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Los 7 desafíos que ahora afronta la Iglesia en América Latina

CARRIQUIRY
©ALESSIA GIULIANI/CPP
Profesor Guzmán Carriquiry Lecour
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El vicepresidente emérito de la Academia Pontificia para América Latina, Guzmán Carriquiry, nombrado nuevo embajador de Uruguay ante la Santa Sede, profundiza en el incierto escenario abierto por el coronavirus.

El impacto del coronavirus en la vida de las personas a nivel sanitario, económico, social, familiar… es tan fuerte que también afecta a su misma relación con Dios. 

Por este motivo, Guzmán Carriquiry, vicepresidente emérito de la Academia Pontificia para América Latina, quien ha sido nombrado nuevo embajador de Uruguay ante la Santa Sede, considera que la Iglesia debe discernir “los signos de los tiempos” y comprender sus auténticos desafíos.

No podemos dejar a Dios entre paréntesis en medio de todo lo que están viviendo los pueblos en esta hora de América Latina”, ha reconocido en una videoconfencia pronunciada en días pasados para los docentes del Centro de Investigaciones Sociales Avanzadas (CISAV) de México.

Estos son los siete desafíos que afronta la Iglesia, según los expuso Carriquiry, el laico con mayor trayectoria y responsabilidades en la Iglesia católica, quien ha dedicado más de cuarenta años al servicio de los papas Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI y Francisco. 

Presentamos los pasajes más destacados de la intervención, según una selección realizada por Aleteia.org

 

1
La Iglesia debe convertirse en “hospital de campaña”

 

“La primera cuestión que salta a la vista es el reguero impresionante de sufrimientos que la pandemia ha traído consigo. ¡Cómo no comenzar por ver el  sufrimiento que conlleva la multitud de decesos provocados por el virus, los millones de infectados, las estructuras sanitarias desbordadas y abarrotadas para quienes necesitan sus servicios, la total inseguridad y precariedad de ese mundo humano que vive del trabajo ‘informal’, y la pérdida del trabajo en empresas y comercios en crisis!”.

“La primera tarea y el primer desafío que está afrontando la Iglesia en América Latina reside en su conversión efectiva en ese ‘hospital de campaña’, nueva imagen de la Iglesia de la que habló el Santo Padre Francisco en Río de Janeiro, capaz de socorrer y acoger a tantos ‘samaritanos’ heridos en los barrios de nuestras ciudades y en el interior de nuestros países”. 

“Muchas de las obras de Iglesia están constatando que se ha incrementado mucho el número de personas y familias que requieren sus auxilios. Se está desplegando, por gracia de Dios, la ‘fantasía de la caridad’, como decía San Juan Pablo II o la ‘creatividad de la caridad’ como pide el papa Francisco en plena pandemia. No se trata de un simple proveer de bienes y servicios a los necesitados, sino abrazar su vida, convertirse en compañía y sostén ante el naufragio, dar testimonio del amor de Dios que nunca nos abandona”. 

“Es una reafirmación muy concreta del amor preferencial por los pobres y los que sufren, que se nos hacen prójimos y nos muestran el rostro bien real de Cristo, reclamando un Evangelio vivido, el abrazo de la caridad, el don conmovido de sí. Si la fe sin obras es vana –y, por eso, le son congenial testimonio–, a la vez éstas suplen carencias notorias de servicios de los Estados”. 

“Sin una respuesta capilar de compasión, caridad y solidaridad, toda palabra de la Iglesia arriesgaría convertirse en palabrería tanto retórica cuanto superflua”.     

2
Detectar las inquietudes que emergen con la pandemia

 

 

“La segunda tarea y desafío que la pandemia plantea a la Iglesia es la de su sabiduría para interceptar, detectar y discernir las más profundas inquietudes, preguntas y anhelos que están emergiendo desde las fibras íntimas de las personas, desde el corazón de nuestros pueblos”. 

“Nadie queda exento del impacto de la pandemia que estamos sufriendo y que se descarga sobre las fragilidades y miserias de la condición humana tal como se vive América Latina y en el mundo entero”.

“El surplus de análisis sobre el desarrollo sanitario de la pandemia y sus consecuencias económicas – cuestiones de grandísima importancia – no silencian las preguntas más decisivas, cuando vuelve esa idea molesta, exorcizada con miles de activismos y distracciones: la conciencia de nuestra creaturalidad, de nuestra estructural fragilidad y finitud”. 

“Nadie puede seguir manteniendo anestesiado su corazón, provocado por preguntas irreprimibles sobre el temor de la enfermedad, del sufrimiento y la muerte, así como por la custodia, el sentido y los anhelos de la propia vida, de sus seres queridos, de sus compatriotas, ¡de todos! Todas estas preguntas, anhelos y esperanzas que nuestro pueblo latinoamericano lleva en su corazón, desde la matriz católica de su substrato cultural, y que expresa tanto en las diversas expresiones artísticas, literarias, poéticas cuanto en la religiosidad popular, ahora emergen por doquier con singular fuerza pro-vocadora”.

 

3
Responder a la “nostalgia de Dios”

 

    “La tercera tarea que deseo señalar es la urgida responsabilidad evangelizadora que ha de animar las comunidades cristianas.  Hemos vivido un camino cuaresmal y pascual de impresionante densidad re-movedora. Comienzan a emerger por doquier los signos, y a veces los clamores, de una ‘nostalgia de Dios’”. 

“Es tiempo que llama a los cristianos a reavivar su certeza esperanzada en la Victoria del Señor resucitado sobre la muerte, el último enemigo. ‘¡Qué hermoso ser cristianos – nos decía el papa Francisco en la vigilia pascual – que consuelan, que llevan el peso de los otros, que alientan: ¡anunciadores de vida en tiempos de muerte!’”. 

“Vida y muerte se confrontan hoy de modo muy notable. Nos acompañan situaciones de muerte – de todos los decesos causados por la pandemia,  de una ‘economía que de la exclusión y la inequidad’ que ‘mata’ (como escribió el papa Francisco en su documento programático “Evangelii Gaudium”, n. 53 ), de guerras y violencias por doquier, de miseria y hambre para multitudes, de refugiados y migrantes sin destino, de epidemias y calamidades naturales, que ya no se pueden ignorar quedando encerrados en la ‘gran burbuja de la indiferencia’, como dijo el Papa Francisco en Lampedusa (8/VII/2013)”.

“Dios nos está llamando a ser testigos, anunciadores y constructores de vida, de una vida buena, bella y verdadera, de una vida más humana para todos, no obstante las enormes dificultades, obstáculos y resistencias”.

“Sin renacimiento religioso y moral no habrá verdadera reconstrucción social”.

 

4
Conversión personal

 

“En cuarto lugar, deseo afrontar la pregunta que muchos se hacen: ¿saldremos mejores o peores después de la pandemia? No se pueden dar ciertamente respuestas mecánicas o genéricas. En ese sentido, la pregunta está ya mal planteada. Sin embargo, esconde una cuestión muy importante: sólo hombres nuevos y mujeres nuevas serán capaces de afrontar con realismo, razonabilidad y esperanza los tiempos nuevos, tremendamente difíciles, que seguirán a la pandemia”. 

“O dicho de otro modo, no podemos confiar nuestro futuro sólo a las estrategias del Estado y del mercado, por importantes que sean. Las situaciones inéditas requieren un despertar de lo humano, o sea, de sus deseos connaturales de amor y verdad, justicia y felicidad, de sus energías de sacrificio y solidaridad, de laboriosidad y empresa, de competencia y sabiduría, así como de esperanzas compartidas”. 

“Esta emergencia de lo humano será, sin duda, sostenida, amaestrada y potenciada por la luz y la fuerza del Espíritu Santo, ‘trabajador’ incansable en el corazón de los hombres y en la cultura de los pueblos”.

“La cuarta tarea y desafío que se plantea a la Iglesia en América Latina es, pues, la de hacerse eco de la llamada a la conversión que ha planteado y urgido el Santo Padre Francisco. Es tiempo propicio y exigente de conversión para todos, de metanoia, de cambio de mentalidad y de vida”.

 

5
Conversión pastoral

 

“Este tiempo de la pandemia – y es la quinta tarea y desafío que tiene que enfrentar la Iglesia – es un reclamo más urgente a su conversión pastoral y sinodal. Me limito, en particular, a la conversión de los pastores”. 

“Gracias a Dios, no nos faltan muchos y buenos Pastores – Obispos, sacerdotes y religiosos- en la Iglesia de América Latina, hombres de Dios, paternos y fraternos, pobres y sacrificados, dedicados y abnegados en el servicio a sus comunidades y pueblos, que aún en medio de la cuarentena han buscado todos los medios, incluso imaginativos, para estar cerca de su gente. Pero tampoco faltan otros que el Espíritu de Dios ha de sacudir de su modorra, enseñarles nuevamente como maestro interior el gusto y la disciplina de la oración, zafarlos de la acedia y liberarlos del escepticismo y derrotismo, limpiarlos de todo lo que queda de resabios ideológicos y lo que se ha pegado de ‘mundanidad espiritual’, inflamar su entusiasmo, sacarlos de sus reductos eclesiásticos y acompañarlos a compartir la vida en las periferias sociales y existenciales, convertirlos en verdaderos padres, maestros y guías de los que tanto necesita todo el pueblo de Dios y todos los pueblos latinoamericanos”. 

“Es cierto que lo mismo podría decirse de todos los cristianos, pero la conversión de los ministros, que son mediadores entre Dios y su pueblo, es capital. También una especial mención merecen las religiosas, quienes son las que tienen más abiertas las puertas del corazón y de las casas de la gente y que han estado muy cercanas a las personas y familias, especialmente de las que sufren situaciones difíciles”. 

¡Qué resonancia ha de tener, especialmente ahora entre nosotros, lo que escribe el papa Francisco en la “Evangelii Gaudium” cuando dice:  ‘La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, una pasión por su pueblo’, porque ‘para ser evangelizadores del alma también hace falta desarrollar el gusto espiritual de estar cerca de la vida de la gente, hasta el punto de descubrir que eso es fuente de un gozo superior’ (E.G. n. 268)”. 

“Se requiere más que nunca una sorprendente proximidad misericordiosa, solidaria y misionera de los cristianos y especialmente de los pastores, a la gente que encuentran, a la gente que les ha sido confiada”.  

6
Nuevos modelos de desarrollo

 

 

“Una sexta tarea y desafío de la Iglesia en tiempos de pandemia es la de estar llamada a proponer su contribución original en los caminos de reconstrucción de nuestros países latinoamericanos, las cuales serán sumamente arduos”. 

“Sin una sabia y perseverante reconstrucción transformadora, queda abierto el camino a desastres incontrolables. No obstante la región se encuentre en el torbellino de la pandemia, con dramáticas urgencias e incertidumbres, se necesita desde ya invertir mucha competencia e inteligencia, muchos intercambios, mucha imaginación, mucha pasión por nuestros pueblos y por los pobres en primer lugar, para ir proponiendo nuevas estrategias educativas, económicas y sociales, nuevos modelos de desarrollo integral, solidario y sustentable, incluso nuevas ‘terceras vías’ más allá de los círculos viciosos desgastados del neocapitalismo tecnocrático ultra-liberal y del socialismo estatista autocrático”. 

“Se necesita, ¡nada menos!, el resurgimiento de una nueva América Latina, desde condiciones más bien ruinosas, solo posible a través de un largo y sufrido trabajo de dolores de parto. No nos engañemos con retóricas y facilonerías; habrá que pasar tiempos dramáticos y convulsos”.

“La Iglesia puede ofrecer al respecto una contribución fundamental a tres niveles”. 

  • “En primer lugar, le compete una gran tarea capilar y nacional de reconciliación y democratización, promoviendo una cultura del encuentro, educando al método paciente y perseverante del diálogo, interviniendo con su autoridad en mediaciones y negociaciones cuando sea necesario”. “Esto no quiere decir que la Iglesia quede en un limbo, sino que su mediación tiene que ser acompañada por la profecía de la inclusión, la paz y la justicia”. 
  • “En segundo lugar, se requiere una adecuada inculturación del patrimonio de la Doctrina social de la Iglesia, especialmente a la luz de la ‘Laudato si’, para echar luces sobre los desafíos que hay que afrontar y los caminos para recorrer”. 
  • “Y esto está en directa conexión con una tercera exigencia: convocar, escuchar, acompañar y alentar la presencia de católicos en todos los campos de la vida pública, coherentes con su fe, protagonistas cristianos en todos los diálogos nacionales y caminos de reconstrucción que apunten a mayor justicia y pacificación, a mayor cohesión, inclusión y equidad social, a mayor cuidado de la casa común”.

 

7
Signo eficaz de la fraternidad de los pueblos

 

     “Les señalo muy breve y esquemáticamente una séptima tarea para la Iglesia: ser signo eficaz de la unidad y fraternidad de los pueblos latinoamericanos, cuya cooperación e integración entre sus naciones es más indispensable que nunca”. 

“El papa Francisco nos interpela a mantener vivo el horizonte de la Patria Grande y a repensar y promover los caminos efectivos de su construcción”.  

Guzmán Carriquiry concluyó su conferencia con estas palabras:

“Pongamos todas estas tareas y desafíos eclesiales en el corazón de la Madre de la Iglesia, que invocamos como Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América Latina, en camino hacia la memoria viva de los 500 años del acontecimiento capital de sus apariciones en la constitución y evangelización de nuestros pueblos”. 

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