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Cómo asegurarte de que no transmites tu trauma a tu familia

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Muchos hemos experimentado algún tipo de trauma en cierto grado, pero el trauma no tiene por qué llevarnos la delantera.

Una de las alegrías de mi trabajo como sacerdote es ayudar a las parejas a prepararse para el matrimonio. Como parte del proceso, a las parejas siempre les resulta interesante realizar un inventario de personalidad que muestra de qué manera coinciden en ciertos temas. Los temas que se preguntan son muchos y diversos como, por ejemplo, su actitud hacia ser dueños de un perro, cómo van a celebrar la Navidad y qué plan de ahorros tienen para la jubilación, entre otros.
Por increíble que parezca, un matrimonio puede tropezar por temas como estos.

No es necesario que la pareja coincida en todo, pero es importante que sean conscientes de sus diferencias, que las hablen y estén preparados para transigir… o mejor aún, para comprometerse a forjar una nueva vida juntos sin dar prioridad a sus propios deseos personales.

Siempre sirve pensar en la relación matrimonial como una aventura, una nueva etapa de la vida que está libre de expectativas preconcebidas añadidas. Son dos personas construyendo una misma vida juntas.


Para algunos, recordar algo tan sencillo como una cena de Acción de gracias es un viaje nostálgico por el callejón de la memoria. En mi caso, me trae a la mente a mi abuelo de pie en el patio trasero, whisky en mano, ahumando un pavo enorme con madera de nogal en su parrilla. Me hace recordar los juegos con mis primos, las partidas de cartas estiradas hasta la madrugada y a mis tíos y tías incordiándome cariñosamente. Otras personas, cuando recuerdan una Acción de gracias o una Navidad, lo que le viene a la mente son desavenencias familiares, discusiones y recuerdos que preferirían olvidar.


Cuando excavamos en nuestro pasado, casi siempre desenterramos cierta cantidad de trauma. Se calcula que un 70 % de las personas ha pasado por algún tipo de vivencia traumática en su vida. Quizá sea una experiencia intensa como un divorcio, una muerte, una enfermedad, un accidente, un acoso, una negligencia o un abandono.

También podría ser, según parece, algo más leve, como una vieja discusión que nunca quedó resuelta, una situación vergonzosa de la adolescencia, una inseguridad subyacente que nació en la infancia y nunca se superó… Todas estas experiencias, si se dejan sin examinar, continúan afectándonos. Nos dañan emocionalmente e incluso físicamente de formas que tal vez ni siquiera podríamos comprender; todo lo que sabemos es que nos comportamos de una forma autodestructiva y nos sentimos impotentes a la hora de ponerle freno.


Por esta razón, cuando hablo con parejas de prometidos, es vital que examinemos esos viejos recuerdos y reconozcamos todo el bagaje que cada uno trae de su pasado, aunque parezca poco importante. A menudo, la forma en que una persona entra en una nueva relación viene determinada por su pasado.

Los problemas podrían remontarse hasta la infancia, porque en esa época es cuando somos más influenciables. Podría surgir un problema cuyo rastro encuentre sus raíces en la forma en que los padres de uno se trataban, en cómo discutían, en si alguna vez se gritaron.

La cuestión es que, para todos nosotros, es un hecho en la vida tener algún trauma a distintos niveles. La vida no es perfecta y todos tenemos nuestros altibajos. Esto no significa que estemos rotos y seamos incapaces de tener relaciones saludables, lo único que implica es que tenemos que trabajar para ganar confianza en nosotros mismos y para colocar nuestro pasado en su adecuado contexto. Y esto es algo especialmente relevante en los ámbitos más importantes de nuestras relaciones: el matrimonio y la paternidad.


Tengo recuerdos muy gratos de mi infancia y admiro mucho a mi padre. Cuando fui padre por primera vez, decidí participar en las vidas de mis hijos de la misma forma que hizo mi padre, participar en sus entrenamientos deportivos, jugar a la pelota con ellos en el patio, llevarlos a montar en bici y leerles libros.

Tengo la fortuna de disponer de un buen ejemplo en que apoyarme. Sin embargo, sé de muchas personas cuyos padres –o madres– estuvieron ausentes, fueron duros o demasiado exigentes o tenían relaciones disfuncionales con sus hijos. Las personas con estas experiencias se enfrentan a distintos miedos. Temen fracasar en su matrimonio o como padres, al igual que sus padres antes que ellos. Temen comprometerse en una relación por miedo a que termine mal y resulten heridos.

Cada vez que paso por el proceso de preparación matrimonial con una pareja y uno de ellos ha pasado por un divorcio, pongo especial atención en hablar con ellos sobre las condiciones que condujeron a esa ruptura. A menudo, hay problemas en torno a esa experiencia que continúa manifestándose en una falta de confianza, en una poca disposición a ser vulnerable y en inseguridad.

Para evitar que el pasado continúe envenenando una nueva relación, hay que examinar la antigua abierta y sinceramente, porque nunca estamos libres de nuestro pasado hasta que lo entendemos de verdad y empezamos a dar pasos para sanar.


El doctor Javier Fiz Pérez escribió no hace mucho un artículo aquí en Aleteia que ofrece consejos excelentes para recuperarse de un trauma pasado. Los primeros pasos que aconseja incluyen asumir el pasado y hablar de ello con alguien que suponga un apoyo. Esta es, básicamente, mi función en la preparación al matrimonio. El doctor Fiz Pérez también recomienda ayuda profesional, lo cual está sin duda justificado en algunos casos. El objetivo es, en definitiva, lograr cambios conductuales y la supresión de la influencia continua del trauma.


Lo más importante para lidiar con un trauma pasado es la mera voluntad de reconocerlo porque, una vez identificamos un suceso como traumático y perjudicial, de repente esa experiencia se coloca en su lugar adecuado como la aberración que es. Algo que no debería haber sucedido. El mundo entero no es totalmente oscuro. Todos los matrimonios no están condenados al fracaso. Todos los padres no fallan a sus hijos. Podemos ser mejores. Seremos mejores.

 

El Padre Michael Rennier se graduó de Yale Divinity School y vive en St. Louis, Missouri con su esposa y 5 hijos. Es un sacerdote católico ordenado a través de la Disposición Pastoral para ex clérigos episcopales que fue creada por el Papa San Juan Pablo II. También es editor colaborador de Dappled Things, una revista dedicada a las artes visuales y escritas.
 
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