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Por qué perdemos la alegría: Los parásitos del alma

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By OPOLJA | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/07/20

No soy yo a fuerza de voluntad quien saca adelante las cosas...

¿Por qué si deseo ser libre totalmente acabo cediendo y me hago esclavo? ¿Cómo puede ser que mi vida no sea tan perfecta como la he soñado, ni mis actos, ni mis pensamientos? Es tan débil la vida que sostengo entre mis dedos…

¿Cómo puede ser que se marchite esa planta que he cuidado con tanto esmero? ¿Demasiada agua, demasiada poca? Rara vez muere una planta por tener poca agua. Muchas veces se pudre cuando tiene demasiada.

Tal vez mis pecados pesan más, mucho más que mis obras buenas. Al menos me parece que pesan mucho en el alma, dentro de mi cuerpo, como una losa pesada que no logro apartar del pensamiento.




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¿Cómo es posible que mi voluntad sea tan débil y no logre resistir la tentación que me provoca?

La culpa se adentra como una marejada dentro del alma. Como una niebla gris que todo lo oculta. No logro ver el siguiente paso por la oscuridad de esa culpa que me enceguece.

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Quisiera ser libre de toda culpa, vivir desprovisto de toda falta o pecado, como un hombre perfecto, sabio e inmaculado.

Me gustaría hacer bien todo lo que intento, controlarlo todo. Mi ánimo, mis gestos, mis movimientos, mis palabras, mis silencios. Incluso lo que pienso o siento. No resulta.

El silencio que busco no acalla mis gritos. La paz que tanto deseo no calma mis rabias. Indefectiblemente caigo en la corriente del pecado y la dejadez, la tibieza y la mediocridad, el olvido y el miedo.

Todo esto como si fuera llevado como un autómata allí donde no deseo ir, allí donde me siento tan infeliz que no quepo dentro de mi rabia y tristeza.

¿Cómo logro romper esa cadena de pesares que lentamente va atrapando mi cuerpo y mi alma? Dice la Biblia: «Sostengo que los sufrimientos de ahora no pesan lo que la gloria que un día se nos descubrirá«.

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Daniel Páscoa | Unsplash

El sufrimiento de la experiencia de la propia debilidad, de la corrosión que produce en mi alma el pecado, de la pobreza que experimento al no ser dueño de mi propia vida.

Todo ese sufrimiento que cargo sobre mis hombros no es nada si lo comparo con el cielo, con lo que sueño al final del camino, con la paz que tendré al cruzar la santa puerta de la vida. Leía el otro día:

«El pecado consiste fundamentalmente en la autoafirmación del ser humano, que se encierra en su propio poder para asegurarse contra Dios y frente a su hermano«.

Mi debilidad me lleva a autoafirmarme. Valgo más que ese Dios al que tanto amo. Valgo más que los sueños que tengo dentro de mi alma. Valgo más, es más poderosa la tierra que encierro dentro de mi alma.




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Sólo Dios tiene la última palabra sobre mi vida. No soy yo a fuerza de voluntad el que saca adelante mis semillas, la vida que hay en mi alma, el camino santo que quiero recorrer. No, debo dejarme hacer por Dios.

KieferPix | Shutterstock

«Como bajan la lluvia y la nieve del cielo, y no vuelven allá sino después de empapar la tierra, de fecundarla y hacerla germinar, para que dé semilla al sembrador y pan al que come, así será mi palabra, que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo«.

La palabra de Dios viene sobre la tierra de mi alma para hacerla fecunda.

Pero yo veo tanta dureza, tantas plantas que opacan la luz del sol, tanta sequedad y tanta pobreza. Nada bueno parece poder salir de mi tierra enferma. Sólo el pecado, y esa cadena pecaminosa que se pega al alma y la va enfermando lentamente.

El otro día me hablaron de la plaga de muérdago en los árboles. Un árbol de mi jardín la tenía. Parecía una planta inofensiva.

Los pájaros se alimentan del fruto del muérdago y al defecar depositan las semillas sobre las ramas. En las ramas germina el muérdago y se desarrolla. Hay que cortar la planta que parece inofensiva para que el árbol no muera.

Plantas de Navidad
suju

Así sucede también en mi vida. Algo en mí empieza a crecer con fuerza. Parece inofensivo. Hago algo que es bueno, no es malo. Es bello, no es feo. Puede ser una relación, una tarea que me parece positiva.

Pero pronto comienzo a ver efectos negativos. Voy perdiendo la paz, o la fuerza. Languidece mi energía. O es tóxico aquello que parecía inofensivo. Me va quitando la vida poco a poco, sin darme cuenta.

Puede ser una relación que no me hace bien, o puede ser un encargo que ponen sobre mis hombros y me va desgastando sin darme cuenta. O una exigencia que parece legítima, pero que me va quitando la alegría y la paz.

Tal vez tengo que quitar aquello que no me hace bien, siendo aparentemente bueno y valioso.

Esas plantas son parásitos que viven de la vida del árbol. Puedo tener parásitos que viven de la vida de mi alma y me hacen languidecer.

El jardín interior de mi alma se va secando, desgastando, por el peso de tareas que superan mi capacidad. Y pierdo la alegría y la esperanza.

Creo que puedo con todo. Pero me ahogo dentro de la noche de mis miedos y pesares. ¡Cuánto pesa el pecado, cuánto pesa la dejadez en la que me encierro!

Necesito que Jesús sea el jardinero de mi vida. Necesito su palabra que anide en los pliegues de mi alma.




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