el que años después nos casamos. Así que yo viví un proceso de conversión que iba de la mano de un proceso de aprender a amar como Dios manda, con un amor puro, bello y verdadero.

Evidentemente no fue fácil, nada fácil; todo este pasado que yo venía cargando me generó la resistencia, el rechazo de mi suegro y de algunos otros familiares y amistades de mi esposa. A su padre lo entiendo y justifiqué su postura, porque seguramente yo actuaría de la misma forma si se aparecía un tipo como yo a cortejar a mi hija, tampoco le pondría alfombra roja y le haría caravana para darle la bienvenida a la familia.

¿Qué era lo que más rechazaban de ti?

Mi temperamento, mi carácter no dominado. Mi forma de hablar poco educada, o incluso poco atento hacia mi Vickyta, pero no porque fuera un barbaján, sino porque tenía malos hábitos arraigados por el ambiente, que no me ayudaban. Así que con su padre llegué a tener un par de diferencias y arrebatos; su temperamento y el mío chocaron, y pues obviamente siempre salía yo perdiendo.

Y con algunos de sus familiares por desgracia sí fue por rumores y chismes sobre mi familia y mi pasado, que aunado a mi mala forma de beber en aquel entonces, dificultaron mi relación con ella

En parte, yo fui responsable de que el círculo cercano a ella me cerrara las puertas. Pero el proceso de conversión continuó, y Dios se valió de mi esposa, para que ahora, yo sea un hombre nuevo, literalmente.

Y, ¿dónde tiene cúlmen mi proceso de conversión? En mi cáncer. Inició un proceso de conversión en mi alma y mi mente, que culmina con la purificación de mi carne. Mi cáncer siempre se lo agradeceré a Dios, porque sé que fue para mi bien; sé que Él lo permitió para que hoy yo esté dando esta entrevista.

Obviamente el cáncer no lo mandó Dios. Yo soy el responsable de que me haya dado cáncer por los excesos, el estrés, la mala vida que me di. Pero lo veo ya como un punto álgido en de mi proceso de conversión, y me fortalezco en Dios.

Pareciera que se rompió un paradigma. Se dice que si el novio es alcohólico, ve pornografía, o es mujeriego, va a repetir esto mismo en el matrimonio. ¿Por qué aquí no sucedió así?

Se repiten estos patrones cuando no te sinceras contigo mismo, reconociendo que traes un vicio arrastrando; es decir, prácticamente lo ocultas; y no hay esa comunicación centro a centro con tu novia, y entonces evidentemente en el matrimonio no hay esa franqueza, esa verdad que los une. Entonces sí, ya viviendo las 24 horas juntos, es que uno de los dos se da cuenta del vicio que el otro traía y que nunca resolvió.

Se repiten estos patrones cuando crees ingenuamente que lo que sientes humanamente por la otra persona, será suficiente para cambiar tu forma de ser o pensar, erradicar tus vicios o defectos, y no es así, el único que te hace nuevo y hace nuevas todas la cosas es Dios, si no depositas en Él tu miseria, tu fragilidad y tu vergüenza, nada cambiará por tus propias fuerzas, debes humillarte y reconocerte pecador y necesitado de la Gracia Divina para que en verdad, los milagros sucedan en tu vida y vivas una auténtica conversión de tu carne y de tu espíritu.

¿Qué pasó cuando le dijiste de tus problemas a tu novia?

Fue muy difícil, porqué me invadía la vergüenza y el miedo de perderla al confesarle mi adicción a la pornografía y mi cobardía ante el aborto de mi hijo. Es que tú mismo te das vergüenza, repudías tus pecados; te das cuenta quién realmente eres y es claro que no te gusta. Hay quienes tienen muy laxa la conciencia, muy anestesiada, y ya lo ven como normal; ya no tienen ese remordimiento. Pero yo sí lo tenía. Y, gracias a Dios, ella reaccionó con caridad.

Desde un principio se establecieron las reglas de nuestro noviazgo; incluso puedo decir que el primer beso se lo di a los 3 meses de que éramos novios, pero fue un beso muy tierno, los besos apasionados debieron esperar hasta el matrimonio. Es decir nuestro noviazgo podría decirse que fue de “manita sudada”, pero  me sentía muy orgulloso y dichoso, saboreábamos y disfrutamos cada beso y caricia, sin abusar de ellas, para no caer en la concupiscencia de la carne, no había roces o encuentros cuerpo a cuerpo que pudieran encender la lujuria, manteníamos puro nuestro deseo.

Nuestra relación era inocente, éramos como dos niños que realmente sienten algo verdadero, bello, puro por el otro, y  así duramos casi 3 años de noviazgo, mismos que me sirvieron para purificarme, para sacar todo lo malo y ordenar mi mirada. Y, claro, el mérito no es de dos personas que se aman, sino de que Dios nos participaba de su Amor y vaciaba su amor en el nuestro.

Teníamos claro que Dios debía ser nuestro fundamento y fin, por lo que hacíamos oración todos los días, cuando estábamos juntos y cuándo no lo estábamos, lo hacíamos por teléfono.

Procurábamos recibir la Eucaristía todos los días a la misma hora, al igual que el rezo del Santo Rosario (digo a la misma hora porque no vivíamos en la misma ciudad. Pero evidentemente, cuando yo la visitaba en Querétaro, íbamos juntos a la Confesión, a Misa y comulgábamos. Aprovechábamos nuestro tiempo juntos para crecer espiritualmente y conocernos mutuamente a través del diálogo y actividades recreativas.

Encontré en ella una forma de vivir mi religión en una forma congruente, real, auténtica. Lo que no encontré, incluso en grupos religiosos, lo encontré en ella. Ahí es donde entendí que yo había sido un católico light, un fariseo, con una religión de costumbre y no de un encuentro personal con Cristo. Ella enriqueció mi religiosidad y mi fe, y me llevó hacia una cima que no conocía, hacia un culmen que nunca había experimentado o probado; Dios se valió de ella para realmente alimentar mi alma, nutrirla, edificar mi espíritu y hacerlo sólido, fuerte, para lo que se venía; e, incluso, creo yo, para lo que se viene.

Ahora bien, ¿por qué digo que yo era un fariseo?, porque si bien mi padre era una institución en el ejemplo, era un hombre docto en religión, y con la autoridad de guiarte y aconsejarte, no fue sino hasta que conocí a mi mujer que todo eso lo hice vívido; con mi padre, lo escuchaba pero una parte me entraba por un oído y me salía por el otro.

¿Crees que Dios pensó en ella para ti?

Sí, creo que la pensó para mí. Y si mañana sucede cualquier otra cosa, algo que yo no quiera, algo que no dependa de mí, igual la pensó para mí.

También creo que Dios nos venía preparando para una muy difícil prueba: nuestro primer hijo nació muerto, y se hizo todo lo médicamente posible para resucitarlo y sostenerlo con respiración artificial; el médico me dijo que “cruzara los dedos”, pero le dije que no, que yo no creían en eso, y que lo que yo iba a hacer era ponerme a orar, encomendando su vida a Dios.

¿Cuál fue la causa de que esto sucediera?

Fue una negligencia médica; la ginecóloga que nos atendió, que llevó el embarazo de mi esposa, se confió como muchos médicos que pecan de soberbios, así que no identificó que era un embarazo de alto riesgo por las condiciones médicas que presentaba mi esposa, pues tiene hipotiroidismo y tenía placenta previa; así que se le desprendió completamente la placenta y no se le atendió a tiempo, por lo que ella también estuvo a punto de morir como nuestro hijo.

Fueron horas muy dolorosas, llenas de estrés, de mucho miedo; no sabía qué iba a pasar. Yo tenía que conseguir dos paquetes de sangre a las 3 de la mañana, sabiendo que en ese mismo momento mi hijo se debatía entre la vida y la muerte en terapia intensiva. Fue una prueba, una cruz que Dios sabía que podíamos cargar; por eso nos fue preparando durante el noviazgo.

Tuve que hacerme el fuerte, y guardar el llanto para mis momentos de soledad, y ayudarla a ella para que no se nos desmoronara toda la esperanza. Recuerdo que ella quiso salir de la clínica privada donde nació nuestro hijo, no se quiso esperar los días que le recomendaban por su estado de salud; así que después de unos días, por su insistencia le permitieron salir firmando una carta responsiva. Así que nos fuimos a ver a nuestro bebé, que estaba en el Hospital General de San Juan del Río, porque era el único de la región, con terapia intensiva prenatal. Por ser un hospital público, había un horario de visitas y había que correr para llegar a verlo aunque fuera unos minutos. Llegamos, y al ver su delicado y pequeñito cuerpo intubado, lleno de cablecitos, eso nos partía, literal, el corazón a los dos.

¿Y qué pronóstico les daban en el hospital?

Por un lado decían que había que esperar si sobrevivía al día siguiente, y así un día tras otro. Conforme pasaba el tiempo, daban un pronóstico más alentador, de que mi hijo ya no se iba a morir, que estaba estable pero grave, y que dadas las circunstancias en las que nació tendría graves secuelas. Así que nos mentalizamos, entendiendo que si Dios permitía que nuestro hijo se quedara con nosotros lo íbamos a amar por igual,  independientemente de cual fuera su condición.

Cuando un ser humano se queda en el vientre materno sin oxígeno, prácticamente hay varios órganos que se dañan en automático: el cerebro, el corazón, el hígado y otros mas. Y no hay vuelta atrás, no hay cómo resolver eso. Así es que el bebé puede nacer con un retraso mental, con parálisis cerebral, soplos en el corazón o algo peor.

Estuvo 48 días en terapia intensiva, cada día parecía un año. Los últimos días le hacían pruebas y pruebas: encefalograma, electrocardiograma… Y como salía bien en las pruebas decían los médicos: “No puede ser; vamos a hacerle otra vez las pruebas”.

A nivel cerebral le hicieron como 5 veces la prueba y siempre salía bien. La última vez dijeron: “No es posible que en todas y cada una de las pruebas, haya salido bien, esto es increíble”.

Ellos pensaban así porque algunos eran no creyentes, pero para nosotros era creíble porque Dios lo asistió. Y algunos de éstos médicos nos decían “deberían ponerle el nombre de Lázaro, porque este niño volvió a la vida, y sin secuelas”; pero nosotros ya habíamos escogido el nombre y gracias Dios lo bauticé el primer día de nacido, pues mi suegro y una amiga me dijeron: “Vete ahora mismo al hospital y bautízalo con agua”. Y

a que un bautizado puede bautizar a otro si esta en peligro su vida. Desde meses atrás ya habíamos pensado en su nombre, así que lo bauticé como José Pablo (estaba bien encomendado). Y por si ésto fuera poco, de manera Diocidente y sin preverlo, nuestro hijo egreso del hospital el día de la festividad de San Pablo, su Santo Patrono.

¿Y cuál es la condición actual de salud de tu hijo?

Es un niño sano hasta el día de hoy, sin daño cardiaco o cerebral, ni en ninguna parte de su cuerpo, un apego ambivalente que estamos trabajando, dificultad para hablar y  dos dientecitos de leche que se le pudrieron porque en esa zona estaba colocado el tubito del respirador (secuelas mínimas dada su condición), en su apgar sacó 0/5.

Lo que pasó no se lo explican científicamente los médicos (le faltó el oxígeno no por segundos sino por minutos o quizá hasta horas) No hay explicación humana para comprenderlo ¡es un milagro! Sólo Dios, en su misericordia, sabiduría e infinito poder le pudo dar salud a esta criaturita, a nuestro amado hijito.

¿Hubo más pruebas fuertes para ti?

Sí, hubo una serie de cosas que le dieron sentido, realce, a mi encuentro con Cristo, a mi vocación y a la misión que Dios quiere que realice en esta vida. Cabe mencionar, que no me siento el elegido y mucho menos el iluminado; soy un simple mortal, un pecador, aspirante a la santidad, a quien Dios le permitió vivir todo esto para que yo lo encontrara, lo conociera y lo pudiera amar.

Durante el noviazgo, meses antes de casarme, mi padre falleció. Fue algo muy rápido, su cáncer fue fulminante, cáncer de mieloma múltiple.

A los 11 meses de casados es cuando nace mi hijo José Pablo. Y posterior a esto le detectan a mi madre cáncer, que después de 25 años reapareció, y este cáncer hizo metástasis. Su cáncer no fue tan fulminante como el de mi padre, pero entre mis hermanos y yo estuvimos cuidándola durante 3 meses, le dábamos cuidados paliativos porque ya la habían desahuciado en el Instituto Nacional de Cancerología, donde a mí también me habían atendido; es que a mí me dio cáncer prácticamente a la par que a ella. Así que fuimos compañeros de cáncer, fuimos compañeros del mismo dolor, de la misma vivencia, y pudimos estar compartiendo experiencias. Así que la acompañé no sólo como hijo, sino como luchador de cáncer, ella con su metástasis y yo con mi cáncer de colon.

Mi madre falleció en octubre de 2019, y yo prácticamente me recuperé del cáncer meses después de que ella se fue. En marzo de 2020 me declararon libre de cáncer.

Fue un proceso de purificación y de conversión que, afortunadamente, vieron mis padres, y eso me da alegría: ellos con pesar vieron que estaba en malos pasos, y rezaban por mí, y fueron testigos de que su rezo dio resultados; me vieron buscar ansiosamente a Dios y tener mi encuentro con Él. Creo que es el mejor regalo que pude haberles dado en vida, mejor que cualquier otra cosa que hubiera podido haberles obsequiado: ver a su hijo convertido en un hombre de bien, que espero en Dios seguir siéndolo, y al lado de una mujer maravillosa, divina, casi inmaculada, y que me llevó de su mano al encuentro con Dios.

A mi madre le dolió muchísimo saber que yo tenía cáncer, recuerdo que ambos lloramos al comentarselo, pero posteriormente le dio un enorme gusto saber que yo estaba recibiendo esto como una caricia de parte de mi Padre Dios; porque lo vi así, como una bendición, y eso le trajo paz a mi madre, entre sus dolores y la purificación que ella también tuvo en vida. Así que se pudo ir tranquila de que yo estaba formando una familia, y yo me llene de felicidad al verla como dichosa abuela que desvordaba ternura con sus dos hermosos nietos.

¿A ti te operaron a causa de tu cáncer? ¿Cómo fue tu experiencia?

Sin duda el cáncer me ayudó a ser empático con mi esposa. Cuando le hicieron las cesáreas a mi mujer, para el nacimiento de José Pablito y mi segundo bebé, yo no comprendía lo que era que te abrieran el estómago para darle paso a la vida.

Recuerdo y aún lo siento como si hubiera sido ayer: ya tenía cita en el Instituto Nacional de Cancerología para que me extirparan mi tumor, cuando una noche antes me dio un dolor tan fuerte que me llevaron a un hospital local de San Juan del Río; me dijeron que me podían operar ahí, porque ya era algo grave; pero yo les dije que tenía cita para que en al día siguiente me operaran en la Ciudad de México, así es que el médico me sugirió que me fuera para allá enseguida. Me ofrecieron analgésicos pues me advirtieron que iba a tener mucho dolor, pero no sé por qué dije que no. Volvimos a casa, donde toda mi familia política ya estaba ahí esperándome para llevarme de emergencia a Ciudad de México; pero al llegar a casa yo ya estaba más mal, con un dolor muy intenso y vomito recurrente. Fue un trayecto muy rápido, gracias a la habilidad de mi cuñado Diego, pero que a mi se me hizo eterno, de más o menos 2 horas desde San Juan del Río hasta la zona de hospitales ubicada al sur de la Ciudad de México; gracias a Dios no nos pasó nada en el viaje; nos fuimos rezando el Rosario. Yo rezaba como podía, porque entre gemidos y dolor no podía a veces ni respirar; si tomaba agua la vomitaba. Cuando arrivamos al Instituto Nacional de Cancerología pasé directo a asistencia inmediata donde me hicieron estudios; pero yo ya suplicaba que me operaran para dejar de sufrir.

El hecho es que mi operación iba a ser normal, sin dolor; me iban a sacar el tumor y ya. Pero Dios permitió que yo padeciera todo esto. Y tras la operación me dijeron los médicos: “En tus pruebas del tumor todo se veía bien, por eso te habíamos señalado fecha de operación; tu tumor era pequeño. Pero cuando te operamos tenías un tumor muchísimo mas grande; no nos explicamos cual fue la razón de ese crecimiento anormal y sobre todo no entendemos como es que no se te reventó el colon”.

Ellos me dicen que experimenté un dolor, en una escala del 1 al 10, de un nivel 12; que en una cesárea experimentas un dolor como del 10 y puede disminuir con anestesia, pero que en mi caso fue un dolor indescriptible por el enorme volumen que alcanzó el tumor dentro del pequeño conducto del colon.

Estuve semana y media ahí internado. Y cuando salí del hospital tuve que pasar por el proceso de vivir con una bolsa pegada a mi abdomen, para recoger los desechos. Después vino la reconexión, en marzo de este año, así que yo pensé: “Ya estoy del otro lado”. Pero no fue así.

La recuperación después de la primera cirugía, la de hace un año, había sido complicada, entre otras cosas, porque dos veces tuve que reingresar al hospital con mucho dolor, ya que se me tapaba el intestino, y no podía moverme ni hablar de lo débil que me ponía.

Y pensé que la segunda recuperación, cuando me quitaron la bolsa y me cerraron, sería más sencilla; pero lo cierto es que era como un zombie, caminando con muy poca fuerza y sin poder hablar, usaba gemidos para poder esbozar un par de sílabas; veía a mis hijos correr y no podía abrazarlos. Era mucho el dolor físico que sentía; pero lo ofrecía por un entrañable amigo, que necesitaba cada uno de mis dolores; y se lo dije: “Voy a ofrecer mi sufrimiento por tu conversión”; y es inmensamente gratificante saber que fue fructífero.

Finalmente llegó un momento en que “aventé la toalla”; ya no quería que me doliera. Por un lado ofrecía mi dolor, pero por otro lado ya no podía más: Le dije a Dios una noche: “Perdóname, te decepcioné, ya no aguanto mas. ¡Por favor, quítame este dolor! Ya no me siento bien ni conmigo mismo; veo a mi esposa y a mis hijos y me siento un bulto, siento que el dolor se apodera de mí y no me deja vivir”.

¡Y literal, Dios me hizo el milagro! Al día siguiente ya no tenía absolutamente dolor alguno. Mi esposa y yo estábamos asombrados, ella es testigo del hecho. Y ella me preguntó: “¿Y tu cansancio, y tu dolor…?”. Pues nada, yo estaba bien, era completamente otro al amanecer. Obviamente, la única explicación es Dios; yo estaba convaleciente, pero había cambiado mi estado de ánimo, y ya tenía fuerza; podía caminar y podía hablar, el dolor se había ido. Y ya pude abrazar a mis hijos y a mi esposa, ayudar un poco en las labores del hogar. ¡Me sentí vivo! Y sobre todo, estaba agradecido con Dios y así lo estaré por lo que me quede de vida. Sanó mi cuerpo, pero en especial sanó mi alma y transformó mi vida, para siempre.

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