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Lo que el Mahatma Gandhi le debía a Jesús de Nazaret

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“Sin el estudio de Cristo, mi vida se había quedado incompleta”: admiraba profundamente el Sermón de la Montaña

Reiteradas veces en sus escritos, Gandhi afirmó abiertamente que el Sermón de la Montaña revolucionó su vida y fundamentó las bases de su doctrina de la no-violencia. Este hombre, padre espiritual y creador de la India moderna, tuvo a Jesús como su maestro de ética.

Mohandas Karamchand Gandhi, creador de la noción de la desobediencia civil y aplicador en el mundo moderno de los principios pacifistas que habían germinado en la India desde la antigüedad, es un personaje de todos conocido.

Este abogado, educado a la inglesa, producto típico de un gobierno colonial, revolucionó las bases sociales de las minorías en Sudáfrica y, años después, condujo a su país a la independencia con un arma política eminentemente moral: la no-violencia.

Por ello, su figura es reverenciada no sólo en la India, sino en todo el mundo y, lógicamente, es tenido por muchos como un modelo de conducta e ideales.

Ante figuras de su talla, surge siempre la interrogación sobre sus más íntimas convicciones, sobre el origen conceptual de la fuerza y la integridad necesarias para llevar a cabo un cometido tal.

Gandhi tenía como religión el hinduismo y se nutrió –él mismo lo dice– de sus fuentes.

Pero junto a ellas existe otra vena religiosa y este hecho es algo que merece ser conocido. La formación religiosa y moral del Mahatma tiene una deuda de gratitud con el cristianismo.

Sin el estudio de Cristo, mi vida se había quedado incompleta”, nos dice.

Esta admiración por Jesús y sus enseñanzas es algo bien documentado y puede encontrarse en los textos que escribió entre 1920 y 1940, fundamentalmente en artículos aparecidos en las dos revistas que dirigió (Young India y Harijan) y en su autobiografía espiritual, titulada Historia de mis experimentos con la verdad.

El antiguo cristianismo de la India

Ha de decirse que el caso de Gandhi no es un hecho aislado. A lo largo de la historia de la India, el influjo del cristianismo ha sido continuo.

No se olvide que desde el siglo I de nuestra era ha habido cristianos en ese país. Los indios se han destacado siempre por su tolerancia y su capacidad de sincretismo.

Así nos hallamos ante el hecho paradójico de que los hindúes, aun sin abrazar el cristianismo, sí aceptaron siempre a Jesús como encarnación divina.

Era una interpretación abierta y Jesús fue en el hinduismo el símbolo de una verdad espiritual y metafísica.

Durante siglos, junto a sus dioses –representación de los fenómenos naturales–, los hindúes han venerado también a Jesús.

Fue durante el siglo XIX cuando este interés por Jesús –que llega hasta Gandhi– cristalizó a nivel intelectual. Es el momento del denominado neo-hinduismo, una fusión de hinduismo y cristianismo que aceptaron todos los filósofos y pensadores importantes.

Esta variedad religiosa seguía manteniendo los postulados hindúes en lo relativo a la metafísica, pero adoptaba plenamente los principios cristianos en cuanto a la ética.

Casi ninguno de los protagonistas del neo-hinduismo, desde Ram Mohan Roy –su iniciador– hasta Radhakrishnan –el más importante filósofo indio del siglo XX– quedaron indiferentes ante la figura de Cristo.

Se produjo una admiración por él que llevó a analizarle y exaltarle bajo diversos aspectos. Su retrato aparecía en un lugar de honor en numerosos edificios hindúes, en escuelas de filosofía y de yoga.

A su alrededor se desarrolló una abundante literatura, como en ningún otro país no cristiano. Filósofos y poetas, como K.C. Sen, Vivekananda, Akhilananda y el mismo Tagore, escribieron brillantes y conmovedoras páginas sobre Jesús y la verdad de su religión.

Ésta es la base de la que se nutre Gandhi.

Además, su formación británica en Londres le puso en contacto con diversas personas de orientación religiosa que contribuyeron a despertar aún más su interés por todo lo cristiano.

El Mahatma asistió a innumerables reuniones cristianas de distinto signo (como la famosa Convención de Wellington), debatió con pastores y teólogos y se dedicó finalmente al estudio de religiones comparadas.

Más tarde reconocería el gran influjo que las escrituras tuvieron sobre la forja de su carácter:

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