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Psicosis cumple 60 años: seis décadas con miedo a ducharnos

PSICOSIS
Paramount Pictures
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“¿Con quién va a estar mejor un chico que con su madre?” (Norman Bates)

El director británico Alfred Hitchcock descubrió un buen día la novela Psicosis, de Robert Bloch, y tanto le llamó la atención que mandó comprar todos los ejemplares que ya se habían enviado a las librerías para que nadie pudiera tener el libro y conocer el sorprendente giro final de la trama. No quería que los espectadores de la película que quería rodar ya supiesen cómo acababa todo.

Siempre se ha comentado que una de las principales innovaciones narrativas de la película Psicosis estriba en que durante los primeros minutos nos identificamos con quien creemos que es la protagonista, pero quedamos desorientados cuando es asesinada antes del primer tercio del metraje.

Y es que en todas las narraciones lo habitual es que el protagonista sea quien sirve de espejo al lector/espectador/escuchante, quedando “huérfano” si sucede algo como que a los 20 minutos te acuchillen en la ducha.

La oficinista que, al iniciarse la película, está manteniendo una relación extramatrimonial, continúa ganando puntos negativos en lo referente a ética y moralidad cuando descubrimos no sólo que está planeando robar una importante suma de la caja fuerte de su lugar de trabajo, sino que va a huir dejando todo atrás, incluido a su amante y cómplice.

Pero no dude el espectador que el fuerte componente correctivo de Hitchcock retribuirá en exceso esa colección de pecados y delitos, componiendo (gracias también a la genial labor en el montaje de su esposa Alma, y con la banda sonora de su compositor habitual, Bernard Hermann) una de las secuencias más icónicas de la historia del cine, esos 52 planos del asesinato en la ducha que más ha hecho en la historia por que temamos terminar de enjabonarnos erizados de cuchilladas como la desdichada Janet Leigt.

Pero si creíamos que todo quedaba saldado con este castigo, excesivamente severo pero no carente de justicia poética, la cosa no ha hecho más que comenzar.

La delicada afectación de Anthony Perkins al encarnar en pantalla el personaje de Norman Bates permite que nos compadezcamos de un personaje en el que intuimos limitaciones sociales derivadas de un modo de vida que afronta la decadencia.

Encargado de un motel que ha quedado apartado del tránsito de viajeros por la construcción de una moderna autopista, que aleja el progreso de la carretera secundaria donde se ubica el negocio, no tardamos tampoco en conocer que vive solo con su anciana madre, de quien pronto sabremos por su voz en off y su acechante silueta, que es una mujer severa hasta lo estricto, estricta hasta lo cruel y cruel hasta lo humillante.

Pero, con todo, y como el propio Bates afirma, con quién va a estar mejor un chico que con su madre. Una madre que desde la distancia ya juzga con inusitado rigor y despectiva moralidad la impudicia de la nueva huésped del motel, y eso que no sabe que la infortunada cliente viene de cometer un robo.

No parece que se ahorre Alfred Hitchcock ningún castigo para ejemplarizar, cuchillo en mano, la conducta de quienes se apartan de la línea de la corrección y el respeto a la ley y las buenas costumbres.

La curiosidad, además, también tiene pena de cuchillo y escaleras para el detective Arbogast, y lo de inmiscuirse en casa ajena sin obtener permiso casi se lleva también por delante a la hermana de la oficinista con cuya huida empezó la función, en un desenlace en el que descubriremos el oscuro secreto del Motel Bates y la triste condición del pobre Norman, quien en el fondo es más digno de lástima que de otra cosa, pues así debería ser siempre con quien sufre tribulaciones mentales que le descarrían de la normalidad.

Una reflexión final, de las muchas que puede provocar esta película: resulta encomiable la entrega que un hijo puede ofrecer a una madre a la que ama, pero cuando esta se va también hay que dejar que su alma y su recuerdo descansen, en lugar de perpetuar en primera persona su comportamiento si resulta enfermizo y dañino.

Y claro, ahí radica la dificultad: en ser capaz de reconocer el mal cuando este procede de alguien a quien, por naturaleza, amamos sobre todas las cosas.

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