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Quiérete con estos 4 amores para ser feliz

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La autoestima pasa por saber quién eres y aceptarte y se desarrolla cada día recordando el amor incondicional

Todos los días me enfrento con una verdad, una que me afecta del modo más inmediato: que soy éste que soy, precisamente el que soy. Soy para mí lo absolutamente dado. No elegí serlo, simplemente alguien me lo dio.

Con lo que soy me relaciono y avanzo hacia todo. Así, mi yo tiene el carácter de inevitabilidad: o lo acepto y me quiero, o lucho contra eso y me será extremadamente difícil avanzar.

El punto de llegada debe ser el de querer ser el que soy. No puedo evitarme para siempre y dejar de reconocer lo que hay en mí, así como que no puedo evadir lo malo que hay en mí. Me hace bien aceptarlo y hacerle frente: esto soy y esto he hecho.

Debo ponerme en mi yo, tal como es, asumiendo la tarea que me está propuesta en el mundo. Expresándolo negativamente, significa que no puedo eludir lo que me presentan, soñando que soy otro: soñando que soy diferente, que hago otra cosa o que puedo desempeñar otro papel que no me corresponde.

Tampoco puedo evadirme de lo malo que hay en mí: malas disposiciones, costumbres, culpa acumulada. Debo aceptarlo y hacer frente a ello, no con rebeldía -eso no es aceptación, es endurecimiento-. Al aceptarlo de verdad, voy más allá del mal: soy así, pero quiero llegar a ser de otro modo.

La autoestima, en el diccionario, está definida como lo que uno piensa y siente de sí mismo. Por ella afirmamos el ser humano que somos, falible e irrepetible; con sus grandezas y sus fragilidades.

Como sé que lo que pienso o siento sobre mí mismo, no siempre es lo real y verdadero, el peso tiene que estar puesto en qué tanto soy capaz de guardar experiencias de hogar. Es decir, los lugares, los momentos en los que he sido amado por lo que soy y no por lo que hago.

La incondicionalidad del amor es la raíz del amor propio, me da seguridad y me regala confianza en mí mismo.

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La mayoría de veces veo talentos, dones, cosas buenas; pero casi siempre me comparo y salgo perdiendo. Me cuesta entender por qué las cosas salieron de otro modo y no como yo quería. Dudo.

Y en este camino de aceptarme, casi siempre me topo con las mismas barreras. Naturalmente me detengo más en mis heridas, en mis defectos y en mis carencias.

¿Por qué es tan difícil? Porque siempre estoy expuesto a la limitación: no siempre voy a encontrar respuestas en mí. Soy un misterio. Por lo tanto, la confianza en mí es un don que recibo por saberme amado.

La primera afirmación de mi vida debe ser que he sido creado, llamado a la vida por amor. Soy parte de un deseo de Dios, por lo tanto, mi existencia es buena en sí misma.

No necesito cada día ganar la confianza con la aprobación de los demás. Porque siempre habrá alguien que no crea en mí, que no confíe en mi palabra. Habrá personas que me desacrediten.

Cada día debo hacer memoria de que soy amado. Si no lo siento así de las personas que me rodean, debo estar seguro de que por parte de Dios soy amado incondicionalmente. Hay un amor que siempre está para mí.

Cabe decir que no basta con esa seguridad. Es importante reconocer también en mí cuatro amores:

  1. Aprecio: ser consciente y disfrutar lo positivo que tengo: talentos, cualidades, características la personalidad.
  2. Aceptación serena de las limitaciones, errores y fragilidades. Reconocerme vulnerable y no sentir una culpa exagerada por ello. Saber pedir ayuda.
  3. Afecto: actitud amistosa, comprensiva y cariñosa hacia mí mismo. Estar contento por habitar en mi propia piel y disfrutar de la soledad sin desdeñar la compañía.
  4. Atención: prestar atención y cuidado a mis necesidades físicas, psicológicas y espirituales.

Para quererme, el primer paso es conocerme, y aceptándome, buscar ser la mejor versión de mí mismo.

«Sí, todo hombre debe dar dos pasos: el primero, aceptarse a sí mismo; el segundo, exigirse a sí mismo. Sin el primero caminamos hacia la amargura. Sin el segundo, hacia la mediocridad. Todos podemos ser felices y mejores, pero «desde» lo que somos, podando nuestros excesos, desde la fidelidad a lo interior: como el escultor -que quita los pedazos que le sobran a un bloque para convertirse en estatua-, mas no intentando pegarnos trozos postizos, robados aquí o allá. Aceptando lo que viene de fuera, pero sólo después de haberlo convertido -como el alimento- en nuestra sustancia» (José Luis Martín Descalzo).

Una vez que haya empezado a amarme a mí mismo, seré capaz de aceptar y de amar a los demás, e incluso de aceptar y amar a Dios. Mirar y mirarme con la misma ternura con que me miraría si fuera mi propio padre.

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